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USA: la rebelión del país profundo (en clave populista)

jueves 10 de noviembre de 2016, 11:00h

Para explicar las causas de la rotunda victoria del outsider Donald Trump en las elecciones presidenciales no es suficiente con referirse a la profunda división de la sociedad estadounidense; también es necesario reconocer la naturaleza de esa división, que no es sólo económica ni únicamente sociocultural, sino una particular combinación entre ambas, que sacude al país hace más de tres décadas.

La ruptura socioeconómica surge con la crisis de la sociedad industrial y se profundiza con el desarrollo de la globalización. La floreciente industria de los años cincuenta, sesenta y setenta (la rama automotriz como máximo exponente) cae aceleradamente en los ochenta para dar paso a la descentralización de la actividad y las nuevas tecnologías. La globalización avanza y produce a su paso ganadores y perdedores. Los ganadores son los sectores financieros que relocalizan la producción alrededor del globo, y los empleados que –por decirlo en breve- trabajan ante una pantalla. Ellos viven principalmente en ambas costas del país, mientras que los perdedores residen en los Estados centrales, donde ven como la competencia externa arruina sus empresas y sume en la pobreza y la incertidumbre a ciudades enteras.

Pero el malestar socioeconómico de los Estados centrales se asocia, en los últimos decenios, con una ruptura sociocultural creciente, entre la población blanca y conservadora que vive en ellos, y las sociedades mucho más diversas y liberales que se desarrollan en las costas. De esta forma los temas del aborto, el matrimonio homosexual o el feminismo radical se convierten, a los ojos del WASP (blanco, sajón y protestante), en agresiones directas a la identidad nacional americana. Pero muy pocos se dieron cuenta que la progresiva articulación de la división socioeconómica y sociocultural iba a dar lugar a un universo poblacional más grande, que ya no representaba un tercio poblacional del país (como lo era el WASP) sino que supera la mitad del mismo: el angry white man (hombre blanco enojado). Hay que recordar que la población blanca en Estados Unidos todavía es el 71% del total. Ciertamente, esa población del país profundo presenta rasgos culturales primarios: provincianismo, incultura, patriotismo; de esos que confunden Brasil con África y cosas parecidas.

Esta es la base social de sustentación de una propuesta que abandere la recuperación como potencia de Estados Unidos: recuperación económica y moral, recuperación del sueño americano a fin de cuentas. Ahora bien, cabe la pregunta: ¿pero esa no fue la propuesta de George W Bush en el 2001? ¿Cuál es la diferencia entre Bush y Donald Trump?
La respuesta refiere a su modelo de intervención política. Bush hijo lo hizo desde el sistema de partidos vigente y mediante el modelo republicano tradicional. Además, no necesitó construir un discurso de defensa del hombre blanco enojado, porque el atentado terrorista de las torres gemelas le puso en bandeja la posibilidad de convertirse en adalid de la defensa del conjunto de la nación contra una amenaza exterior. Necesitó mentir, impulsar la maquinaria bélica y algunas otras cosas más, y, de hecho, contó para ello con el apoyo de la mayoría de sus conciudadanos; pero provocó un desasosiego que inclinó el péndulo electoral hacia el lado opuesto.

El caso de Trump es notablemente distinto. Después de ocho años de ofensiva progresista de Barak Obama, el hombre blanco enojado volvía a emerger por razones internas. Y lo que necesitaba era alguien que tuviera el coraje de hacerse cargo de su profunda molestia y resentimiento. Lo encontró hace más de un año en un outsider de la política: un empresario capaz de prometer directamente el resarcimiento de esa población, mediante una fórmula demagógica, populista, al margen de los círculos tradicionales del partido republicano.
Donald Trump era capaz de decir las cosas que los blancos enojados pensaban y decían sin que le temblara la voz y ante el disgusto de los líderes republicanos. Además, hacía promesas que todos sabían increíbles, pero que sonaban deliciosas a los oídos de una población de baja cultura cívica y política. No importó la sarta de groserías racistas o sexistas que acompañaron su campaña, mientras que el timón se mantuviera firme. La fórmula encajaba: la rebelión del país profundo encontraba en el vehículo populista el modo más rápido de llegar al gobierno de los Estados Unidos. Y resultó.

Ahora Trump tiene por delante un horizonte favorable. No sólo se ha hecho con la Presidencia sino que los republicanos tienen también la mayoría en el Congreso y el Senado. Además, él ha prometido renovar el Tribunal Supremo con magistrados conservadores. En esas condiciones resulta muy difícil pensar que lo que busque, pese a su discurso conciliador después de la victoria electoral, sea unir el país. Es posible que no pueda llevar adelante las propuestas más audaces de su campaña, pero lo más probable es que impulse un amplio programa conservador, cuyos únicos límites los encontrará en el propio partido republicano. La primera víctima será el plan sanitario de Obama. Con lo que encenderá los ánimos de la otra mitad de los Estados Unidos.

En el 'day after' millones de estadounidenses se sentirán avergonzados de tener un Presidente como Donald Trump. Pero no deben olvidar que una cantidad igual o mayor se siente hoy orgullosa de la posibilidad de reconstruir el sueño americano. El drama es que no parece fácil el entendimiento.

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