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Una deuda (y una crisis) que van para largo

Una deuda (y una crisis) que van para largo

No hay motivos para el optimismo. Todos los indicadores de actividad y demanda siguen cayendo, mientras seguimos destruyendo empleo en serio porcentaje de acuerdo con la cifra de paro registrado en términos desestacionalizados, única forma rigurosa de medir esta variable macroeconómica, como cualquiera otra. Fue escandaloso, en vísperas electorales, el uso de los datos del paro por parte del actual ministro de Trabajo, que llegó a proclamar, con el cómodo recurso de ignorar la estacionalidad, que se estaba creando empleo, en un asombroso ejemplo de manipulación de los datos. Lo cierto es que la aplicación de enormes cantidades de recursos públicos al saneamiento del sector financiero no se ha traducido, por lo menos hasta ahora, en alguna mejora visible del acceso al crédito por las familias y empresas, lo que ahonda el debilitamiento del tejido productivo del país.

Por otro lado ¿cuántas son ya las Cajas al borde de la insolvencia? No aceptemos que sean 19, estremecedora cifra que daba recientemente el profesor Centeno, catedrático de economía de la UPM, sino bastantes menos. Pero aún así, asusta la dimensión del por otra parte necesario plan de salvamento de las Cajas mediante la compra urgente de sus activos tóxicos por el Fondo de Reestructuración y Organización Bancaria.

El profesor Centeno afirma algo espeluznante que, con todas las cautelas, me permito transcribir, y es que dicho Fondo está “dotado con 99.000 millones de euros realmente no de nuestro dinero, que ya lo han dilapidado, sino del de nuestros hijos y nietos, a los que Zapatero está decidido a hipotecar de por vida con una deuda gigantesca, que tendrá que pagarse con una drástica reducción del nivel de vida y unas subidas brutales de impuestos”. Señala que comprar activos tóxicos significa comprar bonos de titulización hipotecaria o activos concretos a cinco o diez veces su valor real de mercado, con la promesa de recompra futura, y añade que, estimándose el agujero final en más de 300.000 millones de euros, España no podrá conseguir financiación por esa cifra.
 
Pero como no todo van a ser malas noticias, incluso en medio de estas profundas tinieblas de la crisis sucede que la Bolsa española, quizá como reflejo de la madurez y calidad de los inversores, resiste y lo hace mucho mejor de lo que cabría esperar. Este último viernes nuestro IBEX mantuvo con holgura el muy apreciable listón de los 9.700 puntos, tras oscilar entre los 9.651,90 y los 9.741,20, banda que indica la vitalidad de la Bolsa española y la confianza de los inversores en que el doble juego de valores muy sólidos a largo y entradas y salidas rápidas en otros valores más volátiles permite obtener, sin la menor duda, apreciables resultados.

Cierto que los niveles de los índices bursátiles están ya muy altos, y que se necesita por tanto algo más que simple voluntad para tirar hacia arriba, y quizá por ello las subidas son menos intensas de lo que cabría esperar, por ejemplo, de valores tan consistentes como Telefónica, Santander, Iberdrola, Endesa, OHL o BBVA. No ayuda ciertamente el que incluso nuestro siempre tan optimista Gobierno se vea obligado a revisar a la baja las previsiones, y anuncie ahora el 3,6% de caída del PIB para el presente año y reconozca por fin, y porque no hay elecciones a corto plazo, que la recesión continuará el año próximo, con lo que el inicio del retorno al crecimiento se pospone, por lo menos, hasta 2011, aunque los más temen que sea una nueva forma dosificada de dar las malas noticias y que muy probablemente debamos esperar a 2012 para ese cambio de signo del ciclo. Lo indican las oscuras perspectivas del empleo, respecto al que incluso el Gobierno teme llegar al 18% de paro el año actual y el 19% en 2010, aunque “fuera de micrófonos” como se dice, hay ya prácticamente el reconocimiento de que se alcanzará el 20% de parados antes de que termine el año próximo. El paro ha vuelto a situarse, en los sondeos del oficial CIS, muy destacadamente en cabeza de las preocupaciones de los españoles.

Los estudios sociológicos muestran otra curiosa paradoja: se recorta ligeramente el porcentaje de españoles que temen un empeoramiento de la crisis económica, mientras crece de forma visible el porcentaje de los convencidos de que empeorará la situación política del país. Para decirlo con entera claridad, es la ya inocultable crisis política lo que ha empezado a lastrar las potencialidades de la economía española, al deteriorar la confianza de trabajadores, empresarios y consumidores.

El final del final no es que la crisis que padecemos sea política. Es con toda evidencia económica y financiera, por supuesto, pero seriamente agravada en sus consecuencias inmediatas, y sobre todo en el horizonte a medio y largo plazos, por una situación política manifiestamente mejorable, derivada de un gobierno más que reacio, estanco a cualquier modelo de acuerdos transversales con el resto de las fuerzas políticas parlamentarias. Cierto que el ex presidente Felipe González intenta llevar, desde su reconocida auctoritas, prudentes reflexiones a su partido, pero en Ferraz ahora mismo manda quien manda y a estas alturas no sólo el PP, sino también los partidos nacionalistas e incluso los de izquierdas saben que quiere mandar en solitario, en las antípodas del diálogo y el consenso que hicieron nuestra ejemplar transición democrática.

Pero una política enferma de sectarismo es inevitable que se convierta en un lastre para la gestión de una crisis económica y financiera tan profunda como la que atravesamos. La evidencia es reciente: ni siquiera un socialista tan auténtico y prudente como Pedro Solbes es finalmente compatible con un modelo de gobierno más sectario que socialista. No se hace buena política económica desde el sectarismo, sino desde el diálogo abierto y los compromisos razonables. Las consecuencias son perfectamente descriptibles: los porcentajes de paro más altos no ya de Europa sino prácticamente del conjunto de países desarrollados, un inquietante reajuste financiero en ciernes, un endeudamiento tremendo y para largo, una dramática carencia de crédito para las familias y las empresas, esto es, un estrangulamiento de la economía real… ¿para qué seguir?

Lo que los ciudadanos ya intuyen es desde luego verdad: aquí, en España, la búsqueda de una salida razonable para esta tremenda crisis económica pasa necesariamente por una previa salida de la crisis política en la que el país está inmerso. Mientras esta prioridad no se resuelva, veremos como primero Estados Unidos, luego el conjunto de la Unión Europea, empiezan a tocar fondo e iniciar un suave repunte, mientras nosotros seguiremos escarbando en el fondo de la crisis. Claro que la responsabilidad de que esto suceda, de que estemos como estamos, no es sólo del gobierno de Rodríguez Zapatero, sino de todas las fuerzas políticas, aunque sólo fuera por dejación de responsabilidades, por permitir que suceda, con la gestión de la economía española, lo que ahora mismo está sucediendo, que es sencillamente desolador.
 

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