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¡Qué cosa más antigua!

sábado 27 de febrero de 2016, 09:55h

Se las dan de progresistas, de adalides de la modernidad, de punta de lanza de las nuevas ideas y, en realidad, son más antiguos que las cucharas de palo. Me refiero, ya se lo imaginarán, a los muchachos de la nueva progresía surgidos del no nos moverán del 15-M y acunados por familias de clase media o media alta que les han proporcionado con miles de sacrificios una educación exquisita y una vida juvenil repleta de comodidades. Ahora subyugados por la retórica demagógica y fácil de Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y demás compañeros filocomunistas, muchos de nuestros hijos han renegado de las creencias de sus padres y se han lanzado al monte de la revolución tranquila. Resulta cuando menos curioso el hecho de que la mayoría de ellos no procedan del lumpen, de barrios obreros o marginales, de la escoria de la sociedad, sino de familias más o menos tradicionales, respetuosas con lo establecido y con las creencias y los valores de la sociedad judeocristiana que hemos heredado.

Ya decía alguien que la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Ya veremos en qué se convierten todos estos defensore acérrimos del nuevo modelo podemista. Lo digo por propia experiencia. Cuando yo tenía la edad de mi hijo, quizás incluso mucho antes, con menos de veinte años mis creencias y mis ideales estaban con el Mayo del 68 parisino, con la Cuba de Fidel y el Che Guevara,con Salvador Allende, con los sandinistas nicaragüenses o con la China de Mao. Uno leía a Marcuse, a Neruda, a Arrabal y escuchaba música de Victor Jara, de Joan Báez, de Raimon, de Paco Ibáñez, de Lluis Llach, de Quilapayún, de Victor Jara, de Carlos Puebla y sus Tradicionales, de Silvio Rodriguez, de Pablo Milanéz y la nueva trova cubana. Todos los entonces jóvenes de los años 60 y 70 queríamos hacer esa revolución progresista que acabara con cuarenta años de dictadura y abriera los caminos de una nueva España. La mayoría de nosotros también era hijo de una familia de clase media que se había sacrificado lo indecible para poder darnos el entonces privilegio de acceder a la Universidad.

Afortunadamente algunos más mayores que nosotros y con bastantes más luces cogieron la riendas del Estado y lideraron una transición a la democracia que fue realmente ejemplar que contó con el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles. La reforma política dio paso a la Constitución y la la normalización democrática sin que costara otras vidas que las que se llevaron por delante los dementes miembros de la banda terrorista ETA o del Grapo. Nos costó trabajo asumirlo pero comprendimos que era la mejor y quizás la única fórmula de sacar a este país, acostumbrado a regarlo todo con sangre, adelante sin demasiados traumas o muertos.

Bueno, pues cincuenta años después la historia se repite. Nuestros hijos veinteañeros se rebelan contra lo establecido y pretenden hacer su revolución. Eso no estaría nada mal si esa nueva revolución que ellos quieren implantar no se basara en modelos más antiguos que las pirámides y que reiteradamente han demostrado su fracaso. Intentar que a estas alturas en España se implante el modelo político bolivariano venezolano, el cubano o el iraní no es progresismo y revolución, sino regresión e involucionismo se pongan como se pongan.

Por eso cuando hacen propuestas como las llevadas al Pleno municipal de Sevilla en busca del laicismo obligatorio, lo único que le producen al ciudadano (y ciudadana, como dicen ellos) es risa. Pretender en Sevilla, a veinte días del comienzo de la Semana Santa, que se le retiren el nombre a las calles con denominación religiosa parece una broma de mal gusto. Entre otras cosas porque además de Santa Ángela de la Cruz, hay algo así como doscientas calles que tienen nonbre de Vírgenes, Cristos o Santos. Sólo hay que darse una vuelta por Los Remedios o por el centro para comprobar lo caro que nos iba a salir a los sevillanos el cambio de nomenclaturas. A mí eso de que el alcalde y los concejales no acompañen a la Hiniesta (allá ellos) o que el Arzobispo deje de ser invitado a los actos oficiales (un muerto que el hombre se quita de encima) me da igual, pero lo que no voy a permitir es que me manden a votar al quinto carajo porque los colegios que rodean mi piso pertenerzcan casi todos a alguna orden religiosa. Eso, ni hablar. En cuanto a lo de la defensa de la procesión del “Coño insumiso”, se comenta por sí sola.

Si esta es la revolución que pretenden, vamos aviaos. Al menos nosotros en nuestra época luchábamos por conseguir las libertades que no teníamos. Los de ahora todo lo que aportan es cercenar esas mismas libertades que tantos nos costó conseguir para proponer chorradas que lo único que producen es vergüenza ajena.

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