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La transición como reconciliación simbólica

lunes 28 de diciembre de 2015, 15:52h
A raíz de mi comentario sobre el lenguaje simbólico del mensaje navideño del Rey, varios allegados me han planteado una interrogante que creo de interés general. Recordarán que en aquel comentario yo afirmaba que el Rey había elegido, a mi juicio innecesariamente, una de las posibles sensibilidades simbólicas: la de quienes consideran que la defensa de la unidad de España implica asumir su dinámica histórica completa, desde el siglo XVI en adelante (que incluye la de quienes se sienten orgullosos de tal historia), y la de quienes consideran que se puede defender la unidad de España rompiendo con los elementos de esa historia que nos parecen rechazables (orgullo imperial, centralismo, militarismo, monarquía absoluta, etc.); es decir, impulsando una nueva españolidad superadora de la rancia tradicional.

Pues bien, la pregunta que se me hace es si resultaría posible un pacto o, más aun, una reconciliación entre esas diferentes ideas de España. Y mi respuesta inmediata es rotundamente positiva. En realidad, esa reconciliación ya fue hecha: ¿Qué otra cosa fue si no la transición democrática? Cuando se habla de la reconciliación sucedida en los años setenta entre los herederos de los dos bandos de la guerra civil, se está incluyendo precisamente un pacto simbólico. Es decir, se está aceptando que ambas visiones de España tienen el derecho de manifestarse y que ello no pone en cuestión la convivencia entre españoles. Es precisamente esa reconciliación lo que permite iniciar una nueva etapa democrática en la historia de España. Significa que yo debo respetar a quienes asumen toda la historia de España, desde el Imperio a nuestros días, y que ellos deben respetar que yo rechace la vieja dinámica histórica y quiera iniciar una nueva que supere los aspectos de una tradición de la que no me enorgullezco.

Y es precisamente de esa reconciliación, de ese pacto, de lo que sí me siento inequivocamente orgulloso. La transición no fue perfecta, desde luego, (no hay nada ni nadie perfecto en este mundo), pero creo firmemente que fue una de las mejores cosas que hemos conseguido en términos colectivos. Por eso ha sido modelo para muchas latitudes, especialmente para América Latina y Europa del Este. Y por eso me parece una traición deshonrosa a ese pacto constitucional el independentismo de algunos sectores en Cataluña, entre otras razones porque fueron precisamente los catalanes quienes más lo impulsaron y lo votaron masivamente.

¿Y, en este contexto, cuál ha de ser la posición de la Corona? Pues mi juicio es que debe responder irrestrictamente a ese pacto, a esa reconciliación. El Rey debe entender que encabeza un régimen que nació no sólo como una alternativa al de Franco (como quedó ya demostrado), sino que también está pensado como una alternativa a la rancia monarquía absoluta del pasado. Dicho a la inversa, no debe tomar posición –si quiere ser el Rey de todos los españoles- en el debate todavía vigente sobre la aceptación o no de toda la dinámica histórica de la vieja España. Y en su mensaje navideño se expresó simbólicamente a favor de la defensa y el orgullo de esa dinámica histórica, desde el Imperio hasta hoy. Estoy convencido de que cada vez que dé un paso en esa dirección, estará poniendo un obstáculo a la unidad y la convivencia entre todos los españoles. No digo nada nuevo si recuerdo que el lenguaje simbólico cimenta la entidad idiosincrática, es decir, pertenece al ámbito de los sentimientos identitarios. Por eso no puede resultar nada extraño que, comentando el mensaje real, un periódico catalán diga en portada “El Rey se enroca” o que varios dirigentes vascos acusen al Rey de “tratar de imponer un determinado sentimiento de españolidad”.

En otras palabras, se puede defender la actual monarquía parlamentaria, fruto del pacto democrático de la transición, sin necesidad de tener que asumir toda la historia de la monarquía absoluta en nuestro país. No creo ser el único que entiende el régimen actual como superador de esa historia monárquica que rechazamos. Entre otras razones, porque sabemos que asumir esa perspectiva imperial, luego decadente, sólo porque tuvo lugar en España, nos conduce a aquel grito de aceptación, no por popular menos miserable, de ¡Vivan las caenas!, (porque son españolas). Y eso de ninguna manera. Se puede defender la unidad de España y nuestro actual régimen político, frutos de un acto democrático, sin necesidad de abandonar nuestro deseo de que esta vez la democracia supere definitivamente una historia poco ejemplar al respecto. Y la Corona debería ser plenamente consciente de ello y actuar con todo cuidado para mantener el respeto hacia ese pacto de sensibilidades.
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