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No, it's not so easy, mi estimado tocayo

Hay intervenciones en el ágora mediática que no pueden pasar desapercibidas, porque sería una verdadera lástima para nuestra deliberación colectiva. Este es el caso del artículo de mi tocayo Enrique Gil publicado en El País (21/07/11), bajo el título “En poder de los mercados”. Hacía tiempo que no veía un texto con tanto poder explicativo y, sin embargo, con tanta candidez propositiva. Por esa misma excepcionalidad voy a referirme directamente a sus contenidos. Enrique Gil explica de forma brillante las consecuencias que tiene para la democracia la tendencia a la financiación pública mediante la deuda soberana, que deja a los gobiernos en manos de los prestamistas externos. En esa perspectiva, “la democracia ya no representa el autogobierno del pueblo sino la sumisión contra natura del Gobierno civil a los mercados externos, subvirtiendo así la relación entre poder democrático y soberanía popular”. Es difícil no compartir su diagnóstico en términos generales. Sin embargo, respecto de la forma de enfrentar el problema, Enrique Gil parte de un idílico “Yes, we can” y concluye: “si resulta posible desafiar el poder de los propios Gobiernos, ¿por qué no habría de ser posible hacerlo también con el poder de los mercados externos?” Y ahí es que no tengo más remedio que tomar suficiente distancia para advertirle “it’s not so easy” (no es tan sencillo), mi estimado tocayo. El cambio que describe Gil debe ser subrayado. En un principio el Estado de Bienestar se financiaba sobre la base de los impuestos internos, que, en general, tenían un enfoque progresivo. Pero desde los años ochenta, con el ascenso del discurso que consideraba este modelo como un obstáculo para el proceso de globalización, se ha tendido progresivamente (tras el intento de jibarizar el Estado de Bienestar) a financiar la acción estatal con emisiones de deuda pública en los mercados internacionales. Esto tenía una ventaja a primera vista: dispensaba, sobre todo a la clase media, de la presión fiscal, lo que ofrecía fáciles réditos políticos. Pero, como afirma Gil, “el tiempo ha revelado que se trató de un regalo envenenado, pues la financiación pública con cargo a deuda externa pronto empezó a generar graves efectos perversos, en cuanto el endeudamiento público creció lo suficiente como para formar una burbuja especulativa de realimentación circular que pasó a quedar fuera de control. Es lo que ha ocurrido desde 2010, cuando la burbuja de la deuda soberana de las democracias occidentales ha terminado por estallar, colocando a los Estados deudores bajo el poder fáctico de los mercados acreedores”. Al crearse esa situación, los Gobiernos tienen dos opciones: seguir impulsando los servicios reclamados por los ciudadanos y no responder a sus compromisos como deudores, o, todo lo contrario, tratar de pagar las deudas externas y recortar drásticamente los servicios de que gozó hasta ese momento la ciudadanía. Obviamente, ello supone que las democracias no operen a partir de los compromisos ciudadanos internos, sino que, al tener que aceptar las condiciones externas de los mercados, lo único que pueden hacer es tratar de convencer a la ciudadanía de que no hay otra alternativa posible (y esperar que los dioses repartan suerte en esa faena). La evidencia muestra que lo que ha sucedido es que se ha generado un malestar social que culpa directamente a los operadores de la política, por haber elegido la alianza con los banqueros. Ahora bien, cuando Enrique Gil trata de proponer una salida a la subordinación de la política a los mercados, pierde todo su rigor para acudir a las soluciones fáciles (casi mágicas). Y así supone que la eclosión del movimiento de los indignados del 15-M demuestra que “nosotros, el pueblo, podemos interpelar de tu a tu a cualquier poder ajeno”. En primer lugar, creer que el 15-M es la representación del pueblo ya es una presunción populista. Pero no importa, pensemos que la ciudadanía desafía de verdad el poder del Gobierno, como pareció en algún momento que podría llegar a hacerlo la explosión social en Grecia. ¿Eso