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El que con Reyes se acuesta...

El que con Reyes se acuesta...

Los extranjeros caídos en el campamento de Ecuador no eran hermanitas de la caridad.

En buena hora el presidente Álvaro Uribe salió a rectificar la patinada de su canciller Fernando Araújo, quien el jueves, de manera alegre y apresurada, había anunciado que Colombia estudiaría el pago de indemnizaciones a las familias de los cuatro mexicanos muertos durante el ataque de las Fuerzas Armadas al campamento de 'Raúl Reyes' en territorio ecuatoriano fronterizo con Colombia. No faltaba más que los jóvenes que, a juzgar por informes de la prensa mexicana y por los videos tomados por la propia guerrilla en el cambuche, no sólo apoyaban en el plano internacional a un grupo que asesina, secuestra, masacra y narcotrafica, sino que estaban recibiendo de las Farc entrenamiento militar, ahora resulten víctimas inocentes de un bombardeo asesino de las tropas colombianas.

Sus parientes y amigos en México han dicho que eran jóvenes soñadores que querían un mundo mejor y que habían viajado a la zona en el marco de un "trabajo académico", para enterarse más de las ideas y propósitos de las Farc. Los videos muestran algo muy distinto, lo mismo que las labores de apoyo internacional al grupo guerrillero que desde hace años lleva a cabo un núcleo de estudiantes de la prestigiosa Universidad Autónoma de México (Unam). El verdadero cariz de las Farc es suficientemente conocido: nada de luchadores por la liberación del pueblo, ni de altruistas que combaten la injusticia. Se trata de un grupo criminal que no se para en mientes a la hora de reclutar, secuestrar o matar niños, para poner sólo un ejemplo de las cosas que 'Tirofijo' y sus hombres hacen desde hace décadas.

Y apoyar a quienes así actúan es un acto de criminal complicidad. En Colombia, en buena hora estamos juzgando como criminales a los políticos que apoyaron a los paramilitares, tanto o más asesinos que las Farc. Los acusamos de cosas parecidas: ir a sus campamentos a pactar alianzas, constituir una red de apoyo político para ellos. ¿Por qué entonces habría que considerar inocentes a los jóvenes de la Unam? ¿Acaso porque no sabían lo que las Farc hacían? La prensa mexicana lleva años informando sobre los crímenes de ese grupo, además de sus estrechos vínculos de negocios con los carteles de la droga más sanguinarios del mundo, empezando por el de Tijuana. ¿Entonces? ¿Pueden los familiares y amigos de esos jóvenes alegar que fueron víctimas inocentes?

Lo mismo y hasta más se puede predicar de Franklin Aisalla, el ecuatoriano muerto en la misma acción y a quien el Ejército y la Policía del vecino país investigaban desde el 2003 por sus vínculos con la red de apoyo a las Farc en Quito y la zona fronteriza. Claro que el presidente Rafael Correa, que por momentos parece hablar más rápido de lo que se tarda en pensar, ya dijo que no importa si Aisalla era guerrillero, que igual su muerte es un crimen de Colombia. No es crimen, en cambio, que las autoridades ecuatorianas supieran desde hace cinco años de sus nexos con las Farc y nada hubiesen hecho.

No. Aquí hay una gran equivocación. El Canciller no puede cometer la torpeza de dejarse enredar por semejante sofisma. Las Farc son criminales y quienes las apoyan, en Colombia, en Ecuador, en Dinamarca o en Tumbuctú, no pueden ser vistos como hermanitas de la caridad. Al brindar ese respaldo, esos soñadores internacionalistas manchan sus manos con la sangre de cientos de miles de colombianos -esos sí, inocentes- asesinados por las Farc. Los cuatro mexicanos y el ecuatoriano Aisalla escogieron libremente ser aliados de 'Raúl Reyes' e irse a pasar una temporada en su campamento, no precisamente para rezar o leer poesía. Sus familiares han dicho que murieron mientras dormían. Y tal vez sea verdad: el que con un jefe de las Farc se acuesta, bien puede amanecer muerto.

Mauricio Vargas
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