www.diariocritico.com

Mario Poliak

País normal, se busca

País normal, se busca



Hace escasos días se cumplieron cinco años del estallido de la más fenomenal crisis económica, política e institucional en poco más de un siglo de vida que tiene Argentina como Estado-Nación. La imagen de un presidente, doblado, subiéndose al helicóptero que lo alejaría para siempre de la Casa Rosada pasará a la historia con fuerza de ícono político, como hoy lo es la foto del general Tejero, pistola en mano, poniendo de rodillas al Parlamento español, símbolo por antonomasia de la democracia reconquistada tras casi 40 años de franquismo.       

En Argentina, Fernando de la Rúa cayó por una conjunción de factores, los principales de los cuáles fueron: 1) agotamiento de un modelo económico basado en el endeudamiento externo, que culminó con una monumental fuga de divisas que en solo nueve meses se llevó 25 mil millones de dólares fuera del país, y que obligó a recurrir a un traumático “corralito” financiero (eufemismo de confiscación de depósitos bancarios; 2) crisis política provocada, primero, por el desmembramiento temprano de la alianza entre radicales y frepasistas que llevó al dirigente de la UCR al poder, del que luego saldría “ayudado” por la oposición peronista, y 3) vacío institucional que derivó en una arrasadora crisis de representación.

Las imágenes de los saqueos dando vuelta al mundo pusieron de manifiesto el trágico final de la Convertibilidad, o el uno a uno, que financió artificialmente el consumo de los argentinos durante los “felices” años 90 del menemismo. Domingo Cavallo, “el padre de la criatura”, pasó de salvador a máximo villano, y terminó desbarrancándose junto a De la Rúa, ambos abrazados a una mendacidad que puso al país al borde de su desintegración.      

La represión, que en todo el país se cobró más de 30 vidas, y que solo en Plaza de Mayo y sus alrededores, donde hubo cinco muertos por disparos con balas de plomo contra indefensos manifestantes, fue patético epílogo de una auténtica tragedia nacional. Dicen que las crisis no solo marcan el final de una época, sino que, si se sabe sacar provecho de ellas, pueden convertirse una oportunidad de cambio. Solo que, en el caso argentino, no había alternativa: era cambiar, o el Apocalipsis.              

Debieron pasar cinco presidentes en solo diez días (¡un promedio de uno cada dos días!); en el medio, la declaración del default de la deuda externa, hasta la llegada de Eduardo Duhalde y su providencial ministro de Economía, Roberto Lavagna, que llegó de Bruselas, donde ejercía la representación argentina ante la Comunidad Europea, previa ampliación del corralito a los grandes depósitos (el llamado corralón), que provocó la multiplicación de los famosos cacerolazos, que ya habían comenzado en las vísperas de la caída de De la Rúa pero que ahora direccionaban la ira de los ahorristas hacia los propios bancos, que debieron proteger sus puertas con murallas metálicas a prueba de martillazos.        

Para entonces, legiones de cartoneros y simples hambrientos merodeaban las calles en busca de sus más preciadas presas, las bolsas de basura, que en muchos casos eran revueltas para buscar las sobras que le permitiera alimentarse. Por su parte, la crisis de representatividad, que se cobró la vida de un centenario partido como el radicalismo, dio a luz a un sinnúmero de asambleas populares con un fuerte espíritu anarquista (ya que sus miembros se negaban a reconocer cualquier tipo de organización política o estatal, así como repudiaban el sistema de representación, haciendo realidad la consigna más escuchada entonces: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”). Debieron pasar varios meses para apaciguar tantas energías antisistémicas.        

Tras una fallida promesa de devolver en su moneda de origen los depósitos en dólares, que por supuesto no podría cumplir, Duhalde aplicó una fenomenal devaluación que llevó el uno a uno a 2,40 pesos por dólar –era tan volátil la situación, que en el mismo mes de enero el dólar tocó los 4 pesos, antes de estabilizarse en alrededor de los 3 pesos actuales, uno de los puntales de la actual política oficial que privilegia las exportaciones y la recaudación-.          

