Apenas había sido proclamado Juan Vicente Herrera candidato por tercera vez consecutiva a la presidencia de la Junta, y su máximo contrincante en las urnas, el socialista Óscar López, ya había dirigido un escrito a la sede regional del PP solicitando un debate electoral con el flamante candidato del PP.
La ansiedad que está demostrando López con el debate es realmente notable, propia casi de aquellos maletillas que en los años 60 desplegaban pancartas pidiendo una oportunidad en la antigua plaza de Vista Alegre. Lleva solicitando ese mano a mano desde hace meses; creo recordar que lo hizo por primera vez el lunes siguiente a las elecciones catalanas, que tampoco parecía el día más indicado para retar a nadie. Y una vez proclamado candidato Herrera, parece dispuesto a no dejar pasar un solo día sin reclamarlo.
Quede clara mi opinión de que los debates electorales entre los candidatos deberían constituir una obligación democrática inexcusable. Y así es en cualquier democracia madura, donde la negativa a debatir se entiende como una falta de respeto al electorado. Pero, desgraciadamente, en España, y en Castilla y León todavía en mayor medida, estamos bastante lejos de alcanzar esa madurez. De momento el PP ha dado largas al asunto, argumentando que faltan tres meses para la campaña electoral propiamente dicha y que ni siquiera están convocadas las elecciones.
Por vergüenza torera y exigencia democrática, Herrera debería estar obligado a debatir con López. Pero conociéndolo, me extrañaría mucho que accediera a ello. A los hechos y antecedentes me remito. Aunque goza de fama de buen orador y tiene acreditada capacidad para improvisar cualquier discurso -una cosa es el envoltorio y otra el contenido-, lo cierto es que el presidente de la Junta nunca ha debatido con nadie en igualdad de condiciones. En el Parlamento siempre ha usado y abusado de las escandalosas ventajas que le concede el reglamento, que le otorga siempre la última palabra y turnos sin restricción de tiempo. Y ni siquiera con esas ventajas ha salido siempre triunfante: Ángel Villalba le ganó claramente un debate sobre el estado de la región y Ana Redondo ha conseguido hacer tablas en más de una ocasión.
Acostumbrado a esas ventajas, veo muy difícil que se preste a debatir con Óscar López, quién, a pesar de otros handicaps, es un político con tablas televisivas que se desenvuelve con habilidad en el cuerpo a cuerpo. El anterior presidente, Juan José Lucas, otro diestro no menos perfilero y ventajista, accedió sin embargo a mantener un debate en una de las campañas electorales. Bien es cierto que impuso el formato que mas le convenía y a un moderador de su absoluta confianza, pero se prestó a debatir con Jesús Quijano.
Y no solo eso: Disponiendo de mayoría absoluta y mucha mas “autoritas” aquí y predicamento en Madrid, Lucas nunca se permitió ningunear y maltratar a la oposición como lo ha hecho su sucesor. Con el “dialogante” Herrera el “rodillo parlamentario” ha sido mucho mas implacable, rechazando por ejemplo una tras otra todas las comisiones de investigación solicitadas por la oposición en los últimos 10 años.
Hace tiempo que pienso, y sostengo con argumentos, que Herrera no es ni mucho menos lo que parece. Detrás de su talante afable y aparente bonhomía personal, se oculta un político que, no por pusilánime, está exento de cierto grado de prepotencia e intolerancia. Por eso no creo que acepte un debate con López ni así se lo suplique el amigo Óscar Campillo, a quién le vendría muy bien el evento para engordar, siquiera sea por un día, la magra audiencia de la única televisión autonómica privada autorizada en Castilla y León, que por cierto recibe una subvención anual de la Junta por importe similar al presupuestado para la Renta Básica de Ciudadanía.