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El escepticismo como crítica y resistencia

El escepticismo como crítica y resistencia

Digámoslo de una vez: necesitamos un respiro para decir las cosas como son, sin tapujos ni dogmas o temores estúpidos. Aquí es donde ingresa nuevamente el escepticismo que permite indagar buscando verdades que, por supuesto, no serán jamás alcanzadas con plenitud porque es imposible adivinar el conocimiento del futuro.

El escepticismo se materializa en una conducta que pretende labrar la conciencia en el campo de la curiosidad, del relativismo y del reconocimiento de las profundas limitaciones que acompañan la vida humana, ya que tiene siempre en la memoria el derrumbe de las utopías absolutistas y los proyectos totalitarios del socialismo o el etno-nacionalismo que abrigaron un cúmulo de mentiras sobre una serie de cambios que no fueron duraderos ni tampoco justos en el largo tiempo.

El creciente avance del escepticismo en una cultura compleja y en medio de escenarios plagados de incertidumbre, no es una rebeldía sin rumbo, sino más bien uno de los efectos de la democracia política que exige tolerancia y aceptación de valores e ideas diferentes a nuestras convicciones consideradas como verdades incambiables. Por lo tanto, el relativismo es el complemento necesario del escepticismo y ambos representan los valores de una sociedad democrática, intentando asegurar la convivencia civilizada entre las personas, grupos étnicos, religiones, filosofías y demás creencias que apuntan hacia la posibilidad de un mundo más humano.

En el centro de la sociedad relativista se levanta el escepticismo fuertemente ligado, más que con el pesimismo o los arranques de subversión violenta, con la desmitificación de la realidad política, económica y social. El relativismo y escepticismo democráticos inauguran inéditos momentos de divergencia pero al mismo tiempo, de aceptación del (los) otro (s).

El escepticismo puede ser cultivado en discusiones que cuestionen todo el orden social y político donde se instauren libremente situaciones de una activa opinión pública informada, contagiando un suave aire de incredulidad en las esferas familiares, el trabajo, las asambleas políticas, los ámbitos académicos y la propia conciencia individual.

Tal vez el caudal más favorable del escepticismo político es su capacidad para generar un conjunto de opiniones públicas responsables a través del diálogo. Sin embargo, el escepticismo no es de ninguna manera una conducta que colinda con el nihilismo, es decir, con aquella forma de ver el mundo desde el vacío y la inutilidad de los esfuerzos humanos. Todo lo contrario, el escepticismo es una lucha contra las estrategias de inmunización de aquellos pensamientos “únicos” que tratan de hacer ver que en las actuales tendencias del mercado mundial y la política oportunista ya no hay nada por hacer en la búsqueda de una ética renovada junto a una política moralizada que vaya en pos de mayor justicia social, o un futuro mejor para los débiles y desposeídos.

El escepticismo quiere romper con todo monopolio político de la verdad, aceptando básicamente que todos nos equivocamos para caminar en conjunto hacia la consecución de verdades relativas. El escepticismo punza suavemente con una pregunta: ¿cómo lograr que nuestra sociedad se adapte a los cambios y a un ritmo histórico que combine el movimiento con el reposo, e inserte lo relativo en lo absoluto mediante una sana dosis de incredulidad creativa?

Finalmente, el escepticismo es un antídoto para evitar la intoxicación ideológica, defendiendo la libre concurrencia de puntos de vista, apoyando una sociedad abierta y rechazando el culto a la personalidad de todo líder o promesas dogmáticas para cambiar la sociedad, el Estado y la cultura de golpe y por la fuerza. Nadie tiene una misión inclaudicable para hacer la revolución a como dé lugar, así como es mucho más saludable un escepticismo para no quedar ciegos frente a las absurdas megalomanías que tontamente quieren hacernos creer que no tenemos limitaciones. Tenemos límites y moriremos tarde o temprano como pillos, hipócritas o héroes de la conciencia donde nunca habría vencido el absolutismo sino el escepticismo. El escepticismo no es el fin de toda creencia, por el contrario es una manera de reforzar la creencia en uno mismo, es la fuerza de la voluntad y la fidelidad con nuestra conciencia. Solamente de esta forma podemos realmente cambiar y enfrentar verdaderas transformaciones.

Sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program

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