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Cuando la estrategia prima ante la ética

jueves 23 de septiembre de 2021, 08:49h

Las discusiones éticas dejan de ser análisis bizantinos acerca de cuestiones que parecen interesar solo a unos pocos cuando de lo que se trata es de relacionarlas con hechos concretos, con cuestiones de la vida cotidiana que nos afectan a todos y cada uno de nosotros. Sin ir más lejos, y, por ejemplo, ese homenaje que la izquierda abertzale y filoetarra -el colectivo de apoyo a los presos de ETA Sare, es decir, Bildu y su entorno-, promovió el fin de semana pasado en favor de un compañero de filas y siniestro personaje como es Henri Parot, asesino de 39 personas (varios niños entre ellas), que lleva 31 años encarcelado, lo cual es tanto como afirmar que ha cumplido la irrisoria pena de 10 meses por cada uno de los crímenes que cometió.

Los convocantes de esa marcha inicial de 31 Km. en Mondragón, uno por cada año que Parot lleva encarcelado, pedían la excarcelación del sanguinario terrorista al tiempo que denunciaban la política penitenciaria española. No les parece suficiente que, en los últimos meses, el Gobierno Sánchez haya acercado a todos los presos de la banda terrorista a cárceles próximas al País Vasco y Navarra y que el próximo 1 de octubre haga efectivo el traspaso de la competencia de prisiones al gobierno de Urkullu.

La Audiencia Nacional dejó en manos del gobierno la posibilidad de impedir el homenaje a Parot, pero este ha preferido no hacer nada para no poner en peligro el apoyo de Bildu a Sánchez en la pronta votación de los Presupuestos Generales del Estado. Es un ejemplo perfecto de que en política casi siempre prima la estrategia frente a la ética.

Ética, sin embargo, en la que se mueven las asociaciones de víctimas del terrorismo como la AVT, que señalaba a través de un comunicado que la plataforma de apoyo a los presos de ETA «sigue mostrando como víctimas a los terroristas…, por una supuesta legislación de excepción, y ensalzar a quienes han sido condenados por pertenecer o colaborar con ETA».

Atentar contra la vida de seres humanos en aras de defender una teórica postura política, por muy legítima que sea, no es tolerable y sería monstruoso que una sociedad no se defendiera de los asesinos, independientemente de las motivaciones políticas que puedan moverlos. Y recordemos que, desde aquel 13 de septiembre de 1974, fecha del atentado de la calle del Correo de Madrid (a 30 metros de la Puerta del sol), primer atentado indiscriminado de ETA contra la población civil que causó 13 muertos y 73 heridos, hoy son varios cientos más los que la organización terrorista tiene en su haber. Por cierto, un atentado que ETA no asumiría hasta el mismo momento en que anunció su disolución en 2018.

Es, en cierto modo, una pequeña victoria de la democracia que las asociaciones contra el terrorismo consiguiesen que esa movilización para rendir homenaje a Parot se abortara a tiempo. Aun así, los convocantes la trasformaron en varias concentraciones en diversas localidades del País Vasco «contra la cadena perpetua». Es, no nos engañemos, solo un modestísimo paso en favor de la memoria de las víctimas del terrorismo. Víctimas -no lo olvidemos tampoco-, en cuya relación podríamos figurar cualquiera de los ciudadanos de bien de este país. Una cuestión de hondo calado ético que no puede ni debe de estar mediatizada o manipulada por las líneas estratégicas de partido político alguno.

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