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Un uniforme vacío

martes 10 de noviembre de 2015, 11:25h

El líder y seleccionador de “Podemos” ha creído que intercalar en su equipo a un general de cuatro luceros suponía transvasar a su extravagante grupo el prestigio y los valores de la condición militar. Pero lo único que ha adquirido es el uniforme vacío colgado en el armario de un soldado destituido “por pérdida de confianza y falta de idoneidad para el cargo que venía ocupando”. El cargo de quien fue Jefe del Estado Mayor de la Defensa, en su día, era una de esas pocas posiciones, más representativas que operativas, que pueden desempeñar con honor aquellos que, por haber llegado a la cúspide de su profesión no es posible retrotraerlos a niveles inferiores. Ese cargo era el de vocal de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo –con perdón de los laicistas al uso, hijo del rey godo arriano Leovigildo, que fue ejecutado por negarse a abjurar de su fe católica- cuya evocación encarna y simboliza la conducta coherente a lo largo de toda la vida de un militar y, evidentemente, tal símbolo ha sido malversado por quien estaba obligado a la mayor ejemplaridad, al comportarse con una conducta tan impropia de quien llegó a tan alta posición como sería la de cualquier modesto centinela que se dedicase a hacer aspavientos en público antes de ser relevado del servicio.

Es difícil desentrañar psicológicamente las reacciones internas de la conducta humana cuando se actúa con ánimo de engañarse recíprocamente, con improvisación, impaciencia y frivolidad. Pablo Iglesias le ofreció a José Julio Rodríguez colocarlo con su dedo de número dos en la lista de candidato a diputado del Congreso por Zaragoza. Oferta insegura para un partido que va a concurrir como cuarta o quinta opción a las elecciones en dicha provincia de Zaragoza. Junto a tal dudosa oferta, el charlatán “podemita” añadió la promesa de hacer a tal futuro diputado populista su ministro de Defensa. Dadas las expectativas electorales de Pablo Iglesias igual podía haberle prometido hacerle archipámpano de las Indias. Alucinado por tan brillante porvenir y deslumbrado por la ambición desmesurada desde el aburrimiento insufrible, el incruento general Rodríguez se tragó el caramelo envenenado de la misma manera que, por la otra parte, Pablo Iglesias, por su ignorancia del mundo militar, creyó que bastaban los signos externos de un uniforme para vestir de respetabilidad y patriotismo a un espantapájaros cargado de rellenos inflamables como el derecho de secesión, las relaciones con marcas emanadas del post terrorismo, los extremismos antisistema y los delirios de romper las alianzas y compromisos firmes para mantener la seguridad de los pueblos libres que mantienen los derechos humanos frente a las amenazas de riesgo para nuestro mundo occidental.

Por intelectualmente corto que sea el general Rodríguez, tiene que saber perfectamente, por haber pasado por donde ha pasado, que el planeta virtual y mediático en que se mueve “Podemos” es incompatible con las realidades a que se enfrenta un mundo en conflicto militar, económico e ideológico que no puede permitir alteraciones convulsivas en esa batalla de la que España es pieza estratégica insustituible. En ese populismo de cámara de facultad no hay sitio para generales de cuatro estrellas salvo que se acepte un papel de desertor y, por tanto, el paso en falso dado por el general Rodríguez no suma valores militares a “Podemos” sino que acrecienta los recelos que suscitan sus movimientos entre los leales defensores del Estado. Rodríguez, sin quitarse primero el uniforme y, después, rápidamente vestido de “progre”, salió en Twitter para decir majaderías tan obvias como que había que cambiar España y buscar soluciones políticas, antes que legales al tema de Cataluña. No sabemos que indocumentado ha puesto en circulación este dislate de separar política y ley, cuando ni la política se puede hacer sin leyes ni a su margen, puesto que la ley es el instrumento esencial de la política democrática, tanto para aplicarse a los asuntos catalanes como a cualquier otro asunto.

