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Madre de cultura

martes 30 de junio de 2020, 12:22h

Castilla, en 1492, era una Autonomía de mucho tronío, que se extendía desde Fuenterrabía a Estaca de Bares por el Norte y de Ayamonte al Cabo de Palos por el Sur, incluyendo Las Canarias. Tal vez, por ese poderío, se entregó en alma a su misión americana y los cuerpos fueron yendo a dar realidad a una ingente labor civilizadora, la mayor empresa de mestizaje, que no fue sólo el humano, sino el cultural.

Los amerindios, de entonces, desconocían la domesticación de animales para consumo. Algunas tribus practicaban la antropofagia ritual, otras como castigo de represalia o botín de guerra y en otros lugares, como en el México anterior a López Obrador, la carne humana era hecha salazón y entraba en el mercado.

Con el segundo viaje de Colón, ya fueron para allá vacas, cerdos, gallinas y caballos. La provisión de proteína animal estaba asegurada, poco a poco, porque la parte castellana de los actuales Estados Unidos, hubo de esperar a Juan de Oñate, siglo XVII, para disponer de cabaña.

En cada viaje, fueron llegando a América, perros, burros, mulas, ovejas y cabras. Tanto es así que en el México anterior a López Obrador, en 1537, se crea la Mesta, con idénticas características que la Mesta castellana, aunque con sus peculiaridades, porque allí no había cañadas, todo el territorio era vereda para la trashumancia que empezó a producirse entre Querétaro y los pastos del lago Chapala.

Como consecuencia inmediata de la existencia de cabaña, hubo que transportar el torno de hilar horizontal y las técnicas para el trabajo del cuero, el aprovechamiento de las grasas, el unto para pieles, goznes de puerta y ejes de carruajes.

Como en América no había otros animales de carga y tiro que no fueran los humanos, tampoco conocían la rueda, ni tenían carros para el transporte y las herramientas de carpintería eran demasiado simples. Los utensilios y el saber de manejarlos fueron desde Castilla.

La alimentación experimentó un giro copernicano; de Castilla, llegó el trigo, la cebada, el café y el olivo para hacer aceite. Por tanto, el arado romano y el yugo de cuernos y las almazaras. A cambio, Castilla se trajo el pavo, la patata y los tomates, cuya exclusiva extendió por toda Europa, incluidos los países que alentaban la leyenda negra y pirateaban los galeones.

Una digresión dirigida al pasivo Gobierno que sufrimos: hay 600 pecios diseminados por el Atlántico; unos fueron hundidos por los piratas ingleses y algún holandés que otro y otros por la Naturaleza. En cada galeón pueden yacer hasta 400 compatriotas, castellanos viejos de Vascongadas, Canarias, Andalucía, Asturias, Extremadura y ambas Castillas. En consecuencia, el mar alberga cerca de 240.000 antepasados nuestros, que pagaron con su vida la gesta de civilizar un continente entero. El Atlántico, entonces conocido como el lago español, es otra cuneta de la Historia, una fosa común, que sigue esperando reparación, un rescate justo y atribución de dignidad. Si no podemos levantar los 600, podíamos levantar seis, seguro. O uno acá y otro acullá, según la profundidad.

Volvemos a la tarea de engendrar cultura. La fundación de las ciudades supuso un denodado esfuerzo cultural. Las trazas se hacían a cordel, mejorando el modelo romano del cardo y el decumanus, que se cruzaban en la plaza de armas, el foro, donde sigue estando la catedral, el edificio del Gobierno, casas para funcionarios, etc. Pero, no sólo se llevó la Geometría para el urbanismo, que aún brilla espléndido en ciudades como Puebla, México DF, Cuzco, Lima, Arequipa y tantos otros, también fue la teja árabe y los hornos del alfar.

Incas, mayas y aztecas eran colosales arquitectos. Al carecer de animales de tiro, ellos solitos levantaron pirámides y templos descomunales, megalíticos, a prueba de terremotos. Como corresponde a culturas teocráticas, el saber era propiedad de los sacerdotes y estaba al servicio de la mayor gloria de Dios. Castilla democratizó el conocimiento y lo puso a disposición de quienes lo necesitaran.

