Ojalá hubiera muchos José Tomás
viernes 02 de marzo de 2007, 14:25h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h
La religión compulsiva y laica, olorosa y flamígera que es la fiesta de los toros recobra a su Sumo Sacerdote. Como decía Serrat, "hartos ya de estar hartos" de tanta mediocridad, los aficionados estamos de enhorabuena. Porque el coletudo más completo y valiente de la última década vuelve, lo que significa no sólo revitalizar a tope nuestra ilusión, sino un atractivo añadido a la fiesta, que también será protagonista en otros ámbitos mediáticos. Pero lo será por un torero ejerciendo de tal, no por las bochornosas actividades fuera de los ruedos de vulgaridades profesionales como Rivera Ordóñez, Jesulín, El Cordobés o Javier Conde, jaleados en programas del corazón y otras vísceras, que después arrastraban a la plaza a algunos de sus especatdores, absolutamente incultos en lo taurino (quizás en lo demás también, pero esa ya es otra cuestión).
Lo será, esperemos, por ponerse delante del bicorne en el sitio de máximo peligro, en el que ningún otro colega se atrevía. Ese que le hizo sentir en sus entrañas el solivianto de la carne, el hierro candente del asta del toro en forma de gravísimas cornadas. Aunque ahora con Sebastián Castella y el que intenta imitar al de Galapagar, Alejandro Talavante, puede que no sea ya el único, lo cual añade pasión e interés a esta temporada si se deciden competir de verdad de verdad de la buena. Y lo será, esperemos, por torear como los demás sueñan hacerlo, sobre todo con su prodigiosa, mágica y mística mano izquierda con la muleta, que es la fundamental en esto de la tauromaquia.
La duda es si el de Galapagar, que es de los pocos coletudos con mucha cultura y nivel intelectual -por eso siempre rehuyó de entrevistas que no fuera relativas a su profesión y a los halagos pelotilleros-, igualará aquel nivel con el que se proclamó rey de la fiesta, número uno indiscutible en triunfos y honorarios. Pero como no es lerdo, él sabe que su regreso sólo puede ser para responder a las exigencias que, lógicamente, va a sufrir desde afición y crítica. Ya en su anterior reaparición, en 2002, así fue. Aunque, es justo y necesario, nuestro deber y salvación ponerle la única pega que no ha despejado y que de aprobarla le elevaría a un coletudo no ya histórico, sino eterno: triunfar con las ganaderías duras, esas mismas que también rehuyen los actuales mandamases del escalafón.
En cualquier caso ya hay que darle las gracias anticipadas por su gesto de volver, de sembrar ilusión y paisón a tope. La temporada cambia su faz mediocre y mortecina, la misma que, por cierto, domina el cotarro desde la retirada de José Tomás. La misma de la que sólo nos sacan a veces los citados Castella y Talavante, en tal orden, y también El Cid, alguna pincelada suelta de Morante de la Puebla y otro paladín de la tauromaquia, el veterano Rincón, que se retira. Con esta baraja de nombres, a la que añadir al dúo que comanda hoy en honorarios la fiesta, Enrique Ponce y El Juli, y a los pocos jóvenes que aprietan, como Miguel Ángel Perera y Matías Tejela, el 2007 piuede y debe ser magnífica.
Decía Ortega -el filósofo, no el torero- que para comprender España había que comprender la situación de la fiesta en cada momento y llevaba razón. Porque la vulgaridad y mediocridad de la sociedd actual, sembrando desde arriba que sólo vale el triunfo rápido y la cantidad, que el fin justifica los medios, se refleja a la perfección en la fiesta, claro. Pero también en todo lo demás, política incluida. Ojalá en este último campo, y en los demás, hubiera un revolucionmario como José Tomás, una figura capaz, como él en los toros, de traer un ambiente fresco y cantidades industriales de ilusión. Eso sí que sería un milagro.