Las manifestaciones del general Rodríguez se hicieron inmediatamente, a la vez que este solicitó la liberación del compromiso que tenía como militar, con empleo y sueldo. Pero, inexplicablemente, no quiso esperar a recibir oficialmente la respuesta reglamentaria. Quizá pensó que la respuesta pudiera dilatarse demasiado y que pudiera perder la ocasión deslumbrante que le brindaba el fantástico Pablo Iglesias. Cualquier modesto centinela sabe que no es posible abandonar su puesto porque haya presentado a su sargento su petición de baja para que le dé el curso reglamentario. Las leyes penales y disciplinarias y las Reales Ordenanzas son conocidas de todo soldado, desde el más alto al más raso. El compromiso vitalicio con la patria de un militar no es un vínculo ocasional que se rompe con la desenvoltura de un “ahí te quedas”.

José Julio Rodríguez fue, en su día, elegido por el atolondrado presidente Rodríguez Zapatero como JEMAD con su peculiar olfato buenista y no por sus cualidades castrenses. Lo encontró entre los generales del Ejercito del Aire al que correspondía el turno entre los tres Ejércitos y también le pareció muy adecuado a la primera mujer ministra de Defensa, en condiciones de embarazada de siete meses, doña Carmen Chacón, que también carecía de relaciones con la milicia. Encontraron en Julio Rodríguez la persona que menos les estorbaba dentro de un uniforme. Zapatero, como jefe de la oposición parlamentaria, ya había dado la nota con su descortesía hacia la bandera norteamericana en un desfile, lo que rebajó durante mucho tiempo el nivel de las relaciones de España con su principal aliado. Por si quedaba alguna duda sobre cuál era su talante, nada más instalarse en la Presidencia decidió, unilateralmente y sin previa negociación, retirar unas tropas que, bajo cobertura de Naciones Unidas y combinadas con una nutrida colección internacional, habían acudido, una vez finalizada la guerra de Irak, a una misión de mantenimiento de la paz, hasta que Irak fuese capaz de reconstruir su nuevo ejército. Esta retirada nada gloriosa dañó la confianza en España hasta el extremo de que, aun siendo Obama un presidente pacifista, nunca volvió a tratar con el presidente español ni a pisar España, viéndoseles juntos solo en una fotografía informal a las puertas de un teatro donde los dos matrimonios aparecen informalizados por la pintoresca presencia de las hijas de Zapatero ataviadas como “góticas”. También ocurrió la historia del barco “Alakrana”, consistente en dejar huir a los piratas con el rescate pagado por el Estado que nuestra Armada tenía bajo el punto de mira de sus armas. En todos aquellos sucedidos se supone que el incruento general Rodríguez actuó disciplinadamente, según la obediencia debida pero, también, cabe suponer que, dado su nivel de interlocución, pudo hacer valer sus valiosas opiniones como valioso profesional y selecto asesor. Pero lo cierto es que tendrían que pasar varios años para, una vez sustituidos estos personajes, la presencia en numerosas misiones internacionales arriesgadas y la calidad de las Fuerzas Armadas españolas recuperase el prestigio debido. Cuando, en nuestros días, se puede apreciar la revitalización de las bases españolas de Rota y Morón y el despliegue de nuestros medios militares en maniobras disuasorias, dentro de una política de seguridad colectiva y de la estrategia global de la OTAN, se puede observar por quien quiera verlo, como el gobierno español también tuvo que superar una crisis en su política de defensa, a la vez que tuvo que superar una crisis económica. Afortunadamente España no tuvo que ser rescatada ni económica ni militarmente.

El general Rodríguez proviene de aquel tiempo y de aquel estilo en que las actuaciones no eran cómodas para un militar de cepa, suponiendo que él lo sea. Pero sus pasos transversales en estos días han dado la impresión de que vuelve a donde solía, porque nada hay más parecido al buenismo zapaterista que el populismo de Iglesias. “Podemos” no ha fichado a un valioso militar sino a un uniforme vacío que ha quedado colgado en una mala percha. Un uniforme que no va a gustar a sus agrupaciones heterogéneas y antisistemáticas, antimilitaristas, antiotanistas y anarcoides, pero tampoco va a ser apreciado por los patriotas cabales que valoran la firmeza política en Seguridad y Defensa. Es solo un uniforme vacío, colgado en un oscuro tenderete de militaria, como el triste recuerdo de un aviador que ha perdido las alas.

La suerte está echada

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