Religión y Laicidad (y II)
martes 30 de octubre de 2007, 19:00h
Si, tal y como señalábamos en la primera entrega (29.10.07) el XXII Foro Religión y Cultura que la Asociación Encrucillada dedicó al tema “Religión y Laicidad”, sus tres relatores: Barreiro Rivas, Marina Torres y Vitoria Cormenzana, politólogo, filósofo y teólogo, respectivamente, coincidían en presentar el espacio laico como el ideal para la vivencia de la fe –cualquier fe, hay que añadir—tanto individual como colectivamente, al columnista se le suscitó, lo mismo que a muchos de los que intervinieron en los coloquios posteriores a cada intervención, una paradoja en clave española.
Muchos sectores cristianos, comprometidos con la realidad social, política y cultural, abogan por la desacralización de España o, si se prefiere, por la secularización, conceptos parejos pero no idénticos. Bajo el monolitismo de la jerarquía, de la Conferencia Episcopal, a la que el conjunto de la sociedad y, en especial, los medios de comunicación, erróneamente y por simplificar le llaman Iglesia, hay diversidad, existe el pluralismo, de la misma forma que hay conformismo a carretadas, actitudes de dejarse guiar como menores, pasividad e indolencia mental. El nuestro es un país de tradición mayoritariamente católica que sigue impregnando muchísimos de los usos y costumbres sociales. En el que el Estado, constitucionalmente se declara no-confesional, aunque, de facto, prima a la Iglesia Católica. Y aún y con todo, los obispos españoles, en cuerpo de comunidad, hoy en día, hablan de persecución religiosa. ¿Qué dirían los Rouco, Cañizares et alii, en Francia? Lo que no dicen, por supuesto, sus hermanos franceses en el episcopado. Los católicos galos encentran absolutamente normal vivir en un Estado laico.
Paradójicamente, cuando sectores cristianos españoles abogan por la desacralización del ente religioso, los defensores del Estado laico, de la laicidad –término tan caro a Rodríguez Zapatero--, quizá ebrios de las buenas intenciones con las que está empedrado el infierno, en una suerte de reacción homeopática, sacralizan y de qué modo el Estado laico. Por si no teníamos bastante con los meapilas confesionales, ahora surgen, pujantes, en nombre de la corrección política, los meapilas laicos. Son tal para cual. Por desgracia, claro. Un maximalismo frente al otro. Mimetismo absolutista el de los laicistas, con idéntico espíritu inquisitorial.
Vayamos al caso –hasta ahora insólito por estos pagos y en casi todo el mundo—de la regulación de los matrimonios homosexuales. La jerarquía católica, a la que le asiste todo el derecho de exhortar a sus fieles sobre el particular, anatemiza la medida legislativa y, en nombre del Derecho y de la Moral naturales (¿?) pretende marcar idénticas pautas al cuerpo social. En la exageración episcopal parece que la regulación de unos derechos cívicos se transforme en norma de obligado cumplimiento para todos los españoles, sin distinción de estado civil y orientación sexual. Ni que decir tiene que el desmelene de los fundamentalistas laicos es de parecido calibre. Sin intentar separar –grave error en quienes dicen actuar en nombre de la razón no-confesional— el derecho del episcopado católico a dar orientaciones a los miembros de su Iglesia (lo que sólo, en pura lógica civil, obligaría a los fieles de esta confesión), del conato de ingerencia –éste sí que rechazable—en la marcha de la sociedad civil. A partir de ahí, el argumentario laicista es unidimensional. Cualquier declaración episcopal es tomada como ingerencia real y directa en los asuntos terrenales... ergo, hay que combatir el oscurantismo.
El guirigay formado de una y otra parte nos mantiene muy ocupados a los periodistas. Incluso, como en el caso del columnista, puede ser objeto de entretenimiento a la par que de bienhumorada reflexión. Si los católicos se dejan tratar como niños, pues bueno –o malo, según--, porque serán los católicos adultos quienes, dentro de su Iglesia, deberán sacar de ese error a sus obispos. Si, como en el caso del arzobispo de Toledo, monseñor Cañizares y su definición de la unidad monolítica de España como bien moral, la sociedad civil lo debería tomar como el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión, porque ya se encargarán otros obispos –los vascos y los catalanes—de llamarle al orden --¿mental?—mediante la oportuna corrección fraterna. No hace falta que los políticos, en nombre del pluralismo, le larguen collejas al mitrado. Bastante tienen el Gobierno y la oposición en atender a los asuntos que le son propios como para que, además, haya que arreglar los asuntos ajenos.
El espacio laico, formalmente acotado por el consenso social que regula la Constitución, es el espacio de todos. No hace falta sacralizarlo. Es –o, al menos, debería ser-- un instrumento de convivencia y no un fin en si mismo. Y cuanto más amplio lo construyamos, mejor para todos. Foros y actitudes como los de la Asociación Encrucillada ayudan a hacerlo. Ojalá, en el caso de estos gallegos, que a la par que colaboran al diálogo civil, consigan ampliar a la luz del Evangelio, el espacio de convivencia dentro de su propia Iglesia. Que esta es otra.