Poco a poco, la economía, tras tocar fondo en los primeros meses de 2002, comenzó a dar muestras de recuperación. Pero la crisis social seguía evidenciándose en la calle, donde el Gobierno medía fuerzas a diario con el fuerte poder de convocatoria piquetera (de los parados), cuyos cortes de calles, rutas y puentes, por entonces aun generaba cierta simpatía popular, en especial de las capas medias, también víctimas del corralito.         Hasta que una torpe intervención policial acabó con la vida de dos manifestantes en la estación ferroviaria de Avellaneda (Maximiliano Kosteki y Darío Santillán) y con los planes de Duhalde, que debió adelantar las elecciones, prevista en principio para finales de 2003.        

Pero, antes que Kirchner, Duhalde tenía entonces otro enconado enemigo, el ex presidente Carlos Menem. Con la mente puesta en él, maniobró de tal forma que evitó que el peronismo tuviera un único candidato, que le habría despejado el camino para que el riojano volviera a la Casa Rosada. Menem ganó en primera vuelta, pero los votos cosechados (poco más de 24 por ciento), y sobre todo la escasa diferencia con el segundo, Néstor Kirchner (de apenas dos puntos) lo dejaba a las puertas de una derrota segura, por el alto rechazo que su figura concitaba en la población.        

Alguien que se ufanaba de no haber perdido nunca una elección no podía permitirse una paliza histórica en las urnas, así que el hombre decidió retirarse antes de tiempo de la cancha, dejando a su rival consagrado automáticamente presidente, pero deslegitimado en origen, con solo el 22 por ciento de respaldo popular. En la situación de crisis que se encontraba el país, su actitud se asemejó al de un piromaniaco a gran escala, casi comparable con Nerón.         

Pero la sociedad no estaba dispuesta a un nuevo salto al vacío. Acompañó –aun con críticas- al nuevo mandatario, que en una inteligente decisión, mantuvo a Lavagna al frente de la economía, que seguía recuperándose a marcha segura. Apeló, a veces con peligrosas sobreactuaciones, a gestos de mando para asegurar la gobernabilidad. Y, lo que fue decisivo, recurrió a una política de disciplina fiscal, que permitió recuperar poder de decisión a un Estado que apenas dos años atrás estaba exánime, a tal punto que hubo un presidente, Adolfo Rodríguez Saa, que fue elegido.... ¡por los gobernadores de provincias peronistas!, depositarios “de hecho” del poder real.           

Esa misma fortaleza fiscal permitió al Presidente “negociar” con firmeza –a veces con actitudes quasi patoteriles- con las empresas de servicios públicos congelando las tarifas, y encarar una política de desendeudamiento, cuyo punto culminante fue la cancelación en un solo pago de sus obligaciones con el FMI, que permitió al Gobierno desembarazarse de sus recetas ortodoxas, las que habían pasado a ser “el enemigo público número uno”, según la “heterodoxia” oficial.         

En medio de una batalla por controlar de cualquier forma una incipiente inflación, cuya guerra está lejos aun de ser definitivamente ganada, 2006 encuentra a Kirchner fortalecido como nunca en el poder, y de cara a una decisión trascendental: buscar su reelección o dejar que su esposa, la atractiva senadora Cristina Fernández, tome la posta. Se descuenta un triunfo seguro de cualquier miembro del matrimonio presidencial. Sea quien sea el futuro presidente, su tarea estará enfocada a las transformaciones institucionales que deberán consolidar en el plano legal la recuperación económica.

Es ese, justamente, el principal déficit que hoy exhibe la administración Kirchner -además de una demorada redistribución de la riqueza-. Se lo reclama el mundo, los inversores, pero por sobre todas las cosas, una sociedad deseosa de hacer realidad la remanida promesa de hacer de la Argentina, aunque más no sea, un país normal.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios