La pobreza: ¿remar contra la corriente?
lunes 08 de septiembre de 2008, 18:35h
Actualizado: 15 de octubre de 2008, 21:25h
El actual modelo de crecimiento, defendido ardorosamente por los neoliberales y resguardado en Chile por un sector del llamado “progresismo”, está siendo puesto a prueba por la amenazante simultaneidad de tres crisis internacionales: la financiera, la energética y la alimentaria.
En particular, el aumento del precio mundial de los alimentos y su impacto en Chile ponen en cuestión la solidez de los avances registrados durante la postdictadura en los niveles de pobreza. El Banco Interamericano de Desarrollo dio a conocer hace un mes un estudio según el cual, bajo ciertos supuestos, los pobres en América Latina aumentarían en 26 millones de personas. En Chile las cifras registradas por la última encuesta de hogares situaron la pobreza en alrededor del 13% de la población. La estimación del BID indica que ese porcentaje podría subir a más de un 17%.
Con ánimo de aprovechamiento político, sectores de derecha han señalado su preocupación por el fenómeno. Autoridades de gobierno, por su parte, han dicho correctamente que esas cifras no consideran los aumentos en subsidios y prestaciones que han tenido lugar en este tiempo. En todo caso, es inevitable pensar que, de uno u otro modo, el aumento de los precios de los alimentos tiende a anular los posibles progresos en el sistema de protección social que ha impulsado el gobierno de la Presidenta Bachelet.
Algunas reflexiones:
Primero, la actual medición de la pobreza (es pobre aquel que no tiene ingresos suficientes para adquirir dos canastas básicas de alimentos) es insuficiente para dar cuenta de los avances o retrocesos reales en la situación socioeconómica.
Segundo, existe una franja de población que pudiera denominarse “cuasi pobres” que han logrado apenas superar la línea de pobreza. Este segmento ocupa una posición inestable y, frente a eventos como la crisis alimentaria u otros, puede rápidamente perder lo poco ganado.
Tercero, el modelo neoliberal globalizado genera fuerzas permanentes en pro del aumento de las brechas que constituyen la “distancia económica” entre segmentos sociales y de distribuciones del ingreso más desiguales. Contrariamente a la visión propagandística de la derecha, no garantiza a través del crecimiento mejores niveles de pobreza.
Cuarto, omitir o limitar la acción del Estado y sus políticas laborales y sociales protectoras, significa dejar el campo libre a la intervención de los poderes no estatales, fundamentalmente económicos y financieros.
Quinto, sólo una intervención de magnitud, masiva y sistemática, por parte del Estado, puede lograr que Chile quiebre la tendencia persistente a vivir cada vez con más desigualdad. Para eso es preciso otro modo de concebir la sociedad y su desarrollo.
La tesis dominante indica que mientras más alto es el crecimiento más disminuye la pobreza medida de la forma descrita. Sin embargo, el crecimiento a cualquier costo -léase bajos salarios, precariedad del empleo, altas ganancias empresariales, sobreexplotación de recursos naturales- genera más desigualdad y menos cohesión social y, como señala el BID, en esta coyuntura no disminuye, sino que aumenta la pobreza.
Las ganancias de la soya transgénica y del maíz convertido en combustible no benefician precisamente a los segmentos más desfavorecidos de la sociedad latinoamericana. Un crecimiento virtuoso -sostenido y de efectos sólidos- requiere hacer una opción por más igualdad, como el elemento ordenador de otro modelo.
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Jorge Arrate
Abogado y economista