Definitivamente no tenemos remedio. Ya se sabe que en las cuestiones relativas a la larga batalla contra ETA somos inevitablemente ciclotímicos. O nos sumimos en el estupor como consecuencia del asesinato de Eduardo Puelles, inspector de la Policía Nacional, o nos trasladamos al optimismo romántico creyendo, como han dicho algunos, que la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos entierra a Batasuna. ¡Ojala pudiéramos enterrar a Batasuna bajo el peso de una sentencia!
Las cosas son más complejas. Son ya demasiados años, incluso décadas, proclamando el final de ETA y el acorralamiento definitivo de la violencia en el País Vasco. Desde 1986 hemos desarticulado siete, ocho o nueve cúpulas de la organización terrorista. Pero las reorganizan en una semana. Podemos repetir los mismos errores de apreciación que, al no permitirnos contemplar la realidad tal y como es, nos induce a tener una comprensión perturbada y equivocada de la realidad vasca. Los efectos euforizantes de las estimaciones optimistas nos llevan a negar la existencia filosófica de cualquier conflicto político en Euskadi, a vincular con el mundo violento a los que afirman lo contrario y a rechazar cualquier otra vía complementaria a las estrictamente policiales y judiciales para poner fin a la violencia y el terror en la sociedad vasca. Ahora, lo políticamente correcto implica decir cosas que no creemos acerca del final ineluctable e inmediato de ETA. ¿Significa eso que todo lo que hemos hecho desde el Pacto de Madrid o desde el de Ajuria Enea, además de los esfuerzos dialogantes de todos los Gobiernos durante treinta años, no sirven para nada y carecen de sentido? ¿Significa eso que llevamos tantos años equivocándonos de medio a medio?
Claro que la sentencia del Tribunal de Estrasburgo es positiva. Pero tiene el valor que tiene. Y me atrevo a decir que tal sentencia, aprobada por la totalidad de los miembros del Tribunal, se ha visto influida favorablemente por la reciente decisión del Tribunal Constitucional de nuestro país en relación con la candidatura de Iniciativa Internacionalista. Es más, tengo para mí, que la aceptación de la candidatura de I.I. facilitó la unanimidad del Tribunal de Estrasburgo. El terreno en el que nos movemos es altamente resbaladizo, afecta a la garantía efectiva de derechos constitucionales como el sufragio pasivo, y, como ya escribí en su día, cualquiera que lea detenidamente la sentencia de la Sala del 61 sobre la ilegalización de Askatasuna como agrupación electoral que pretendía comparecer a las elecciones vascas no puede por menos que tener grandes dudas sobre su procedimiento probatorio, las conclusiones obtenidas de tal procedimiento y su ajuste real a nuestra Constitución y a la propia doctrina del Tribunal Constitucional. Muchos reconocen lo anterior en privado pero nunca en público.
Porque, insisto, las cosas son más complejas. Alfredo Pérez Rubalcaba, que conoce los entresijos políticos de la banda y sus apoyos, acaba de decir algo que no deberíamos echar en saco roto: “Nos tenemos que acostumbrar a un ciclo de violencia etarra larga y prepararnos para lo peor”. Lo sorprendente es que su aviso a los navegantes, pleno de sentido político, ha pasado relativamente desapercibido para la opinión pública y para los responsables políticos. Conviene leer con detenimiento la frase citada. Porque, lamentablemente, tiene razón. El problema que tenemos con la violencia en el País Vasco tiene que ver con el apoyo o con la “placenta”, en palabras de Javier Cercas, y la comprensión que un sector significativo de las sociedades vasca y navarra mantiene y le presta a ETA. Y tal evidencia nos traslada, lo queramos o no, a la existencia de un conflicto político derivado de la ausencia de un consenso definitivo y total sobre la estructura política de Euskadi. Y, espero, que afirmar lo anterior no signifique que alguien pretenda considerar que los que así pensamos somos personas dudosas en nuestra actitud en relación con los que asesinan con bombas lapa a personas íntegras como Eduardo Puelles.
Invito a los que consideren desagradables o equivocadas tales reflexiones a repasar los últimos resultados electorales de Iniciativa Internacionalista en Euskadi y Navarra. Si aceptamos, a afectos políticos y dialécticos, la proximidad de tal formación con las tesis de los violentos, deberíamos estar seriamente preocupados. En el País Vasco, Iniciativa Internacionalista (I.I.) obtuvo 115. 281 votos, lo que significa el 15,89 % de apoyo electoral, y, en Navarra, logró el apoyo de 22.985 ciudadanos, lo que significa el 11,46 % de los votantes. En Guipúzcoa, I. I. se encaramó al tercer lugar con 52. 181 votos y el 23,42 % de los votos emitidos, a poco menos de tres mil votos de diferencia con el PNV, y, en ciudades como Donostia-San Sebastián, se situó en cuarto lugar con casi diez mil votos y el 16,64 % de porcentaje electoral.
Es evidente que la estructura operativa de ETA está sufriendo golpes constantes y que las cúpulas de la organización son desarticuladas una tras otra. Pero la “placenta” permanece y proporciona centenares de jóvenes radicales y obcecados, que, incomprensiblemente para nosotros, acuden al asesinato para “defender a la patria vasca”. Este y no otro es el gran problema. Y para superarlo necesitamos cautela, trabajo, inteligencia, tiempo, reflexión sincera y diálogo, diálogo intenso y sincero. De poco sirve proclamar de forma omnisciente, como le gusta a Mariano Rajoy, que cualquier diálogo con los terroristas en un error o una traición a los muertos. Será preciso hacer lo que haya que hacer, y, ninguna situación similar a la de Euskadi se ha superado sin un determinado nivel de interlocución con la “otra parte”. Es claro que si queremos deslegitimar políticamente, socialmente, culturalmente, psicológicamente y simbólicamente a ETA, a sus amigos, a los violentos, a los que les justifican, les amparan, les comprenden o, simplemente explican su existencia, debemos cargarnos de razón una y otra vez. Para ello, los demócratas necesitamos apoyos, complicidades y unidad en la estrategia. La tarea del PNV es vital, como ya lo ha sido, y su concurso y compromiso, determinantes. En consecuencia el gobierno de Patxi López deberá ser extremadamente cuidadoso y sagaz para que no se alce un muro de incomunicación política entre el ejercicio de sus responsabilidades políticas y la cooperación de las demás fuerzas políticas en esta gran cuestión.
Y termino. ¿Treguas? No toca. Ya no. ¿Hablar? Siempre.