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En defensa de la globalización

En defensa de la globalización

Están contra la globalización, pero si hay algún comportamiento que resulta global, previsible y mimético es el suyo. Me refiero a los grupos antisistema que se manifiestan en Heiligendamm contra la reunión del G-8. Mientras los países ricos, llevados de su egoísmo nacionalista, discrepan de casi todo en estas reuniones, quienes los contestan portan jeans similares, visten sudaderas iguales, calzan zapatillas deportivas de las mismas firmas multinacionales y se manejan en un inglés torpemente cosmopolita, fraguado en conversaciones callejeras de varios continentes.

Sus eslóganes se los han transmitido unos a otros en SMS, convocan sus concentraciones por Internet, oyen la misma música en idénticos MP4 y se interconectan a las líneas de ADSL con sofisticados wifis fabricados por empresas multinacionales.  Ellos son, aunque lo ignoren, el producto mejor acabado de esa sociedad global a la que dicen odiar. Lamentablemente, el concepto de transnacionalidad se detiene a las puertas de los más desfavorecidos del planeta. ¡Qué más quisieran ellos que poderse beneficiar de un mundo global, que llegasen hasta sus países la democracia, la libertad y la protección social mínima!

Si nuestro mundo fuese realmente global, no discutirían los países ricos sobre las emisiones de CO2, ni pospondrían 40 años el remiendo del efecto invernadero. Y en eso no se salva ni Dios, como decían los versos de Blas de Otero. Si Bush se hace el remolón, Putin no tiene ninguna prisa y quienes más se oponen son chinos e indios. Y es que mientras nuestros chicos antisistema se comportan globalmente, los demás van cada uno a la suya. Si los países y las empresas creyesen de verdad en un mundo global, no subvencionarían a su agricultura a fin de que no puedan venderles los países subdesarrollados, quienes producen más barato, ni habría barreras arancelarias, contingentes y demás defensas que impiden importar de las naciones más desfavorecidas y poderlas ayudar así a salir de pobres.      

Todo eso no lo arreglan las Naciones Unidas, claro, sin capacidad de intervención, con cinco países con derecho de veto que usan para preservar sus privilegios y un montón de regímenes corruptos que se dedican a esquilmar a sus poblaciones en vez de favorecerlas. Ojala viviésemos en un mundo global donde las decisiones de la ONU fuesen coercitivas, todos los países cumpliesen su carta fundacional y respetasen los derechos humanos de igualdad, libertad y solidaridad internacionales.

Pero la globalización, lástima, sólo ha llegado a los pantalones vaqueros y a unas horrendas series televisivas que se ven desde Ulan- Bator hasta Tananarive. El día en que llegue a la esencia misma del sistema, todos saldremos ganando, hasta los belicosos manifestantes  de Heiligendamm.  
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