La, desde el punto de vista científico, muy cuestionable película Jurassic Park (1993, Steven Spielberg) es en buena medida responsable de la fascinación que ejercen los dinosaurios entre los que eran niños cuando se estrenó. Desde entonces no han dejado de editarse publicaciones de la más variada índole acerca del pasar de estos pobladores de la Tierra en tiempos prehistóricos. Así pues, cualquier colegial conoce que la hipótesis más plausible sobre la extinción de los dinosaurios es la que afirma que un enorme asteroide se estrelló contra el planeta, causando grandes cambios climáticos que a la postre acabaron con ellos.
No obstante, otro medio centenar de hipótesis puede alegarse para explicar el asunto. De esa cincuentena, al menos 10 tienen que ver con causas medioambientales que, incluso, podrían haberse estado manifestando antes del dichoso asteroide, el que solo habría acelerado el proceso. Más o menos como un enfermo de cáncer con metástasis hacia un órgano vital que muriera atropellado por un automóvil. El punto es que en tales hipótesis resalta un lenguaje muy parecido al que se usa para alertar sobre algunos fenómenos actuales: cambio climático y alteraciones de los huevos, glaciación o enfriamiento del clima, efecto invernadero; calor y sequía (debido a la liberación de enorme cantidad de anhídrido carbónico, atribuible a la actividad volcánica), clima y descalcificación, reducción de hábitats, destrucción de la capa de ozono a causa de la gran actividad volcánica generadora de gases, cambios climáticos por la deriva continental (separación de la Pangea), etc.
Dejando a los dinosaurios, pero no a las catástrofes naturales, más recientemente, ya con el ser humano campeando por este planeta, nos encontramos con el Gran Diluvio bíblico sobre el que Adrian Clark sostiene: ´Antes de que sobreviniera el Gran Diluvio, la atmósfera total de la Tierra estaba saturada de humedad, formando una nube que encerraba al planeta por completo. Cuando la gigantesca nube empezó a dejar caer su humedad en forma de lluvia, se originó el aguacero más tremendo que haya tenido lugar en la existencia de la Tierra´. Más cerca está el huracán que, en octubre de 1524, azotó a la hoy socialista Cuba, matando a 73 cristianos. La isla sigue padeciendo los embates de la naturaleza.
No voy a ser yo quien lo defienda —porque sé de las barbaridades que se ha cometido y se cometen en su nombre, sobre todo en su versión ´salvaje´—; pero, pese a mi denodado esfuerzo investigativo, no encontré en ninguno de los tres casos que la causa se le atribuya al capitalismo —se me ocurre que aún no había sido inventado—.
Cuando el Canciller achaca al capitalismo por los desastres que abruman al país, está, nunca mejor dicho, hablando humedades. ¿En un mundo no capitalista no ocurrirían estos fenómenos? Marx ni siquiera sospechaba el concepto ´impacto ambiental´ ni se oponía a la industrialización, su asunto era el de los medios de producción y así les fue a los países que adoptaron su idea de la propiedad sobre los mismos. Si don David quiso decir que conservando la ´cosmovisión ancestral´ esto no hubiera ocurrido, se lo acepto. El problema es que en este momento no nos estaríamos comunicando por internet, sino a través de señales de humo, sistema que, ¡vaya paradoja!, no se compadece del medio ambiente.
* Puka Reyesvilla
es docente universitario.