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¿Ciudadanos o vasallos?

¿Ciudadanos o vasallos?

Alberto Acosta ha empezado a hablar. A revelar hechos poco claros ocurridos en el último tramo donde la locomotora oficialista arrasó en el pleno de la Asamblea.

Que hable Alberto Acosta es bueno para el país porque los ecuatorianos que votaron por él observaron con respeto, pero con incertidumbre y desazón, su cautela, su silencio y su extraño sentido de lealtad ideológica.

Hay que recordar, mientras era presidente, cuánta serenidad y nobleza mantuvo frente a preguntas difíciles que le hacíamos los periodistas: “No van a lograr que me pelee con el presidente Correa”.

Al final fue al revés: cuando el Presidente sintió que sus planes electorales podían diluirse no tuvo ningún rubor en ignorar una presunta amistad “a toda prueba” y exigirle, por medio de sus áulicos, que “diera un paso al costado”.

Por eso, para muchos fue difícil entender por qué permaneció como asambleísta si cuando lo renunciaron él dijo que lo hacía porque estaba en contra de los procedimientos que se venían y porque no quería ser responsable de un desastre.

Digamos que se quedó por convicción, por defender lo que hasta entonces se había logrado, por no dar argumentos a los supuestos o reales enemigos del cambio.

Pero la Asamblea ya terminó y ahora su deber ético del es rendir cuentas a los electores que votaron masivamente por él.

Acosta fue parte de quienes fundaron el movimiento que llegó al poder. Fue ministro de Energía del gobierno de Correa. Fue líder del bloque oficialista. Fue parte del buró. Es obvio que sabe mucho y que tendrá mucho que decir.

El ex presidente tiene responsabilidad con quienes lo convirtieron en el asambleísta más votado de la historia y no con quienes desde su movimiento (irónicamente llamado “Acuerdo PAIS”) se alinearon detrás del omnipoder del círculo oscuro que terminó ejerciendo los plenos poderes y desapareció textos constitucionales que consideraba inconvenientes para el proyecto correísta, como han denunciado el mismo Acosta y otros ex miembros de la Asamblea.

Hay un Ecuador que, independientemente de su ideología, cree en Acosta como un hombre honesto que luchó dentro del bloque y del “buró” para que las decisiones que tomara la mayoría fuesen coherentes con quienes depositaron su voto por PAIS.

Ahora no se trata de debilitar la opción por el Sí. Se trata de liderar un movimiento que trabaje intensamente para promover un voto consciente, reflexivo, deliberante.

Junto a muchos que aún creen en un proyecto de cambio no personalista ni intolerante, Acosta tiene el deber de promover mecanismos que construyan una opinión pública madura, de ciudadanos y no de manadas o fanáticos enceguecidos por el discurso del caudillo.

“La masa que no reflexiona es vulnerable, peligrosa y manipulable -dice la filósofa española Adela Cortina-, porque en ella no hay ciudadanos sino vasallos”. “Cuando solo hay masa -añade-, fácilmente puede gobernarla el político más manipulador”.

¿Dejará Alberto Acosta, desde su ética, que eso suceda?


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