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Fernando Jáuregui

¿Ha consolidado el Rey la Monarquía?

¿Ha consolidado el Rey la Monarquía?

En la jornada en la que se celebra el treinta y cinco aniversario de la subida de Don Juan Carlos de Borbón al trono de España, permítaseme, para comenzar, una anécdota personal: mientras el Rey hacía su primer juramento en el Congreso, dos días después de la muerte de Franco, yo era detenido frente a la cárcel de Carabanchel, que albergaba entonces a varios presos políticos. Se celebraba una manifestación pidiendo su libertad, en la que participaban varios actores, como Juan Diego o Aurora Bautista, y yo, que había acudido a cubrir informativamente aquella protesta, fui arrestado junto con aquellos ‘famosos’. Naturalmente, como casi todos los que simpatizaban con la oposición al régimen, yo era entonces un ferviente republicano. Treinta y cinco años después, como muchos de aquellos, he cambiado de opinión; me proclamo, aunque crítico con algunos aspectos, monárquico, y no solamente, como algunos se definen, juancarlista.

Las encuestas siguen mostrando, en este treinta y cinco aniversario de aquella ‘toma de posesión’ del jefe del Estado, que empezaba a desmontar las estructuras dictatoriales del Movimiento, un alto grado de apoyo de los españoles a la Corona y a sus representantes, si bien es verdad que los índices de popularidad de la Institución han descendido algo en los dos últimos años. Cierto: ha habido sombras en este período, pero entiendo que ha habido bastantes más luces -la primera de ellas, una estabilidad poco frecuente en nuestra Historia reciente-, por mucho que desde algunos sectores, que se proclaman afectos a la llegada de una nueva República, se ha puesto más el acento en las primeras que en las segundas.

Figuro entre los invariables optimistas que piensan que, tras su delicada operación quirúrgica, Don Juan Carlos, el hombre que ha encarnado la reinstauración de la Monarquía en España, se encuentra nuevamente en un estado de salud lo suficientemente bueno -aunque siempre hay rumores incontrolados para todos los gustos en lo que se refiere a la familia real- como para seguir en sus funciones. Me encuentro, no obstante, entre quienes creen que acaso, para garantizar una transición sin traumas en la jefatura del Estado, habría que ir pensando, sin prisa pero sin pausa, en la posibilidad de una abdicación a medio plazo en la figura del Príncipe, cuyos índices de popularidad, solo ligeramente inferiores a los de su padre, nos permiten pensar en una pervivencia cierta de la Institución.

Pero vivimos tiempos nuevos. Parece ya indudable que estamos entrando en una nueva era política, económica y social, y ni España ni su Monarquía pueden ser una excepción. Se necesitan ideas, estrategias y tácticas nuevas, en las que cualquier asomo de derroche de los fondos públicos va a ser severamente castigado por una ciudadanía empobrecida. No hay valores intangibles y el próximo Rey tendrá que ganarse el puesto cada día, como bien sabe el futuro Felipe VI, aún un relativo desconocido lleno de cualidades de trabajo y rigor, aunque no goce, en la media distancia, de la simpatía personal de su padre.

Pienso, como sin duda lo hace una inmensa mayoría de españoles, que estos treinta y cinco años han sido de libertad y prosperidad, por más que ahora vivamos momentos de nacional-pesimismo; España sigue siendo, aunque algunos españoles se empeñen en expresar lo contrario, un gran país, y esa estabilidad generada por la jefatura del Estado encarnada por Juan Carlos de Borbón ha ayudado no poco a conseguirlo. Ahora hay que dar un salto adelante: pienso que habría que ir pensando en reformas algunos aspectos de la Constitución también en lo que se refiere a la Corona –la sucesión en el trono, concretamente—y en acelerar la sucesión en la persona de Don Felipe, evitándose así algunas de las cosas que están ocurriendo en otras monarquías europeas.
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