martes 21 de septiembre de 2010, 21:49h
Actualizado: 07 de febrero de 2011, 13:44h
Cuando mi hijo era pequeño le prohibí varias cosas. La mayoría pertenecían al sentido común. Otras no. Otras eran frases hechas, manidas, abusadas hasta el infinito. Una de esas frases era: “Tengo hambre”. Le indiqué que no era hambre lo que tenía. Podría ser apetito, ganas de comer, un cierto hueco (pequeño) en el estómago. Jamás hambre. Jamás.
La Estadística es una ciencia que a los periodistas no se nos debe de dar muy bien. Quizá por eso nos empeñamos en escribir o decir en voz alta que “cada seis segundos un niño muere de hambre en el mundo”. No es un niño. No. Son muchos niños, miles de niños cada día. Niños que no suelen vivir (y morir) aquí cerca, sino lejos, en lugares como Somalia, Mali, etcétera… Para qué enumerar lo que todos sabemos.
Qué coñazo (se habrá dicho acaso usted, improbable lector) otra vez a vueltas con el hambre, los niños muertos y todas esas mandangas… Pues sí, señoras y señores. Mientras miramos el menú y decidimos si nos apetece más la merluza de pincho o un buen chuletón a la brasa, hay por ahí, en algún lugar adonde podríamos ir en avión en dos o tres horas, un peque diñándola porque el mundo lo ha hecho así: pobre y nacido entre miseria, destinado a morir sin haber vivido y con un rugido en sus tripas vacías que debería dejarnos sordos, de tan estruendoso.
Ahora que lo escribo… sí, debemos de estar sordos como tapias. No escuchamos, ni siquiera oímos. Por supuesto, no los vemos. Ya digo, están lejos, relativamente lejos.
Me encanta la magia, es un entretenimiento para los sentidos, un engaño con-sentido acaso. Pues bien, me encantaría pedir una sola cosa a un mago tipo David Copperfield. Verán, no quiero que haga desaparecer la Torre Eiffel, ni las Pirámides de Egipto, ni el Partenón, ni nada. Quiero todo lo contrario. Que haga aparecer a nuestro lado, en nuestra cocina, en el supermercado, en el bar y el restaurante, a uno solo de esos niños que mueren cada seis segundos porque no tienen qué comer.
Que viéramos cara a cara su rostro anguloso, esos ojos que se salen de las órbitas, las costillas bajo la piel como en una radiografía sin Rayos X.
Que pudiéramos mirarle fijamente y decirle que nos la trae floja que se muera porque esta civilización tan occidental y tan molona que hemos construido está en crisis y necesitamos la pasta para trenes y carreteras, pero nos sobra una nonada (y a veces ni eso) para darle pan al chiquito ése tan hambriento.
Llámame tonto, dame pan, demos pan.
Es que parece hasta mentira que haya que escribir esto todavía… Pero es que acabo de leer que “sólo” hay 925 millones de personas hambrientas en el Planeta, vamos, todo un triunfo de la civilización. Que nos aproveche.
Ana Ruiz Echauri. Periodista.