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No se rían, que sí van

No se rían, que sí van

 

Gran celebración planetaria por la esperada caída del capitalismo: el tercermundismo está de fiesta, no tanto porque ve al gigante en apuros sino porque una vez más puede recurrir a la biblia marxista para reconocer allí los anuncios del Apocalipsis. Una cosa es cierta: lo que fundamenta la crítica marxista a la economía de mercado es, para decirlo con lenguaje erudito, el positivismo de Marx. Me explico. El sistema de mercado supone crisis periódicas porque se trata de un sistema autorregulado que se rectifica mediante ajustes más o menos imprevisibles. Esta incertidumbre en lo que Marx consideraba lo esencial del ser humano, que es su fabricarse a sí mismo en el mundo productivo, le resulta inaceptable y es el fundamento de la justificación de la planificación económica. La obsesión marxista por un mundo de inexorables leyes científicas, una convicción metafísica que nunca se somete a crítica, pretende sustituir las fluctuaciones impersonales del mercado (que, por cierto, se revisa, corrige y critica permanentemente). E impersonales significa aquí que lo que regula al mercado son instituciones, pactos sobre reglas de juego, no voluntades individuales. Y por supuesto, de ninguna manera tampoco voluntades corporativas: el monopolio y las prácticas de concentración de oferta o demanda terminan castigadas (y causan crisis, precisamente). Digamos que lo que salva una y otra vez a la economía de mercado son sus colapsos.

De nuevo se demuestra lo que sostenía Adam Smith: sin instituciones no hay mercado.

Para que la mano invisible opere hay que tener transparencia institucional, de modo que los intereses de unos sean contrarrestados y balanceados con los de otros. Creo que la mejor imagen para comprender qué quería decir Smith es la de los círculos concéntricos: la economía es uno de esos círculos pero viene rodeada de otros ámbitos que la condicionan: no hay mercado sin leyes y sin justicia.

Pero hay ganadores y perdedores en las crisis. De hecho, la negativa del Congreso estadounidense de apoyar el paquete de ayuda propuesto por el Gobierno tiene sentido en la medida en que se considera que esos 700 millardos de dólares terminarían premiando a quienes irresponsablemente jugaron a la pirámide financiera, aprovechando las favorables condiciones del crecimiento económico de los últimos años y un consumo desproporcionado. Condiciones que beneficiaron particularmente a América Latina, por cierto, y especialmente a Venezuela. Gracias a la especulación financiera este gobierno hipócrita ha logrado simular la estabilidad económica que le gusta mostrar en sus grandes números, mientras el impacto que tuvo el recalentamiento consumista de las economías del primer mundo en los precios de las materias primas, incluyendo el petróleo, permitió financiar la expansión del proyecto intervencionista del presidente Chávez en las comarcas vecinas. Los paqueticos de notas estructuradas garantizan la supervivencia del clan de los Kirchner y las bravatas de Correa: agradecidos deben estar estos aristócratas de nuevo cuño a los "especuladores neoliberales", y rezando han de andar para ver si sus plegarias ayudan a salvar el capitalismo perverso que tantos beneficios les ha dado.

Nuestro predicador-presidente, de envanecido burgués que vendió al contado, ha pasado a afectar un aire grave que anuncia tempestades para el planeta, como si hubiera descubierto (seguramente por sus paradas en La Habana) que tormenta, huracán y desastre son el mejor lenguaje para magnificar las debilidades del enemigo mientras se sermonea sobre el fin de la historia y el advenimiento de un tiempo feliz, sin crisis, sin cambios, sin oferta y demanda.

No pudiendo ya mantener la tesis de la invulnerabilidad del tanquero venezolano, el Presidente entona advertencias; lo acompaño en eso, porque lo que ya está a la vista es que se acabó la era de los gobiernos redistribuidores. Lástima por Ecuador y Bolivia, que estrenarán constituciones inviables y se dirigen hacia un nuevo fracaso histórico al perder el oxígeno petrolero que les insuflaba Venezuela. Pero más lástima por todos nosotros, los ciudadanos que le vamos a ver el hueso a las vacas flacas mientras los jerarcas boliburgueses, tomando diet Coke, se echan la culpa mutuamente en Miami.

Colette Capriles 
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