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Armada, héroe o villano: ¿cómo saberlo?

Armada, héroe o villano: ¿cómo saberlo?

lunes 02 de diciembre de 2013, 13:01h
Durante algunos años, me dediqué a investigar los entresijos del intento de golpe del 23 de febrero de 1981. Entre varios periodistas, días después de la intentona brutal encarnada por el hoy ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, sacamos a la luz un libro, titulado 'Todos al Suelo', en el que dábamos algunos nombres de la presunta trama civil. Algunos notorios franquistas nos demandaron, y así estuvimos, demandados, once años, sin que nadie se atreviese a celebrar un juicio que habría supuesto reabrir un caso que se quiso enterrado y bien enterrado, aunque jamás del todo esclarecido. Tal vez por ello, el verdadero papel en la trama del ex general Alfonso Armada, fallecido hace pocas horas, nunca ha quedado perfectamente aclarado. ¿Fue el héroe que evitó que se consumase un golpe brutal que hubiese costado, como en Chile con Pinochet, mucha sangre? ¿O fue el villano que traicionó la confianza del Rey y que, por ambición de llegar a presidir un Gobierno, conspiró para derribar al tambaleante Gobierno civil tras la dimisión de Adolfo Suárez?
 
Nunca he sido capaz de responder de una manera categórica a esta pregunta. Y eso que, también junto a otros dos periodistas, escribí otro libro de investigación, años después de aquel 'Todos al Suelo', al que pusimos por título, rememorando la célebre novela de John Kennedy Toole, 'La Conjura de los Necios'. En esta última obra nos decantábamos más bien por la presunción de cierta inocencia -en esta película nadie es del todo inocente y sí algunos, comenzando por Milans del Bosch y Tejero, son del todo culpables-del ex general Armada. Lo que pensábamos, y pensamos, después de hablar con no pocas fuentes, era que este hombre, muy próximo durante tantos años al Rey, concibió un plan para 'salvar a España' en momentos de gran actividad del terrorismo de ETA y cuando el presidente del Gobierno que había pilotado la transición acababa de dimitir en circunstancias no muy claras. Así, Armada, que jamás confesó esto explícitamente, habría imaginado un Ejecutivo de concentración, naturalmente encabezado por él mismo, en el que se daría entrada minoritaria a ministros socialistas y hasta a algún comunista -se habló de Ramón Tamames- y que, durante un tiempo limitado, pondría orden en la nación.
 
Ignoro si Armada pidió a no permiso al Rey para poner en marcha su plan unipersonal -él alguna vez sugirió, en privado, que algo de eso hubo--, pero tiendo a pensar, por lo que ocurrió posteriormente, que Don Juan Carlos no solo no estaba informado de los planes de quien tanto mandó en La Zarzuela, sino que se horrorizó al ver el desarrollo de los acontecimientos aquel 23-f-1981. Sobre todo, por la compañía en cuyas manos Armada había  puesto sus proyectos, aquella tropa mal uniformada que entró en el Congreso pegando tiros al techo, zarandeando a quien ostentaba el poder civil -el teniente general Gutiérrez Mellado-y vejando a los padres de la Patria. Me parece que el propio Armada también se horrorizó al contemplar todo aquello, creo que tan lejano a sus planes ideales, y me parece que comprobó su equivocación al evidenciar que aquella jornada, y ya ninguna otra, no iba a ser recibido en el palacio desde el que el Rey iba a lanzar su célebre discurso televisado.
 
Así, la historia de Alfonso Armada sería no la de un golpista al modo bananero de Milans, de Tejero o de Merry Gordon, sino la de un enorme equivocado. La de alguien que se creyó llamado a una gesta de grandeza, pero nadie le había convocado a ella. La del salvador de una nación -algo muy propio de un alto militar de su condición social y trayectoria- que se negó a ser salvada por él. Triste papel el suyo, el del general que será recordado más bien en las páginas negras de la Historia, cuando se lo jugó todo por aparecer en las más brillantes. La del monárquico a ultranza que acabó desprestigiado ante su Señor. La del ansioso de protagonismo que acabó sus días olvidado y, dicen, amargado. Pero, eso sí, siempre guardó, pensando que eso es acaso lo propio de un súbdito leal, 'su' secreto. Y ya son muy pocos -quizá aquel comandante Cortina, del CESID, que escapó por los pelos del juicio contra los golpistas en Carabanchel- los que podrían, quién sabe, contar entera y desde dentro la macabra película del 23-F.


- El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>>
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