Rail food a precios de caviar
viernes 02 de marzo de 2007, 14:19h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 11:55h
Hay quien dice, a la vista de lo que sucede con varias de las líneas de Renfe, que viajar en tren es, como mínimo, practicar un deporte de alto riesgo. Y, al com.ilón itinerante, con excesiva frecuencia, le toca pasar por este trance, agravado, si cabe, por el infierno gastronómico, perjudicial para el paladar y para el bolsillo, que debe sufrir.
Trenes diurnos de largo recorrido
Renfe
Com.ilón, 02.03.07
Hay quien dice, a la vista de lo que sucede con varias de las líneas de Renfe, que viajar en tren es, como mínimo, practicar un deporte de alto riesgo. Y, al com.ilón itinerante, con excesiva frecuencia, le toca pasar por este trance, agravado, si cabe, por el infierno gastronómico, perjudicial para el paladar y para el bolsillo, que debe sufrir. Eso sin contar de que, además, no se puede fumar a bordo de ninguno de los convoyes.
Pongamos que, en esta ocasión, el sufrido degustador habla del talgo diurno Galicia-Madrid. Descartada, por motivos puramente logísticos, el llevar consigo una cesta de picnic con adecuadas municiones de boca y sus correspondientes bebidas, el viajero deberá recurrir a la cafetería del tren. Estamos hablando de fast-food (para ser exactos, en su grado más ínfimo, la rail-food). Poca variedad: o bocadillos o bocadillos. Aquí el buenazo de Hamlet no se encontraría frente a un dilema insoluble, con lo cual Shakespeare lo hubiese tenido crudo.
Los sólidos se limitan a bocadillos de tortilla de patata (puede servir como masilla de fontanero o, en ocasiones, hasta de cemento); jamón serrano y queso (olvídense del pata negra, aunque el precio, 4,30 euros lo indique); de lomo y queso (lo de queso, aparte de industrial, es un añadido de fécula); y el mixto de queso y jamón york.
La bollería, como el pan (descongelado y que, según la remesa, en cuestión de minutos pasa de la consistencia del caucho malayo caliente a la de la piedra pómez reseca), industrial a tope y que debería merecer la atención de la prohibicionista ministra de Sanidad, Elena Salgado, a cuya memoria el com.ilón viajero se encomienda con excesiva frecuencia, por aquello del amasijo de grasas insaturadas y otros repelentes aditivos que entran en su composición.
Otro sí el mismo reproche merecen los líquidos destinados a ayudar a bajar el comistrajo, si hacemos abstracción de la cerveza nacional en lata (la Mahou cinco estrellas, pero a dos euros unidad) y el agua mineral (1,340 euros el medio litro). Del vino, servido en botellines de 18,7 cl., casi mejor no hablemos. Eso sí, el precio es del de un reserva (2,70 euros unidad).
Si el atribulado viajero, en vista de las sevicias estructurales (retrasos, calefacciones que se pueden estropear, retretes inundados y misteriosas averías eléctricas) decide darse a las bebidas fuertes, que Baco le coja confesado y con la tarjeta de crédito en buen uso: el botellín de cinco centilitros de whisky vale 4 euros, mientras que el ron y la ginebra, por la misma dosis, se ponen en 3,40. Cafés e infusiones -de sobre, claro- cuestan 1,30 de vellón.
Por tanto, al com.ilón viajero, el último apaciguamiento del hambre a base de bocadillo de lomo con queso, bolsa de patatas fritas, un donut, dos latas de cerveza y un descafeinado solo, más botellín de whisky se le puso en dieciséis euros con cinco céntimos. Por tres euros menos, el com.ilón almuerza decentemente y de notable alto con el menú del día que le sirven justamente en el restaurante que se encuentra en los bajos de su redacción madrileña.
Ambiente: cero patatero. Eso sí, favorece las relaciones humanas, porque no hay nada que acerque más a las personas que sufrir un infortunio común.
Servicio: *. Puede ocurrir encontrarse con personal amable como con algún borde que no te sirve el pedido, sino que te lo arroja.
Comida: bajo cero. Se trata de comistrajos destinados a engañar el rugido estomacal.
Precio: polar. No se corresponde con la calidad.