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Lenguaje y economía

miércoles 15 de septiembre de 2021, 08:21h

Ciertas modas, como los virus, son imparables. No crean que esta del llamado lenguaje inclusivo es solo española. No, ni mucho menos, la ola de complicar las cosas a la hora de hablar o de escribir se ha extendido por medio mundo, ese que se queja mucho más que el otro medio, aunque solo sea porque tiene muchos más medios y tiempo para poder hacerlo. O quizás, como diría mi admirado colega e ilustre e irreverente académico de la RAE, Arturo Pérez Reverte se deba aún más a eso que llama “la osadía de la ignorancia”.

Digo lo que antecede a cuenta de una noticia que he visto publicada recientemente en la prensa que situaba el affaire en la meca de lo políticamente correcto, Londres. Pongámonos en situación: un tren sale de la estación de la capital británica. Es el London North Eastern y, a los pocos minutos de iniciada su andadura, desde la megafonía alguien saluda a los viajeros en estos o parecidos términos: “Bienvenidos al tren, damas y caballeros…”. Pues bien, alguien allí presente no se sintió directamente aludido porque el conductor no utilizó el lenguaje inclusivo en su saludo. Se trataba de Lawrence, una persona «no binaria» a la que faltó tiempo en denunciar la afrenta a través de las redes sociales. Y con esta tendencia de las empresas para contentar a todo el mundo, la RENFE británica pronto le pidió públicamente disculpas a Lawrence, aunque, presumo, ni expedientó a su conductor ni dio orden inmediata a sus conductores para que, a renglón seguido, modificasen su saludo de bienvenida a los viajeros diciéndoles algo así como “bienvenidos, bienvenidas y bienvenides al tren cada cual, cada cuala y cada cuale”.

¡Nos hemos vuelto locos! Toda esa retahíla puede sustituirse por un solo término, el de “bienvenidos”. La razón es muy simple, el criterio de utilización del masculino como género no marcado, es decir, el que procede utilizar para referirse no solo a los varones sino también a las mujeres. Dicho de otro modo, el masculino genérico responde al principio de economía lingüística que impulsa a los hablantes de cualquier lengua a tratar de lograr la máxima comunicación con el mínimo esfuerzo.

No lo entienden así –y ahora salto del Reino Unido a España-, por ejemplo, la inmensa mayoría de los teatros, que visito con frecuencia inusual dada mi condición de crítico teatral, cuando cortésmente acogen también a los espectadores con un “Bienvenidos y bienvenidas…”. No sé si es que entre los espectadores patrios no hay ningún Lawrence que se sienta discriminado o, más bien, excluido del mensaje de salutación o es que, al fin, el sentido común ya va anidando entre nosotros. Lo digo porque, llevado al extremo, no bastaría con un bienvenidos y bienvenidas, sino que habría que completar ese y todos los mensajes con “todos, todas y todes”, cada vez que haya que referirse al apagado de los móviles, la evacuación ordenada de la sala, etc…

La razón de la extensión del sentido común en teatros, cines y auditorios de música seguramente viene dada por razones económicas. Aunque es cierto que uno se encuentra algún que otro espectador que utiliza las salas como prolongación el sillón favorito de casa para echarse una buena siesta, lo común es que de haber iniciado esa infame moda del lenguaje inclusivo y no la del principio de economía lingüística, los espectadores acabarían por huir despavoridos y dejar de acudir al cine, al teatro y a los conciertos por razones de supervivencia, por no sucumbir al tedio y al aburrimiento de tener que soportar larguísimos e innecesarios parlamentos en los que lo mejor es evadirse a través de la cabezadita para no perderse en tanto alambicado y cansino como estúpido e innecesario desdoblarse de la lengua cuyo mayor mérito, de seguir así, sería conseguir que la población entera acabase por volverse idiota.

Incluso, y profundizando aún más en esta misma línea, miedo me da solo pensar que esta dictadura de desterrar a la fuerza el lenguaje no inclusivo llegue también a las mismas obras literarias. Una novela de 400 páginas se convertiría en otra de 500 y una función de hora y media llegaría a tener dos si los autores deciden desterrar la utilización del masculino genérico. Y, aún mucho peor, si desde el más tozudo que benemérito ministerio de Igualdad se decide la adaptación general al lenguaje inclusivo de todos los textos de los grandes autores de nuestra literatura. ¡Qué horror! Conseguirían de un plumazo que nadie leyese nada o que se fomentase en las trastiendas de las librerías la búsqueda de ediciones prohibidas –las originales,las auténticas, las que parieron sus autores con la libertad que pudieron-, de El Quijote, La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, Cien años de soledad o La tía Julia y el escribidor, pongamos por caso.

Y, al final y, sobre todo, dejemos de lado el común de los mortales estas pretendidas imposiciones ideológicas sobre el lenguaje y ejerzamos con sencillez, con naturalidad, con libertad y con valentía, si es necesario, nuestro derecho como usuarios, hablantes y escribientes de utilizar cotidianamente con propiedad la hermosa lengua española.
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