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Las nuevas caras de la dependencia: conocimiento e intervencionismo

Las nuevas caras de la dependencia: conocimiento e intervencionismo

lunes 29 de junio de 2009, 17:41h
Actualizado: 17 de julio de 2009, 17:23h

Nunca antes como ahora estamos siendo expuestos a cantidades inagotables de información y conocimientos. A su vez, sólo en estos tiempos es posible apreciar con pavor cuánto se agrandó la brecha entre aquellos cuyo poder radica en el conocimiento científico y aquellos que están subordinados a éste o sufren sus consecuencias, de tal manera que la identidad del mundo de hoy no solamente es el creciente desempleo y la radical desigualdad. El desempleo y la reproducción de la pobreza siempre constituyeron un elemento inherente a la estructura de producción capitalista. Lo que hoy día presenciamos, son nuevas formas de dominación y dependencia que actúan a través de un arma más poderosa y sutil como es el conocimiento.

Los problemas que actualmente confrontan los países pobres siguen girando en torno a la influencia proveniente del mundo desarrollado que, gracias a su superioridad en materia de conocimiento, cree tener suficientes motivos para considerar éticamente aceptable su intervención en muchos países, sea mediante una presencia militar, presión diplomática o asesoramiento externo en materia de desarrollo.

Cuando se considera a la educación, información y saber científico como las riquezas del tercer milenio, lo que se está aceptando es un “único modelo” de conocimiento afincado en la más antigua tradición del racionalismo europeo y el positivismo de los Estados Unidos. Detrás de estos paradigmas descansa una premisa que da lugar al sentimiento de predominio que caracteriza a las potencias globales: el conocimiento científico no solamente ha sido comprobado en la realidad a través de siglos de investigación, sino que su principal contribución está en el ámbito de la producción y economía capitalista, verdadero canon de prosperidad e imprescindible referencia para cualquier sociedad.

En nuestros días se ha llegado a una situación donde no hay otra forma de desarrollarse sino es a través del mercado y el capitalismo, como tampoco existe otra alternativa de imaginarse el futuro, sino es mediante el impulso por alcanzar la modernización occidental de inspiración europea o norteamericana. Este es el molde que se expande con la presencia de expertos extranjeros en diferentes países pobres, arrastrando un conjunto de valores y formas de considerar a la realidad donde el conocimiento científico acaba convirtiéndose en una ideología de supremacía. Inclusive aquellos que dicen ser contestatarios, simplemente son opositores de salón de té, insertos en varias agencias internacionales y caracterizados por un estilo de vida enraizado en la más agria modernidad capitalista.

Aunque muchos lo nieguen, todo tipo de asesores económicos, políticos, ecologistas, científicos, ingenieros y hasta teólogos, aparecen como los poseedores de claves teóricas o estrategias prácticas para “intervenir” en la realidad de otras sociedades, juzgadas como menos afortunadas y retrasadas. Si bien muchos tratan de adaptar su conocimiento a las particulares condiciones culturales de otros países, rápidamente se impone un tipo de conducta en la que su bagaje profesional y experiencias son considerados como el escalón superior.
Por lo tanto, existen tres ámbitos en los que hoy se utiliza el conocimiento para reforzar las relaciones desiguales entre los países ricos y pobres. El primer escenario es la “intervención militar” por razones humanitarias, como las operaciones llevadas a cabo por la Organización del Atlántico Norte (OTAN) y los Estados Unidos en los Balcanes y África del Este.

Estas acciones consideran que es plausible romper toda soberanía estatal para imponer equilibrios dictados por el conocimiento geopolítico militar. Estos equilibrios pueden ser: a) la protección de inversiones transnacionales; b) la defensa de intereses juzgados como “seguridad nacional”, al estilo del nacionalismo estadounidense que va más allá de sus fronteras; c) el salvamento a poblaciones civiles de masacres étnicas; y d) la contribución al establecimiento de democracias de mercado a escala global.

En Europa y Estados Unidos, un arsenal de institutos de investigación está dedicado al conocimiento sobre temas de seguridad, guerras de baja intensidad y control de armas nucleares, mientras que las poblaciones que han presenciado diversas intervenciones, están condenadas a ser víctimas de la diplomacia preventiva y el saber especializado de los expertos militares.

El segundo ámbito es la “economía de mercado”, donde el conocimiento está estrechamente conectado a instituciones de desarrollo y corporaciones que controlan ingentes volúmenes de inversión. Aquí destaca el conocimiento económico, el cual considera que la sociedad debe ser domesticada de acuerdo con patrones de alta productividad, competencia y modernización acelerada. Aunque algunos planteen una mayor participación de los pobres en la toma de decisiones, es el conocimiento de teorías sobre costo-beneficio y macroeconomía lo que actualmente avasalla, llegando incluso a los centros de investigación de izquierda que perdieron la brújula en materia de teoría económica.

El tercer escenario es el “tecnológico” donde la ingeniería genética, telecomunicaciones, astronáutica y cibernética son espacios de conocimiento, exclusivamente cultivados en los países ricos. Si bien varios informes de las Naciones Unidas sobre el desarrollo mundial analizan las contribuciones de la tecnología para superar la pobreza, está claro que los países subdesarrollados son solamente receptores, antes que productores de conocimiento tecnológico.
La dependencia tecnológica no sólo se incrementó, sino que para muchos países no existe la posibilidad de tener acceso a los beneficios procedentes de la tecnología. La angustia de hoy no es la inabarcable producción científica o la confusión entre información y conocimientos, sino un patrón mundial donde el mundo desarrollado va construyendo orientaciones, normatividades o estereotipos de progreso, donde los pobres son identificados una vez más con el primitivismo, razón por la cual sería “justo” intervenir en la soberanía de otros países con conocimiento, generando así mayor dependencia y subordinación.

La dependencia no funcionaría sin un complemento: la crisis de los sistemas universitarios en los países en desarrollo. Si bien en algunos casos, la matriculación puede haberse incrementado, facilitando el acceso a la educación superior de mujeres y otros grupos marginados a comienzos del siglo XX, lo cierto es que los centros universitarios están muy cómodos repitiendo cualquier conocimiento generado en los núcleos de dominación occidental-modernos.

En consecuencia, las universidades de los países pobres facilitan explícitamente las relaciones de poder donde el conocimiento se transforma en tecnología. Nadie cuestiona el determinismo tecnológico y muchos institutos de postgrado se conforman con mostrar sus convenios con las universidades dominantes, reproduciendo una manipulación mental y generando las mejores condiciones para la hegemonía de los países productores de un conocimiento politizado que penetra sigilosamente en las mentes de hoy día; esto muestra una totalidad donde el mercado y los sistemas políticos del occidente industrializado van construyendo una universalidad exclusivamente a partir de sus intereses y maneras de entender el mundo, como siempre.

 

Franco Gamboa Rocabado
Sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, franco.gamboa@aya.yale.edu

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