Si algo podemos destacar de la Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada este año, bajo el siniestro paraguas de una OTAN cada vez más beligerante, es que ha supuesto dos nuevas vueltas de tuerca a la ya debilitada autonomía de Europa. No nos engañemos: lo que hemos presenciado en Baviera no es un foro de debate estratégico, sino la puesta en escena de una capitulación. Una rendición formal de la Unión Europea ante los dictados de Washington y una declaración de guerra fría (y quizás no tan fría) contra los intereses de los pueblos del continente.
La cumbre nos ha dejado imágenes para el análisis, pero sobre todo, declaraciones que deberían helar la sangre de cualquier ciudadano que aún crea en la democracia representativa. La gran novedad, la primera gran vuelta de tuerca, ha llegado de la mano de Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea, en un alarde de cesión de soberanía sin precedentes, ha planteado que, en materia de defensa —léase, en la gestión del conflicto con Rusia—, la UE pueda tomar decisiones por mayoría simple, eliminando el derecho de veto de los estados miembros.
Esto es un golpe de estado técnico contra la soberanía nacional. Lo que se nos vende como "eficacia" y "rapidez de acción" no es más que la imposibilidad de que países como Eslovaquia o Hungría puedan oponerse a una escalada bélica que no desean. La propuesta de Von der Leyen busca atar a toda la Unión al carro de la guerra, silenciando las voces discrepantes. Ya no importa lo que piensen los parlamentos nacionales ni los ciudadanos; lo que importa es cumplir con la hoja de ruta marcada desde fuera.
Y ese "fuera" nos lleva a la segunda vuelta de tuerca: la mayor sumisión a Estados Unidos. El nuevo inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, ha vuelto a exigir más implicación europea, es decir, más dinero para mantener el conflicto en Ucrania. Pero lo más grotesco no es la exigencia, sino la reacción de los líderes europeos, que compiten por ver quién lame antes la bota del nuevo sheriff. Ahí han estado Mark Rutte, secretario general de la OTAN, y la propia Von der Leyen, actuando como auténticos comisarios políticos de Trump 2.0 en Europa. Ambos se han encargado de tranquilizar a Marco Rubio, presente en la cumbre, buscando su sonrisa cómplice y suficiente, la confirmación de que el rebaño sigue las órdenes.
Mención aparte merece Kaja Kallas. La Alta Representante de la UE, en su papel de inculta y belicista muñeca de feria, ha quedado reducida a un mero títere decorativo. Su radicalismo vacío ya no es útil ni siquiera para la narrativa oficial; ahora mandan los gestores dóciles, los que saben cómo empujar a los estados miembros al matadero fiscal sin hacer preguntas.
En este tablero de sumisiones, el papel de Pedro Sánchez ha sido el de siempre: "a lo que se diga". El presidente del Gobierno español ha intentado buscar una coartada progresista oponiéndose formalmente a un nuevo rearme nuclear, una postura que le permite salir en la foto como el "hombre de paz" mientras su gobierno sigue votando en Bruselas todos los paquetes de ayuda militar a Ucrania. Mientras, en la trinchera de la oposición doméstica, la vergüenza patria corre a cargo de Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, compitiendo entre sí por ver quién es más pelota con el inquilino de la Casa Blanca, en una lamentable carrera por ver quién recibe el primer guiño del trumpismo ibérico.
Y en medio de este aquelarre geopolítico, Francia ha hecho su particular "oferta". Emmanuel Macron ha vuelto a sacar a pasear el "paraguas nuclear" francés, ofreciéndolo como escudo para Europa. Pero cuidado, no nos dejemos impresionar por el cartón piedra del Gaullismo ya extinto. Ese paraguas es "muy de andar por casa". Es un paraguas roto, simbólico, que no cubre a nadie y que busca una cosa: que sea Europa (y no tanto Francia) la que pague la factura de su disuasión. Es una trampa con olor a azufre patriótico galo, pero que en el fondo persigue lo mismo: atarnos a una lógica de bloques y de confrontación.
Tres conclusiones de la cumbre de Múnich
Ante este panorama, uno debería preguntarse qué sale realmente de estas cumbres. Yo extraigo tres conclusiones nítidas que definen el futuro inmediato que nos espera.
Primera: Europa se prepara para la guerra, no para la paz. La UE ha dejado de ser un proyecto de prosperidad para convertirse en una maquinaria bélica. Cada misil enviado a Kiev, cada euro desviado de nuestros presupuestos nacionales, no es una inversión en nuestra seguridad, sino un cheque en blanco a un régimen que anda de derrota en derrota en su guerra proxy contra Rusia. La realidad es tozuda: el ejército ucraniano está siendo destruido sobre el terreno, pero eso no importa. Lo relevante es que pagamos los europeos. Pagamos a costa de tener menos médicos, menos profesores, peores pensiones y un transporte público agonizante. Hemos convertido la solidaridad en un mecanismo de autodestrucción económica, financiando la corrupción endémica de un país lejano mientras nuestra propia gente ve cómo cierran ambulatorios.
Segunda: el fin del estado del bienestar por orden de mercado. El aumento del gasto en defensa, esa imposición que Trump ha vuelto a poner sobre la mesa, se va a decidir aunque la mayoría de los ciudadanos o sus gobiernos legítimos se opongan. El objetivo de la UE ya no es defender la agricultura de Francia y España, ni la industria alemana. El nuevo "bien común" es rearmarse hasta los dientes. La propuesta de Von der Leyen de eliminar el veto es la herramienta para atropellar a Eslovaquia, a Hungría, o a cualquier país que anteponga el bienestar de su pueblo a los designios de la OTAN. Se trata de reducir lo público para engordar lo militar. Es un nuevo reparto de la tarta: menos educación y sanidad, más tanques y munición. Y todo para tranquilizar a los Estados Unidos y apostar de forma acrítica por las ocurrencias del impredecible Trump.
Y tercera: el suicidio programado de Europa. Esta senda no lleva más que a un callejón sin salida. Destrozar nuestra economía y sacrificar nuestro ya casi extinto bienestar en el altar de la sumisión a Washington es una locura colectiva. La alternativa racional, la que beneficiaría a los europeos de a pie, sería buscar la paz con Rusia. Establecer puentes, llegar a acuerdos comerciales beneficiosos, explotar las sinergias económicas de un continente que debería ser un espacio de cooperación, no de confrontación. Pero esa vía, la sensata, tiene un problema: perjudica los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Y las élites europeas, en su conjunto, han decidido que lo importante es servir a esos intereses extranjeros. Da igual que sean las izquierdas "woke" o la extrema derecha; todas compiten por ver quién es más fiel a Washington.
Meloni, Abascal, Ayuso, Le Pen... toda la llamada "extrema derecha" se postra ante los oligarcas estadounidenses. Y Trump no es más que uno de ellos, el más ruidoso. Lo que vimos en Múnich no fue una cumbre de líderes soberanos, sino una reunión de delegados comerciales de una multinacional llamada EEUU, gestionando sus sucursales europeas. Mientras no entendamos que nuestra soberanía y nuestro bienestar pasan por desengancharnos de esa dinámica y tender puentes hacia Oriente, seguiremos pagando la factura de una guerra que no es nuestra, con la sangre de nuestro estado del bienestar.