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Patti y las instituciones

Patti y las instituciones

El problema no es Luís Patti, el problema son las instituciones.

La extrema izquierda y la extrema derecha coinciden. La primera sostiene que Patti no puede ser diputado porque todos los argumentos políticos que imaginaron sobre los derechos humanos caerían heridos de muerte. Mientras tanto, la segunda ve la defensa de Patti como una rehabilitación política del ciclo histórico 1976-1983. De instituciones, ni hablar.

El 23 de mayo de 2006 la Cámara de Diputados de la Nación aceptó la impugnación por la cual se le impidió jurar al diputado electo Luís Patti. El problema es que para resolver el caso aplicó, en vez del sistema legal, esa maravillosa fórmula alternativa creada por la fértil imaginación de los argentinos y cuya idea fuerza es: nada importa todo vale.

Las instituciones en cambio dicen que si no existe una condena firme contra un diputado electo la Cámara debe tomarle juramento. El fundamento de legitimidad de este principio es la presunción de inocencia que puede leerse, desde 1853, en el artículo 18 de la Constitución Nacional. Todo el resto de las explicaciones son literatura bien o mal escrita, apasionados discursos, odios o amores, ideas sobre la sociedad y la historia, pero nada parecido a la defensa de las instituciones.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación ha cerrado la cuestión legal indicando que el diputado electo Luís Patti puede ser diputado nacional. A partir de ahora todo el debate sobre la legitimidad o no del diploma de Patti pasa a ser una discusión entre amigos o enemigos charlando en un café.

La paradoja es que el fallo judicial, en vez de ordenar la disputa social, ha sido leído por los dirigentes como un bando de guerra. La izquierda dice: “no pasarán”. La derecha exclama: “volverán banderas victoriosas”. Estamos de vuelta en la nostalgia de España 1936 mientras el mundo real sigue, como desde hace tantos años, mirando sin entender a este culto pueblo del sur que insiste en morderse la cola.

Son pocos los que aceptan lo obvio: la política no puede dictar sentencias. Pero ocurre que las instituciones son, en la Argentina, un traje a medida.

En este juego de instituciones sí, instituciones no, hemos desarrollado una idea siniestra: si lo que dicen las instituciones favorece nuestros intereses nos transformamos en cruzados del sistema. Por el contrario, si la respuesta de las instituciones no está de acuerdo con esos intereses desconocemos los fallos judiciales y buscamos un atajo. Este atajo puede ser –como ahora- impedir que un diputado electo pueda jurar.

En un cuadro histórico más grande este disparate se llama golpes de estado, guerrillas, piquetes. En una escala más modesta y dependiendo del grado de educación de cada uno, se manifiesta a través de insultos verbales o escritos en los medios gráficos o Internet.

Los que ahora quieren impedir que Patti jure como diputado suponen, con una mezcla de arrogancia e inocencia, que están construyendo una idea nueva para arbitrar las disputas políticas en la Argentina. En realidad no hacen otra cosa que repetir, puntualmente, el antiguo sistema de destrucción recíproca que han practicado, desde hace más de siete décadas, civiles y militares, derechas e izquierdas, liberales y antiliberales, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas.

Este sistema consiste en un juego, en el cual el que está en el gobierno le aplica al que está en la oposición su personal criterio de lo que llama “las instituciones”. En ese momento las instituciones – como las estadísticas – no dicen lo que dicen sino lo que les hacen decir. Curiosamente, la interpretación auténtica de lo que son realmente las instituciones la dan, casi siempre, los que están afuera del gobierno quienes, a su vez, olvidan el mensaje cuando llegan al poder.

En el debate de este tema pareciera que no hay espacio –como hace 30 años- para los que defienden siempre el valor de las instituciones: cuando coinciden o cuando no coinciden con sus ideas e intereses. Es como tratar de avanzar por un sendero muy angosto, bordeado por escépticos y fanáticos de distintos colores, convencidos que no pueden hacer nada o que lo pueden todo.

Sin embargo la defensa de las instituciones, en cualquier escenario, es la única verdad. Hannah Arendt dijo alguna vez, citando a Jaspers: “la verdad es aquello que nos une”.
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