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Dilatación de lo público

viernes 01 de mayo de 2020, 10:24h

La porfía entre lo público y lo privado es propiciada desde la pretensión del avasallamiento absoluto de un lado y el respeto por la persona singular del otro. No es un debate menor, sino la pugna entre el fanatismo totalitario de carácter sectario y la aspiración sublime de libertad que, histórica y filosóficamente, ha guiado al ser humano.

La dilatación de lo público, tarea izquierdosa, se acrecienta a medida que los líderes están más altos, como ocurre con la línea del horizonte, que se aleja conforme subimos a la cima de la montaña. En cambio, desde abajo, la línea del horizonte está acerca y nos permite distinguir las diferencias de la vegetación y los accidentes geográficos del paisaje que hay en altura.

Leibniz dejó dicho que el siglo X, llamado siglo de hierro, fue mucho menos bárbaro que el XIII y siguientes, debido a “la multitud de vagos que hicieron voto de vivir a costa de los demás y atormentarlos”. Los frailes de antaño son, hoy, hombres y mujeres de partido; pero, han formulado el mismo voto.

En la Edad Media, igual que hoy, el fanático sectario tenía y tiene éxito si garantiza la ignorancia de la masa crítica de la sociedad. El talento, el saber, el criterio que labra el discernimiento eran enemigos de la intolerancia radical que aupaba entonces a los hierofantes y mistagogos conventuales. Hoy, el mismo desprecio por la inteligencia aúpa al caudillo. Ni Stalin, ni Daniel Ortega han puesto interés por educar en libertad y garantizar la pluralidad. En este asunto, la izquierda no ha tenido otro interés que no fuera intervenir la educación de modo absoluto.

En España, en el siglo XXI, el inspector de turno, un supernumerario comisario político, llama a capítulo al profesor que suspende, “porque el suspenso es un fracaso del profesor”. La filosofía y humanidades, se destierran de los programas escolares, porque eso ayuda a crear libertad de pensamiento. Se adoctrina a los alumnos de manera descarada y sin vergüenza con catecismos laicos de toda laya, bien sea reescribiendo la historia, bien difundiendo una moral de situación, errante y sin rigor. Se otorgan títulos con asignaturas suspensas o se otorga aprobado general. Todo sirve para allanar, porque en el llano, la línea del horizonte también se aleja en lontananza y todo parece más igual.

Los frailes de entonces, cínicamente, decían: de internis, neque Eclesia, para después, en el confesionario, hozar en las entretelas de la conciencia. Los vividores de hoy dejaron de creer en la conciencia individual y arrasan con la intimidad desde Hacienda al Ministerio del Interior, o con la autonomía desde el Ministerio de Industria al de Trabajo. Toda la conducta humana de las personas físicas y jurídicas está intervenida, salvo la de aforados e inviolables. ¡Qué curioso!

Una vez, derribada la cerca de la intimidad, garantizado el subdesarrollo intelectual y conseguido que las cabezas estén hueras de ideas propias y ocupadas por la ideología pública, es preciso seguir allanando en el plano económico, con tal de ensanchar el terreno de lo público.

Aquí, en el país de lo público, hay que desterrar la iniciativa individual; la creatividad personal debe morir con tal de asegurar el secarral de una amplia masa menesterosa, que sea dependiente de la providencia estatal. Es decir, se destinan miles de millones de euros a la sopa boba, a prohijar a millones de personas humanas cuyo trabajo consiste en acudir con su plato vacío a los servicios sociales. Además de la renta mínima por llegar a 800.000 personas (¡!), tenemos PER, pensiones no contributivas, pensiones de integración, becas a discreción y ayudas mil. Todo ello constituye un gasto crónico que acrecienta la deuda pública; es decir, nos endeuda a todos, sin mejorar las perspectivas de desarrollo existencial de nadie, porque los beneficiarios andan enquistados en su comensalismo, sin alternativa.

Los pensionistas de iure, que son terreno abonado por lo público, son una rama a extinguir; pero, de momento, hacen poco ruido. Aunque tienden a ser de derechas, se les puede asustar con el espectro de perder prestaciones sanitarias, o reducir sus emolumentos. Y, sobre todo, se puede catequizar a sus hijos y nietos con la ley de dependencia y otras gollerías, como la oferta de residencias geriátricas, públicas evidentemente, donde ellos podrán aparcar a sus deudos y el Estado practicar, de facto, la eutanasia pasiva y, si los viejos se ponen tercos, la activa, que hay sedantes inyectables muy poderosos.

El desprecio a la autonomía, la sensatez y el buen sentido personal queda de manifiesto en las medidas impuestas para desactivar el secuestro que sufrimos por causa de la pandemia: han establecido fases, insostenibles y sin fuste. Por si fuera poco, como si la Nación fuera un internado para adolescentes, han determinado las horas de recreo a tenor de la edad de los colegiales y fijado la distancia a recorrer, sin tener en consideración la capacidad muscular. Es un esperpento que emerge desde la profundidad de la visión antropológica que alienta la ideología de izquierdas, que planifica todo, regula minucias y fulmina la libertad, porque no cree en la humanidad del hombre, ni en la de la mujer.

Puestos a malas, el PSOE ya nos demostró que puede competir por ser más de izquierda que los anarquistas y los comunistas, o cuando menos ir a la par en su desafecto a las personas. Largo Caballero fue el homo antecesor, capaz de colaborar con la Monarquía de Alfonso XIII mientras conspiraba contra ella; ser Ministro de Trabajo de la República y, al tiempo, socavar su estabilidad, armando milicianos; alentar el golpe de Estado de octubre de 1934 y tener estatua en Madrid.

En cuanto a Podemos, vistas las barbas que han cortado en Venezuela y Bolivia, donde han reinado sus alumnos, sólo nos queda echar las nuestras a remojar, o bloquear su tijera.

¿Dónde vive la esperanza?

Que el lector mire dentro de sí. Ahí, la línea del horizonte está próxima y permite reconocer competencias propias, un saber y habilidades, una experiencia existencial, vínculos sociales, atribuciones y capacidad de influencia, coraje, afán de libertad, prudencia y tesón, conciencia crítica y razonamiento. En definitiva, la esperanza anida en el poder de cada uno, ejercido sin paliativos, en el entorno que le ha correspondido. No somos héroes; simplemente, tenemos poder. El poder de la persona.

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