De lo que se trata en estos días es de aprender; de aprender rápido. A fuerza de padecerlas y sobrevivirlas, los mexicanos nos hemos vuelto expertos en crisis económicas y, en particular los potosinos, en crisis políticas. Sin embargo, nuestra preparación para hacer frente con eficacia a la crisis de salud que hoy nos envuelve es precaria e insuficiente. De ahí el imperativo de aprender lo más pronto posible.
No hay un solo mexicano, por viejo que sea, que haya vivido experiencia semejante.
Epidemias y pandemias no han faltado en los últimos años, pero ninguna que nos haya tocado tan de cerca y que nos esté afectando tan seriamente en aspectos tan diversos como la salud, el trabajo, la economía y el sicológico.
El telón de fondo de la emergencia nacional desatada por la influenza porcina (de algún modo simplificado hay que llamarla) es su carácter novedoso. Y la novedad es propia de lo desconocido, de lo nunca antes visto u oído. El mismo virus que provoca la enfermedad fue identificado después de que había comenzado a causar estragos. Se avanzó rápidamente en su conocimiento, en detectar las formas de contagio y en la identificación de los medicamentos que lo combaten, pero a la fecha se ignora si su carácter mutante lo hará más resistente y agresivo o lo contrario; sigue habiendo confusión con los síntomas que provoca y las investigaciones para producir la vacuna que lleve a su erradicación tardarán meses antes de arrojar resultados positivos; las cifras nacionales sobre enfermos y fallecidos son muy diferentes de las internacionales; no se conocen previsiones sobre la evolución, duración y alcances de la contingencia, y nadie es capaz de explicar por qué si el mal es curable se siguen muriendo pacientes.
Tampoco se conoce explicación alguna sobre el hecho de que los grupos de edad vulnerables se han ido ampliando. Primero se dijo que los más expuestos eran las personas de entre 20 y 40 años de edad; días después el tope se amplió a 50 años y recién se mencionan casos en individuos hasta de 55. Apenas ayer nos enteramos de que aquí ya aparecieron niños enfermos y de que un menor de dos años falleció en Estados Unidos.
En simultáneo, se nos informa que el vecino país del norte insistía hasta ayer en no cerrar las fronteras con México ni suspender vuelos entre ambos países; que Francia promueve la suspensión de los viajes aéreos entre Europa y nuestro país, y que Cuba y Argentina, por lo pronto, ya los suspendieron. Para no ir más lejos, en la Ciudad de México se decreta que los restaurantes solo preparen y sirvan alimentos para llevar, en tanto que aquí continúan sin restricciones de ese tipo.
POR SI DE ALGO SIRVE
En este contexto, sir ser médico ni nada que se le parezca, ante lo reprochable que sería evadir el tema y con la esperanza de que sirva de algo, lo único que se me ocurre en este mediodía de miércoles es compartir lo que en lo personal he aprendido estos últimos días a base de ver y escuchar cuatro o cinco noticieros y leer una decena de periódicos locales, nacionales y extranjeros:
• Una persona infectada por el virus puede tardar entre tres y siete días en desarrollar los síntomas de la enfermedad, pero a partir del segundo o tercer día puede contagiar a otras. Esto quiere decir que el contacto sin precauciones con alguien aparentemente sano es peligroso.
• La vía de contagio más común es el contacto con la saliva o secreciones nasales de un enfermo. Ambas se expulsan con los estornudos pero también pueden diseminarse con las propias manos que habiendo tocado las mucosas nasales o bucales toquen luego superficies expuestas al contacto de otras personas (mesas, escritorios, picaportes, pasamanos, teléfonos y un larguísimo etcétera). El bicho sobrevive entre 48 y 72 horas en esas condiciones.
• El virus ingresa al cuerpo humano principalmente, aunque no exclusivamente, a través de las zonas húmedas de la cara (ojos, nariz y boca), sobre todo a través de las membranas mucosas de la nariz.
• Contrario a lo que muchos decían hace una semana, las altas temperaturas ambientales, el calor, no inhiben la propagación del microorganismo. Se ha encontrado incluso que una elevada humedad en el ambiente favorece su permanencia y desplazamiento.
Con esa serie de datos, en los que hay coincidencia generalizada por parte de los expertos, se llega a las siguientes conclusiones:
• La mejor manera de prevenir el riesgo de contagio es evitando el contacto con otras personas, particularmente en grupos grandes. Idealmente, lo mejor sería no salir de casa y abstenerse de recibir visitas. Si esto no es posible, reducir al mínimo el contacto físico con los demás: evitar saludos de mano, abrazos y besos. Recuerde que aunque los demás se vean sanos, pueden ser ya portadores del virus.
• Cada vez que se tenga contacto con otros o con superficies y objetos susceptibles de contener el virus, abstenerse escrupulosamente de llevarse las manos a la cara y correr a lavárselas con jabón o, de preferencia, con algún antibacterial. La higiene personal en lo general, pero en especial el lavado de manos, debe extremarse.
