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Espías y espionaje

Espías y espionaje

Hollywood y su industria cultural nos crearon una ingenua devoción y respeto a los “agentes secretos” que exponían su vida en terribles situaciones de riesgo y violencia, por el apostolado de garantizar los derechos de los seres humanos del “mundo libre”. La Guerra Fría justificó muchas de sus acciones con románticas muestras llevadas a la pantalla grande desde los años 50 hasta nuestros días. El famoso agente secreto 007,  de nombre James Bond y fruto de la imaginación del autor Ian Fleming, es la muestra más elocuente de la deificación de los espías en el imaginario del espectáculo mundial. No obstante, el problema es que el hecho de espiar cumple distintos propósitos que van desde los que pueden representar grados se sublimidad, pero normalmente se utilizan para acciones ciertamente perversas. No voy a proponer ninguna reflexión ética sobre el tema, pues sería un esfuerzo harto inútil. Sin embargo, la actual coyuntura boliviana ha vuelto a poner sobre el tapete del debate el hecho del espionaje y vale la pena emitir algunos criterios a manera de provocación al debate.

En la Universidad los llamábamos “tiras” y pertenecían a una especie de “seres”, pues no los podíamos considerar de otra forma, capaces de espiar, denunciar y delatar, bajo el camuflaje de estudiantes. En ese tiempo aún los vinculábamos a los famosos paramilitares, torturadores y asesinos, de las dictaduras militares, cuyo recuerdo todavía se vivía en las aulas y en los testimonios de miles de bolivianos. Los vientos democráticos refrescaron los valores hacia la tolerancia y el tema paso a una consideración más sutil y subterránea. La dinámica democrática asimiló terminologías de seguridad que renombraban al hecho de espiar (y sus consecuencias) como “inteligencia” para la defensa interna y externa del país. En ese momento se comenzaba a dimensionar de distinta manera el accionar de sujetos que vigilaban, espiaban, denunciaban y delataban. Nadie buscó enredarse en mayores debates y su accionar pasó desapercibido, pese a que la dinámica comenzaba a desarrollarse en alcance y cobertura con su correspondencia en la sofisticación tecnológica.

Teléfonos pinchados, cámaras ocultas, grabaciones, ingreso a discos duros de uso personal, sin hablar de acciones más “técnicas”, posibilitaron que el verbo espiar sea conjugado por varias organizaciones en el país. Los militares y los policías, con su permiso constitucional, las embajadas de países influyentes (huelgan los comentarios sobre la de EEUU que desarrolló esquemas paralelos y de mayor capacidad en el país para las temáticas de narcotráfico, terrorismo y seguimiento político), la presencia de Agencias Internacionales y hasta Empresas de “Servicios” que ofertaban “novedades” al respecto. La detección de grupos irregulares en el país, la vinculación con el narcotráfico (ej. Caso narcovínculos que manchó incluso a un Ex Presidente de la República), las movidas financieras y la propia vida privada de sujetos clave, fue trabajada por los distintos agentes y sujetos del espionaje. El caso de Marino Diodato, llegó a ribetes de escándalo nacional cuando se detectó su participación en acciones de espionaje a la propia embajada norteamericana.

El espionaje fue, es y será una práctica común y necesaria de los regímenes políticos de turno, de parte de las Corporaciones Internacionales o de parte de las formas nacionales de influencia mundial. La reciente denuncia de las acciones de seguimiento a políticos locales dispuesta por alguna estructura de la Policía Nacional, y que “sorprende” a los portadores del poder actual, es una más de las múltiples acciones que se desarrollan cotidianamente. De igual manera la actual denuncia de un ciudadano norteamericano (becario del Cuerpo de Paz) sobre alguna insinuación de su embajada para realizar el acto de espionaje, es una anécdota que seguramente será explotada por el actual régimen de gobierno para obtener algún rédito político. Lo cierto es que este es un falso debate, pues el espionaje es una realidad aquí y en la China. El espionaje es toda una industria que ha rebasado los límites de la política nacional o internacional, para aterrizar en los esquemas financieros, comerciales, corporativos e incluso a la vida privada de sujetos individuales.

Por tanto resulta hasta chistoso escuchar las declaraciones últimas de los sujetos vigentes en el espacio público boliviano, que se desgarran la vestiduras al escuchar sobre la acción de espionaje, cuando sabemos que para llevar adelante una gestión de cualquier naturaleza, ese “trabajo sucio” es tan necesario y determinante que puede influir en el rumbo del éxito o el fracaso de dicha gestión. No voy a defender ni atacar su existencia, pues está más allá de cualquier deseo individual. El hecho es que existe y es al margen del “deber ser”. Quizás la lástima es que las acciones reales distan mucho de las sutiles y románticas formas de los espías de las películas de Hollywood.

 

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