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Personalismos europeos

Personalismos europeos

La Unión Europea vuelve a sufrir uno de sus peores males: el personalismo. Sería un tanto injusto achacar sólo a uno el afán de protagonismo y el egoísmo evidente de pretender beneficios políticos partidistas y personales. Ya se conoce la personalidad tan especial para todo del presidente francés, Nicolás Sarkozy, pero sus intentos de escalar peldaños en la esfera internacional como gran impulsor de la reacción adecuada para aportar soluciones a la crisis financiera y económica se han topado con el carácter enérgico y receloso de la canciller alemana, Angela Merkel.

    En la reciente cumbre de Bruselas, la Europa de los 27 ha alcanzado tres grandes acuerdos para su más inmediato futuro: el plan de 200.000 millones de euros para afrontar los retos económicos, la revitalización del Tratado de Lisboa con la celebración de un nuevo referéndum en Irlanda a cambio de lastrar la gobernabilidad de la UE al garantizar un comisario por cada uno de los 27 países miembros y, lo que de verdad puede tener trascendencia real, un paquete de medidas contra el cambio climático.

    Pero cuando se analiza la letra pequeña de todos estos acuerdos se pone de manifiesto demasiadas condiciones y límites para satisfacer a todos los dirigentes, que pueden volver a sus países y vender a su opinión pública el éxito de sus gestiones con el resto de los socios europeos sin importarles que sus puntualizaciones perjudican a todos, incluso a sus mismos ciudadanos pero ellos sólo piensan en sus próximas elecciones y en lo que supuestamente quieren sus votantes. Sería muy arriesgado hacer un ejercicio de verdadera categoría política y enfrentarse a su electorado explicando con transparencia y rigor los detalles de la situación y planteando los esfuerzos y sacrificios que hay que hacer para remontar la crisis lo antes posible. Y un punto fundamental, será siempre mejor hacerlo todos juntos con medidas conjuntas que cada uno por su cuenta pendiente de un puñado de votos.

    Un ejemplo del enorme riesgo que tiene la Unión Europea de morir de éxito con su exagerada y apresurada ampliación a 27 es la próxima presidencia semestral, que comienza a primeros de enero, a cargo de la República Checa con un presidente Vaclav Klaus enemigo declarado de la Unión Europea y de la realidad del cambio climático. Francia ha intentado dejar los deberes hechos en su presidencia pero el día a día de los próximos seis meses pueden ser horribles con el presidente checo al frente y una Comisión Europea manifiestamente mejorable. Pero más allá del riesgo checo, las preocupaciones principales se originan en la falta de entendimiento entre Nicolás Sarkozy y Angela Merkel.

    En una carrera por situarse al frente de Europa está claro que, en las condiciones actuales, siempre nos vamos a encontrar a Alemania y a Francia. La experiencia nos ha enseñado históricamente que el progreso europeo depende, en gran medida, de la voluntad de acuerdo y colaboración entre ambos. Los grandes desastres bélicos del siglo pasado han demostrado, a sangre y fuego, que son imprescindibles organizaciones como la Unión Europea y la OTAN para evitar cualquier tentación absurda de un nuevo enfrentamiento. No piensen que esta posibilidad es tan descabellada en la actualidad. En los años noventa, los lazos e intereses entretejidos durante los 60 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial frustraron, afortunadamente, una gran catástrofe con origen en las guerras de los Balcanes. Nos encontramos ahora sufriendo una crisis cuyas dimensiones y consecuencias nadie se atreve a predecir con exactitud. La única previsión que se va cumpliendo día a día es la del incremento exponencial del paro y hay otra, la división europea, que desgraciadamente también se cristaliza en cada cumbre. Sólo tenemos parches. Con 200.000 millones de euros, la Europa comunitaria no tiene suficiente; y los dirigentes políticos lo saben pero prefieren ir a trancas y barrancas que permitir que el dinámico y atrevido Sarkozy gane la partida de la popularidad y emerja como nuevo líder europeo por encima de la alemana Merkel o el británico Brown. El presidente francés ha actuado rápidamente en los meses que lleva en el Palacio del Elíseo. A veces con fortuna como en la crisis de Georgia y Rusia, otras con errores como en el Chad; y en la más importante: la crisis económica, su osada teoría de la refundación del capitalismo y sus esfuerzos por la celebración de la cumbre de Washington se topan con múltiples reticencias. Seguro que la prudencia en el incremento del gasto y del déficit que impone Alemania es debida a criterios de eficacia y operatividad; y no a una lucha política que perjudica además al conjunto de Europa. Hace 20 años, el socialista francés Mitterrand y el democristiano alemán Kohl supieron combinar sus intereses con los de la unidad de los europeos por encima de ideologías. Ahora, las suspicacias no conocen esa categoría política y nos encontramos con una lucha cerrada por los propios intereses. El problema se acrecienta cuando  Sarkozy y Merkel no son los únicos. Ante la escasa eficacia del presidente de la Comisión, el portugués Durao Barroso, los demás dirigentes nadan y guardan la ropa y aceptan sólo un trocito de tarta cuando lo que deberían provocar es una convergencia de actuaciones con los esfuerzos y sacrificios necesarios para afrontar la remontada de la crisis.
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