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Obispos e indultos

lunes 28 de junio de 2021, 08:55h

El Secretario General y portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Mons. Luis Argüello dio la pasada semana detallada cuenta de lo tratado en la última comisión permanente del órgano que representa a la Iglesia católica española. Al referirse a la postura de los obispos catalanes respecto a la controvertida decisión del gobierno Sánchez de conceder indultos a los nueve políticos condenados por el ‘procés’, vino a resumir la postura oficial de la CEE en estos términos: “Es necesario el perdón, pero respetando la Justicia y la legalidad”.

Con el debido respeto a Mons. Argüello, me parece que el planteamiento no es del todo correcto porque la premisa no es el perdón sino el respeto a la Justicia y a la ley. Sólo si se da ese respeto y -utilizando la terminología cristiana-, si además hay propósito de enmienda, después vendría el perdón, uno de los encomiables, sorprendentes y revolucionarios pilares doctrinales sobre los que se sustenta el cristianismo.

Citó también el secretario de la CEE al cardenal Newman para recordarnos la “necesidad de cultivar la verdad, la humildad y la caridad”. Bien traído aquí el aserto, pero para colegir que, si los obispos procuran seguir esta senda, desde luego es justamente la contraria de la que han transitado y siguen transitando los políticos nacionalistas durante los últimos lustros, y especialmente en todo lo que rodeó el 1 de octubre de 2017.

El 1 O, la verdad fue enterrada por el arrollador tren de propaganda nacionalista que, a través de los medios públicos de comunicación, ha venido intentando hacer un verdadero y constante lavado de cerebro a los ciudadanos catalanes con permanentes y machaconas consignas antiespañolas. En segundo término, la humildad brilla por su ausencia en todas y cada una de sus declaraciones y actuaciones públicas antes de entrar en prisión, durante su estancia y desde el mismo momento de su excarcelación. Y, por último, la única caridad (en terminología cristiana, o solidaridad en la forma laica), que practica el nacionalismo catalán y, en general, todo nacionalismo, es justamente la que empieza por uno mismo, es decir, la de propagar que “España nos roba”, cuando la realidad objetiva de los hechos y los números demuestra justamente lo contrario, a saber, que las mayores partidas económicas de ayudas de todo tipo vienen acabando en las arcas del gobierno de la Generalitat y sin excepción durante los últimos años.

Enunciadas estas premisas, estamos con los prelados catalanes y del resto de España en la necesidad de que los políticos recurran siempre al diálogo y a la aplicación de la ley, pero no a su uso y abuso, retorcido e interesado, pasando por encima de sentencias y dictámenes incluso del mismo Tribunal Supremo. Las normas no se pueden hacer a conveniencia de parte y siempre para favorecer las intenciones políticas del momento. Esa es, justamente, la antítesis del estado de derecho.

A mí, desde luego, los obispos, o me han pillado con el pie cambiado, o es que no entiendo nada. En esta ocasión, y utilizando la diplomacia vaticana, han decidido recurrir al lenguaje sinuoso, alambicado y oscuro, ese que justifica hacer una cosa y la contraria para llegar así hasta una pretendida coherencia que nadie ve más que ellos.

Exactamente la misma fórmula que lleva aplicando Pedro Sánchez desde hace año y medio, comparecencia tras comparecencia, con frialdad de pez de la Antártida y sin que gesto alguno de su cara se atreva a desviarse un solo milímetro del marcado con anterioridad.

Así se puede uno mantener engañando a algunos ciudadanos durante algún tiempo, pero no a todos durante todo el tiempo. El primer aviso lo ha tenido Sánchez en las elecciones autonómicas madrileñas del 4 de mayo pasado, que con tanto entusiasmo comenzó a apoyar y que, en cuanto las encuestas internas de su amigo Tezanos le advirtieron del golpe que se avecinaba, decidió hacer un discreto mutis por el foro y abandonar a Gabilondo dejándolo solo ante el peligro.

O mucho me equivoco o, posiblemente, los ciudadanos españoles pueden mostrar su disconformidad con la postura de los obispos cuando en 2022 tengan la oportunidad de marcar, o no, la casilla del 0,7% de su declaración para ayuda a fines de la Iglesia.

Tiempos recios estos, como diría Teresa de Ávila y como me ha recordado recientemente una buena amiga de cuya afinidad a la Iglesia ha dado buena muestra con su proceder en su más de medio siglo de vida. A lo largo de la historia, siempre hay zonas de luz y zonas de sombra en las actuaciones de las personas e instituciones. Las de la Iglesia de todos los tiempos han estado movidas por la fe y la esperanza, pero ni siquiera esa buena fe es garantía de haber escogido el camino correcto. El tiempo nos dirá si soy yo el equivocado, en cuyo caso no tendré ningún rubor en admitirlo y hasta de pedir perdón. Por el momento estoy haciendo, simplemente, uso respetuoso de la libertad de expresión que me otorga la Constitución Española de 1978 para subrayar la perplejidad que me ha invadido tras conocer esta inesperada declaración de los obispos catalanes, secundada después –aunque no de forma unánime, me consta-, por todos sus compañeros de las demás diócesis españolas.
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