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Triunfo planetario

Triunfo planetario

TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
Contentos y felices deben andar los Arcadi Espada, Félix de Azúa, Albert Boadella, Félix Ovejero y, en especial, Rosa Díez con el triunfo planetario (Money, Money!) de uno de los suyos, el filósofo Fernando Savater, al que anoche le tocó, a modo de QH (quiniela hípica) el máximo premio, algo así como acertar el ganador y el colocado, literario de las Españas. Savater es el ganador del Premio Planeta, con su novela espontánea (o sea, de encargo, tipo: “Fernando, preséntate al Planeta que te lo damos”) titulada “La hermandad de la buena suerte”, que gira en torno al llamado deporte de reyes, las carreras de caballos.

    Una buena, buenísima noticia para todos los firmantes del Manifiesto en Defensa de la Lengua Común, como comprenderéis vosotros, mis amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y planeteados niños y niñas que me leéis. El filósofo que mejor entiende a los equinos corredores –y me temo que sus buenos dineros anuales le cuesta—se va a embolsar una pasta gansa gansísima. Eso sí, administrada en dos o tres entregas, por aquello de los motivos fiscales.

    El triunfo de Fernando Savater, incluso en época de crisis del sistema financiero mundial, es una buena noticia para él y sus amigos. Una buena noticia y un buen negocio para el agraciado. Pero, el Premio Planeta, entendido como negocio, le sale redondo a José Manuel Lara Bosch, el dueño… De la novela ganadora este año se venderán cientos de miles de ejemplares (hasta el difunto marqués de Iría Flavia, Camilo José Cela, consiguió vender algo así como 600.000 ejemplares) y lo mismo ocurre con la finalista.

    Aunque, pequeñines/as míos/as, la pregunta del millón de euritos, sigue siendo ¿todos los ejemplares vendidos se leen? Pues como que no. Se venden. Los compran. Los regalan. Incluso se colocan en esas librerías multiusos de los salones-comedor de las clases bajas. Savater no es Antonio Gala (otro ganador del Planeta), que tiene una inmensa legión de señoras menopáusicas que lo han consagrado como su autor de cabecera. El filósofo donostiarra, ciertamente vende sus obras de divulgación entre la ética y la estética. Es más, cientos de miles de personas leen –según me comenta mi director de comunicación—sus artículos periodísticos. Es un tipo que cae bien. Ameno, incluso cuando, del brazo de Rosa Díez, se tira al ruedo de la política. Eso sí, viste fatal. Casi tanto como lo hacían los arquitectos y diseñadores de hace una década. Y no atina con  los complementos adecuados. (Fernando, hijo, esas gafas que –es un decir— luces son más propias de Paquito Clavel que de todo un señor filósofo; ni siquiera sé cómo te permiten la entrada en los hipódromos de Ascot y de Deauville). Claro que sus desaliños indumentarios son peccata minuta, porque sus conocimientos en materia de carreras de caballos son enciclopédicos y comparables al de mi entrañable amigo lord Collingwood, capaz de recitarte de carrerilla ¡¡¡y sin estímulo etílico alguno!!! sobrio como un juez, la lista de los ganadores y colocados en los últimos cincuenta años del derby de Epsom.

    No obstante, una duda corroe mi ánimo… ¿Qué hará Savater con los dineros del premio? ¿Colocarlos en Deuda Pública? ¿Comprar acciones de Telefónica? ¿Esconderlos debajo de un ladrillo? Bueno, yo en su caso, y dadas las aficiones del filósofo novelista, haría caso a los soplos del hipódromo y me los gastaría en apuestas triples, cuádruples y quíntuples, que aparte de ser más elegantosas, pueden dar más dinero que el bingo. Claro que, amadísimos/as mi paterno corazón, yo soy rico y, en cambio, Fernando Savater, no.
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