Las escuelas que se crearon en las misiones y ciudades, que estaban destinadas a los niños nativos, todas comprendían “oficios”, la enseñanza para crear menestrales. Los hijos de los desplazados tenían sus preceptores privados. Fue curioso que muchos de los nobles y caciques amerindios se negaran a escolarizar a sus hijos; pero, andando el tiempo, éstos fueron sojuzgados por los plebeyos, que habían aceptado el proceso docente y sabían leer, conocían la música, la aritmética y dominaban un oficio, o varios. Y es que el saber, entonces, permitía ocupar lugares de responsabilidad.

La labor docente primaria estaba en manos de los frailes franciscanos, jesuitas y dominicos. Los estipendios que cobraban por su trabajo eran de tal envergadura, Sr. López Obrador, que sus ancestros aztecas apodaban a los franciscanos Metolimías, los pobres, viéndolos tan descalzos y harapientos como los autóctonos, aunque en contraste clamoroso con los militares, funcionarios del Virrey o del Gobernador y encomenderos, que lucían mucho más y hasta competían entre ellos por aparentar, que es un vicio muy nuestro. Llevaron lo que tenían (y tenemos: más coches oficiales que en todo Estados Unidos).

En las universidades se admitían, sin discriminación alguna, a criollos, mestizos y amerindios, después de superar los dos ciclos que exigían los convictorios, una especie de colegio menor que preparaba para el acceso a la enseñanza superior, que se impartía, naturalmente, en latín, lengua que había que conocer con antelación.

La primera universidad que se crea es la de Santo Domingo, en 1538, tras 46 años del primer viaje de Colón, y a imitación de la erasmista Universidad de Alcalá: mismas facultades, mismo plan de estudios, mismos grados de Bachiller, Licenciado y Doctor y mismos órganos de gobierno, independientes del Virrey. Las de Bogotá, Quito, Lima y México llegan en 1551. Esta última con los mismos Estatutos de Salamanca, hasta el punto que, en 1595, antes de morir Felipe II, consigue la categoría de Universidad Pontificia, el mismo rango que ostentaban, en ese momento, Oxford, Salamanca, Bolonia y la Sorbona. ¡Ahí es nada, Sr. López Obrador, como para que España le pida a usted perdón!

Además, dominicos y jesuitas llegaron a tener hasta 35 Colegios Mayores, con atribuciones universitarias para expedir titulaciones. Y, cuando España (una vez que Felipe V proclama el Decreto de Nueva Planta, ya podemos hablar de España) arrió su bandera, durante el reinado del innombrable, en América había funcionando 22 universidades. Tras la independencia de los Estados Unidos, Inglaterra no dejó abierta ninguna…Siempre hay clases.

El Rector de la Universidad era elegido por el Claustro de profesores y los alumnos más avanzados, que la democracia no se ha inventado ahora, con la llegada de Podemos.

Cada profesor era controlado por los bedeles, que podían sancionarlos si llegaban tarde a clase o no respetaban la hora didáctica, medida por un reloj de ampolletas (reloj de arena), que ellos mismos controlaban. Aquellos bedeles eran gente con poder real.

Esta gigantesca labor cultural fue posible gracias a los impuestos que se cobraban allí. A la metrópoli llegaba, si no interfería la piratería inglesa, el quinto real. Los otros cuatro quintos se quedaban allí, para crear infraestructuras, centros asistenciales, colegios, hospitales y laboratorios.

Pues bien, Carlos III revisó toda la legislación relativa a las Indias que había promulgado Carlos V y revisado, a nivel de ordenanzas, su hijo Felipe II. No era una legislación obsoleta, pero mandaba la Ilustración y había que poner al día determinados principios. La sociedad española del siglo XVIII no era la Castilla del XVI; pero, el amparo y tutelaje sobre aquella población no cambió en nada.

Con Castilla, como madre y madrina del saber, florecieron figuras como el Inca Garcilaso de la Vega, Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa. Un inmenso orgullo.

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