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La hora de la política

viernes 24 de abril de 2009, 08:39h
Actualizado: 27 de abril de 2009, 07:08h
A los simples mortales se nos ha explicado con todo lujo de detalles que la crisis que padecemos es en origen financiera; y que, hasta que la confianza no se restaure, no entraremos en una senda que nos permita aventar los nubarrones que un día sí y otro también se ciernen sobre nuestras cabezas haciendo que el chaparrón arrecie. Pero ¿qué confianza? ¿Qué senda? ¿Quiénes son las lumbreras que vaticina estas cosas? ¿Qué cabezas son nuestras cabezas?

Ahora sabemos que eso que damos en llamar el capitalismo financiero consiste en que el dinero se mueve de allá para acá, sin patria ni ideología, y acaba en los bolsillos de unos cuantos chorizos que, además, se van de rositas. Y en cuanto al tejido productivo, resulta que en Estados Unidos y en menos de diez años, los beneficios empresariales se multiplicaron en notable desproporción al crecimiento de los salarios. En España, el irracional crecimiento del precio de la vivienda ha dado como resultado ganancias milmillonarias para constructores y promotores que ahora, con una desvergüenza sorprendente, lloran su infortunio por las esquinas. Eso solo por poner algunos ejemplos.

¿Dónde está toda esa riqueza? ¿Por qué sumideros se ha ido? No se tienen noticias de grandes brokers, orondos propietarios de empresas inmobiliarias o brillantes consejeros delegados de corporaciones multinacionales que pasen sus días en los pasillos del metro o duerman en cabinas telefónicas. Sí se tiene constancia del ensanchamiento de la brecha entre pobres y ricos en los países desarrollados. Porque de eso hablamos, del primer mundo: la borrasca está sobre nuestras cabezas; allí donde la miseria alcanza proporciones bíblicas, la crisis no tiene importancia, ya se morían de hambre y enfermedades antes.

A estas alturas seguro que el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, se habrá dado cuenta de lo inapropiado de aquel comentario del paréntesis. Y si no lo ha hecho, peor. Esto no es un paréntesis entre las razones del desastre y más de lo mismo. Lo que ha pasado no es una falla coyuntural en la sacrosanta dinámica de los mercados. Nadie que no vaticinara lo que iba a pasar o que, si lo intuía no lo dijo, tiene credibilidad alguna para marcar el camino, la senda por la que hay que transitar. Ni el FMI, ni Obama, ni la madre que parió a Keynes. El problema es que son muy pocos los que se atreven a decir sin ambages que, o nos movemos hacia un modelo universal de redistribución equitativa de la riqueza y de respeto al planeta y adaptamos nuestros esquemas financieros y productivos a ese fin, o nos vamos al carajo en cuatro días.

Y no creo que esto sea un problema de derechas o izquierdas. Pero desde luego es la hora de la política y mucho menos de la economía.
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