• El tapabocas tiene una utilidad relativa pero de algo sirve, sobre todo cuando se anda en la calle o se convive obligadamente con otras personas. Además, otorga cierto grado de confianza que evita vivir angustiados.
• A los primeros síntomas de la enfermedad, o de alguna parecida, hay que acudir con el médico o al hospital o centro de salud más cercano. Nada de automedicarse ni de hacer desidia.
• No exponerse a contraer enfermedades comunes, como catarros, gripas o resfriados, por cambios bruscos de temperatura (como sucede al subirse al automóvil estacionado bajo el sol y prender de inmediato el aire acondicionado); o a infecciones intestinales por comer con descuido, ya que cualquiera de estos males aumenta el riesgo en caso de adquirir el virus de la influenza porcina o, en otra dirección, posibilita la saturación de las instituciones de salud.
• No caer en situaciones de pánico; nada de andar abarrotando las despensas como si el problema fuera de abasto de alimentos y no sanitario. Cuando se dan este tipo de comportamientos colectivos, quienes se sobre abastecen son los de mayores ingresos, provocando escases de muchos productos en perjuicio de las clases populares que viven al día.
DUDAS QUE QUEDAN
En sus términos actuales, con suspensión de clases, cierre de todo tipo de lugares de reunión, reducción de labores en oficinas de gobierno, cancelación de eventos tanto oficiales como privados y millones de mexicanos enclaustrados, la contingencia sanitaria parece tener como horizonte temporal el próximo miércoles 6 de mayo. Es obvio que este plazo se facilitó por el inminente “puente” del 1º. al 5 del mes próximo, pero si para entonces no hay reducciones sustanciales en los casos de nuevos infectados y de fallecidos (vacuna no habrá antes de finales de año) ¿qué va a pasar?, ¿hasta cuándo se podrían normalizar todas las actividades hoy trastocadas?
¿Por qué, si como se nos ha dicho una y otra vez, la influenza porcina es una enfermedad curable, existen y están disponibles los medicamentos más eficaces y la alerta generalizada permite detectar oportunamente la aparición de los síntomas, siguen muriendo personas de todas las edades?
En caso de que la epidemia no ceda ¿contamos a nivel nacional y local con los recursos suficientes para hacerle frente? ¿El número de camas de hospital y de médicos, así como las reservas de medicamentos, son suficientes si esto se prolonga y aumenta?
¿Existen medidas adicionales de prevención, mitigación o control que aún no se estén aplicando? De ser así ¿cuáles serían?
No hay duda que el esfuerzo de información oportuna desplegado por el gobierno federal tiene todavía grandes desafíos.
YA NUNCA SE COMPUSO
Entre 48 y 72 horas se tardó la administración marcelista en reconocer la gravedad de los hechos y reaccionar en consecuencia. Es imposible saber si esta omisión criminal influyó para que aquí fuera mayor el número de afectados por la epidemia, pero con independencia de sus consecuencias concretas, desde la óptica del desempeño que se puede esperar de un gobierno serio y responsable, su comportamiento fue idiota.
La explicación ofrecida el sábado 25 por el Marcelo de los Santos es un monumento a la tontería, a la confusión mental. Dijo el mandatario, a manera de argumento central, que en los días previos su gobierno eludió reconocer la gravedad de lo que ocurría para no alarmar a la población. Habrase visto.
En el lenguaje al uso, en el habla cotidiana de los mexicanos, existen dos vocablos en apariencia parecidos pero en realidad entendidos de manera diferente: alarma y alerta. Tan es así, que en relación con el primero se ha acuñado un término de connotación negativa o reprobatoria: alarmista, en tanto que con el segundo no ha ocurrido lo mismo.
Lo que con su anemia neuronal De los Santos Fraga fue incapaz de entender, y si alguien intentó que lo entendiera es obvio que no lo escuchó y se montó en el macho de su pobrísima capacidad de razonamiento, es que en ningún momento debió considerar la posibilidad de salir a alarmar a los potosinos, pero sí de alertarlos. Es decir, de proporcionarles elementos de juicio para que se enteraran de la existencia de un grave riesgo colectivo y supieran como protegerse y encararlo. No fue hasta que de las instancias federales le apretaron las tuercas cuando se medio sintonizó con la realidad.
El hecho de que este tipo de comportamientos erráticos, evasivos y cobardes ante cualquier crisis sea el sello de la casa marceliana, no obsta para insistir en que esta vez se sublimó, se superó a sí mismo y fijo nuevos records de incompetencia e irresponsabilidad en un gobernante potosino.
Y todavía dejó abierta unos días la posibilidad de irse a Chicago a rendir un informe anticipado de fin de gestión. A buscar aplausos, porras, confeti e incienso. Faltaba más. Lo único que nos salva de la furia colectiva es que en menos de cinco meses se va a su casa… a esperar que el destino lo alcance.
Hasta el próximo jueves.
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