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Un Oriente Medio que suspira democracia

miércoles 04 de diciembre de 2019, 14:40h

En estos últimos meses estamos viendo como están resucitando nuevas manifestaciones y revueltas en ciertos países de Oriente Medio y Magreb, como es el caso del Líbano, Iraq, Irán, Jordania o Argelia, causadas prácticamente por los mismos motivos que dieron lugar a las revueltas árabes de 2011, conocidas como “Primaveras Árabes”. Aunque estos países puedan ser muy diferentes los unos de los otros, sus manifestantes tienen quejas en común que son compartidas por millones de personas, especialmente por los más jóvenes. Una juventud altamente formada sin perspectivas de futuro, la ausencia de algunas libertades fundamentales, y la más que evidente corrupción de los regímenes gobernantes, son algunas de las principales problemáticas que, aún hoy, continúan enquistadas.

A pesar de todo el derramamiento de sangre que ha acontecido desde las revoluciones de 2011, en general, éstas últimas no han resuelto, ni remotamente, las cuestiones por las cuales se iniciaron; más bien han servido para empeorar -más aún si cabe- las condiciones de vida de su población; desencadenando, en el peor de los casos, brutales guerras civiles que han ocasionado terribles consecuencias a nivel humanitario. De igual modo, no debemos olvidar el papel que han jugado las potencias occidentales en estos hechos -especialmente Estados Unidos-, que en vista de su gran “vocación” para educar y aleccionar, decidieron fomentar, alentar y consentir -en beneficio propio- determinados conflictos en territorios donde estimaron que tenían intereses significativos.

En pocas palabras, ¿qué hace que sea tan difícil la implantación de estructuras democráticas en estas regiones tal como las conocemos en Occidente?

Para empezar, partimos de un área del mundo en la cual los países que la forman son sumamente jóvenes, creados a partir de fronteras artificiales por los antiguos imperios coloniales del “Sykes-Picot”, en donde no se respetaron la totalidad de familias y clanes -integrados todos ellos- en las múltiples tribus existentes y que, actualmente, las podríamos considerar “tribus transnacionales”. Hay que mencionar, además, el rol que desplegaron las antiguas metrópolis, las cuales quisieron mantener su “statu quo” en la región con la implantación de regímenes autoritarios leales a ellos, excluyendo el desarrollo de la economía y, lo que es más importante, los cimientos democráticos, tales como: la participación política, la preeminencia de la ley, el respeto a los derechos humanos...

Por otra parte, a partir de los años 80 del siglo pasado, vimos el surgimiento del islamismo como una nueva alternativa para acabar con los sistemas dictatoriales imperantes hasta el momento y conducir a estos países hacia una transformación de su sociedad, cultura y política. Sin embargo, este “supuesto avance” acabó transformándose en una “institucionalización del islam”, es decir, un control recíproco entre régimen político i religión; de manera que el primero permitía al segundo vigilar el mantenimiento del orden social islámico, a cambio que este segundo no cuestionara políticamente el poder. Tal y como citó el gran Ayatolá Jomeini: “el islam es política o no es nada”. En consecuencia, el dogmatismo de la religión suplió a los autoritarismos vigentes hasta el momento y se confeccionaron regímenes teocráticos.

En último lugar, es esencial entender y asimilar -fundamentalmente desde el mundo occidental- que las personas que, por suerte o por desgracia se asientan en estos territorios, tienen una cultura, una mentalidad y una forma de entender la vida totalmente diferente a la nuestra; por tanto, es un inmenso error intentar erigir un modelo -democrático liberal europeo- en una civilización completamente distinta a la nuestra. Esta visión de la realidad se puede ejemplificar de una manera simple a través de la siguiente fórmula: si estimamos que en el mundo somos aproximadamente 7.500 millones de personas y que sólo en Occidente (si añadimos Japón) somos 1.000 millones, el resultado nos ofrece una cifra de 6.500 millones de personas que no piensan como nosotros.

Sintetizando, podríamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿existe la posibilidad de ingeniar, a la par que instaurar, un “sistema democrático” conciliable con la particular idiosincrasia catequizada en esta intrincada y escabrosa región?

Como se ha visto hasta ahora, la política que se ha empleado por parte de Occidente -básicamente desde Washington- para reconducir la situación de Oriente Medio no ha estado, en absoluto, dirigida a sanar y mejorar el conjunto del territorio. Por el contrario, se ha buscado exclusivamente el beneficio particular, supeditado siempre por “factores domésticos”.

Si bien podríamos aludir a movimientos de reforma significativos en el mundo árabe, como es el caso del “modernismo islámico” (cuyo mayor exponente son los Hermanos Musulmanes), éstos no han acabado de consumar sus principios e ideales en el terreno político; debido, en gran medida, al estigma - notablemente adulterado- que han creado tanto poderes mundiales como regionales con el fin de frenar su expansión.

En definitiva, podríamos resolver que una posible salida al problema recaería; por un lado, en la predisposición -especialmente de Europa- de una comprensión amplia de las problemáticas y particularidades de esta zona; y, por otro lado, resurgir, nuevamente, la confianza anteriormente perdida del pueblo árabe hacia las potencias occidentales. Además, es imprescindible que tanto potencias internacionales como regionales antepongan la paz y la estabilidad de la región por encima de sus intereses particulares.

Carlos G. Pardo

Funcionario de profesión, estudiante de psicología y apasionado de la cultura, historia, geopolítica, en concreto de Oriente Medio

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