No sé cómo se llama, pero se gana bien el sueldo de liberada de la UGT.
Va de un hospital a otro, unas veces vestida de paisano y otras con bata de sanitaria – aunque es auxiliar administrativo -; unas veces con el pelo suelto y otras con moño, pero siempre con el índice tieso y la boca abierta en ademán de increpar a voz en grito.
La mujer no para porque, en Madrid hay muchos y nuevos hospitales públicos, y ella no se pierde una visita del Consejero de Sanidad
Juan José Güemes, para hacerse una foto con él mientras que algunos de sus compañeros de sindicato, que hacen un papel de figurante, le hacen el coro gritando
“fuera, sinvergüenza y mentiroso”.
A mí me enternece esta imagen porque si no fuera por esta camorrista y sus colegas pensaríamos que los sindicatos ya no existen, que se han confundido con el paisaje y el paisanaje y que no hay razón para la esperanza entre los trabajadores.
Gente como esta camorrista (ser liberado de un sindicato es una forma de hacer carrera con la garantía de ser intocable) nos reconcilia con nuestra historia reivindicativa de los derechos de los trabajadores.
Los parados deben estar tranquilos porque, aunque los sindicatos y sus líderes más preocupados por la apertura de fosas de
Garzón que por reducir las colas del INEM estén silentes con la que está cayendo, hay liberados que al menos hacen oposición.
Hay cosas que te provocan una cierta envidia cuando ves lo que ocurre en otros países. Mientras en los Estados Unidos, con la elección de Obama, se cumple el sueño americano, en nuestro país con algunos comportamientos lo que se cumple es la pesadilla española.