Hoy los bienpensantes a fecha fija, los del calendario oenegero y solidario se lo deben estar pasando chanchipiruli. Hoy es el Día Mundial del Refugiado, jornada propicia para que la progresía militante de asistenta ecuatoriana por horas se reúna al calor de una copa –o muchas más, que estos soplan más que el malvado del Vilariño y sus compinches cuando se juntan para arreglar el mundo—y se dedique a comentar la última exposición fotográfica de Sebastião Salgado, hablando con un estremecimiento de sus imágenes impactantes para, a continuación, llevarse el imperialismo al paritario (o sea, ponerlo a parir) para soltar pestes de George Bush y su alegre muchachada petrolera.
Lo cierto, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y refugiados niños y niñas que me leéis, que ACNUR (siglas de la Agencia de la ONU para los Refugiados) realiza una labor encomiable. Porque la ayuda a los desplazados involuntarios es algo que supera la dicotomía izquierda-derecha-vista al centro, algo que está más allá del binomio opositor progres-carcas. Mamá y sus amigas, sin ir más lejos, suelen colaborar asiduamente con la ACNUR, lo que les permite aunar lo bello (esas reuniones de damas de alta alcurnia) con lo útil (dar de comer a los hambrientos africanos, asiáticos y balcánicos, entre otros). En suma, que se trata de un fenómeno de transversalidad sociosolidaria (toma nota, Jáuregui, que hoy estoy sembrado de ciencia sociológica), en plan “podría ocurrirle a usted”.
Claro que hay refugiados y refugiados. Por ejemplo, están los que huyen de guerras más o menos declaradas. Este es el caso de los sudaneses de Darfur, los eritreos, los somalíes y los etíopes. También están los que, en el África Occidental, más o menos por el Golfo de Nigeria, (pensemos en Liberia y Costa de Marfil), se ven obligados a desplazarse muy en contra de su voluntad, aunque no de su sana prudencia, porque de quedarse en sus pueblos, aldeas y villorrios, pueden durar menos que una finca de suelo rústico recalificable en el punto de mira de un promotor inmobiliario. O sea, cuando se trata de salvar la vida de la familia y la propia, lo de poner los pies en polvorosa e iniciar un largo éxodo suele ser la solución menos mala.
Pero hay también otra categoría de refugiados: los ideológicos. Pensad, pequeñines/as míos/as, qué sería de Florida sin las aportaciones de los balseros cubanos. Ellos se van de la Perla de las Antillas no por hambre de comer (que a lo mejor/peor como que también) sino por ansias de libertad. Y no deben ser criticados por ello, pese a que el octogenario Fidel Castro y los seguidores de la Revolución pendiente se ceban en estos compatriotas a los que llaman gusanos. Claro que, gracias a este éxodo cubano, la hostelería de Miami (Florida, USA) goza de competentes lavaplatos, limpiadoras, mucamas, camareros, camareras y aparcacoches. O sea, que en el fondo hay algunos que le están tremendamente agradecidos al castrismo crepuscular.
No obstante, esta España mía/esta España nuestra (en mi caso, nunca mejor dicho) está a la cabeza en eso de la ayuda a los refugiados, porque no sólo acogemos a los inmigrantes despapelados, lleguen en pateras, cayucos o con visado de turista, sino que, además, acogemos al tercer tipo de refugiado: el de la Europa del este, ese que no encuentra comprensión y apoyo (a no ser que abone crecidas comisiones) de su Gobierno a la hora de ejercer su creatividad en el mundo de los negocios. Si recibimos con solidaridad a hambrientos y desarrapados subsaharianos, ¿por qué no hemos de hacerlo con rusos, bielorrusos, búlgaros, ucranianos y hasta tayikos, pertrechados con cartas de crédito de la Banca suiza? No hacerlo sería discriminación. Y aquí, en la España de ZetaPé, la de los Derechos Humanos y la Ley de Paridad, no se discrimina a nadie por razón de su raza, sexo, credo, ideológica y, por supuesto, status socioeconómico. Faltaría más.