podría encadenarse para hacer lo mismo con el poder de los mercados externos? Pues depende. Depende sobre todo de si ese desafío busca la ruptura violenta del sistema o busca su regeneración pacífica. Si busca lo primero, el antecedente de la crisis del 29 nos muestra el camino… que por una vía u otra extendió las aventuras autoritarias en todo el planeta y condujo finalmente a la salvajada de la segunda guerra mundial. Ahora bien, si busca lo segundo, la cosa se complica considerablemente. Parece que Enrique Gil no entiende bien la frase que menciona de Hillary Clinton, cuando afirma: "¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?". Es decir, si no se rompe violentamente la baraja es impensable que no haya que sentarse a negociar con los acreedores. Y ahí es donde aparece el problema en toda su magnitud: acorralar al capital financiero en medio de la crisis puede acentuarla exponencialmente. De eso ya se dio cuenta en primer lugar el Presidente Obama, cuando tuvo que tragarse sus ganas de darles duro. Si hay una lección aprendida evidente de la presente crisis es que la regulación del capital financiero hay que hacerla antes, cuando se inicia la burbuja, y no en medio de la crisis. ¿Entonces, cual es la salida del maldito túnel? Ante todo, abandonar la magia y las frases ingeniosas. Después del 68, a los que escribieron “seamos realistas, pidamos lo imposible” les cayó la realidad encima en forma de General De Gaulle. Es decir, una vez aterrizados, entonces sí, empecemos a pensar furiosamente. La subordinación de los mercados a la política refiere a dos fuerzas principales: la que surge del interior de cada país y la que se establece a nivel supranacional. En situaciones de crisis, la fuerza del país no depende precisamente de la contestación callejera de minorías activas, aunque ello pueda contribuir a desperezarnos. Depende mucho más de la existencia de un acuerdo nacional y de una política de Estado que enfrente la negociación con los mercados con solidez y determinación. Y sin hacer demagogia: es decir, a sabiendas de que una negociación implica aceptar que la salida de la crisis exigirá sacrificios internos, pero que el acuerdo para una política de Estado obligará a que ese sacrificio se reparta lo más equitativamente posible. Un país unido en esa perspectiva tiene mucho más margen de maniobra y capacidad de negociación. El otro campo de actuación refiere a la política supranacional. Ya he mencionado en estas páginas que no hay buenas noticias para quienes esperan la conformación de una gobernanza mundial a corto plazo. Quiero decir una de carácter fuerte, capaz de meter en cintura al capital financiero. Existe una cadena de obstáculos (la reforma de Naciones Unidas, por ejemplo) que hacen impensable esa gobernanza antes de que mejore la presente situación económica. Queda por tanto la actuación en el nivel regional: la Unión Europea en nuestro caso. Pues bien, aquí hay que hablar a calzón quitado. Solo existen dos opciones: negociar con los mercados retrocediendo en la unidad europea (abandono del euro y todo lo demás) o avanzando en esa unidad (asociando a la unión monetaria, la unidad fiscal, entre otras). Claro, es cierto que en la presente coyuntura la Unión Europea tiene una orientación mayoritariamente conservadora. Pero, pese a las poderosas apariencias, conservadora no quiere decir exactamente estúpida. La señora Merkel y su homologo Sarkozy acaban de dar muestras de relativa sensatez, aligerando la presión brutal que se ejercía sobre Grecia. ¿Sera imposible que coloquen el desarrollo de la Unión por encima de las exigencias de los mercados? Pues mi respuesta es que eso depende de la convicción de los países europeos y de su capacidad de cohesión nacional. Alguien podría preguntar: ¿y todo eso se diferencia mucho de una estrategia de simple supervivencia? Pues puede que no tanto, pero alguna mayor esperanza tiene. En todo caso, siempre está la otra alternativa: poner el país patas arriba y lanzarnos al ataque revolucionario contra Bruselas. Claro, siempre que descartemos el sortilegio o la demagogia.
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