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Chueca: plaza a evitar

martes 14 de abril de 2009, 13:35h
Actualizado: 20 de abril de 2009, 11:49h
La plaza de Chueca sufre un proceso de degradación que la hace cada vez menos atractiva para los paseantes. Recuperada –gracias a los negocios gay- del trapicheo de drogas que la arruinó en los ochenta ahora es pasto de la suciedad, el botellón, el ruido y el top manta. Vayamos por partes.

En los bancos públicos de la plaza se asientan cada día unas decenas de sin techo que consumen ingentes cantidades de alcohol y dejan a su alrededor un nauseabundo rastro de desperdicios, desde restos de comidas a botes de bebidas, botellas, vasos de plástico, cartones de vino, etc. Así se origina un olor insoportable, pero también es frecuente que se inicien peleas entre estas personas cuando la ebriedad comienza a ser evidente. Con suerte algún cliente de terraza sufrirá sus consecuencias. La policía municipal ni va ni se la espera.

Al caer la tarde, cuando hace buen tiempo, aparece una decena de orientales con mochilas vendiendo botes de bebidas entre las mesas y paseantes. Sentado en un banco, otro oriental-nodriza provisto con docenas de botes en carritos de la compra surte a los vendedores ambulantes, que no dudan en ofrecer su mercancía a los clientes de las terrazas de pago. Naturalmente a precio mucho más reducido.

El callejón de Barbieri, salida a Augusto Figueroa, se colapsa todas las tardes con una decena de manteros, severamente vigilados por un joven moreno que actúa con violencia contra los vendedores que no parecen ser de su clan y quieren también extender su manta. Los invidentes que van hacia el Metro o a la central de la ONCE en la calle Prim, pasan por un auténtico calvario antes estos obstáculos. A la policía tampoco se la espera para eliminar la venta ambulante.

Junto a la boca del Metro hubo un mini parque infantil. Las atracciones para los niños se retiraron porque esa zona era la elegida para que los sin techo cagaran y mearan libremente. Ahora los niños no puede jugar y los meones y cagones tienen más espacio para su retrete público. Los clientes de los veladores aledaños son testigos de las deposiciones y deben aguantar sus aromas tras pagar las consumiciones a precio de oro. La policía municipal, ausente.

Muchos vecinos de la zona sacan a sus perros a pasear por esta plaza. Bastantes de ellos dejan la cagadas donde las ponen los animales (los de cuatro patas). No consta que la policía municipal haya puesto sanciones a estos guarros (los de dos patas).

Bastantes de los camareros de las terrazas, cuando limpian una mesa que se queda libre, echan al suelo los desperdicios. A medida que avanza la tarde el suelo de la plaza aparece alfombrado de servilletas de papel, colillas, bolsas vacías y restos de todo tipo sobre el que se sientan nuevos clientes que pagan como si estuvieran en los impolutos salones del Ritz. Esta es una costumbre bastante común en todas las terrazas callejeras de Madrid.

No falta el ruido. Cuando las terrazas se pueblan de clientes, aparecen los que pretenden ser músicos callejeros con sus amplificadores -¿no están prohibidos?- para atormentar a dichos clientes -y a los vecinos- con el ruido que pretende ser música. La patrulla contra el ruido, presentada a bombo y platillo por la señora Botella, ni está ni se la espera. A todo esto, de los árboles plantados en la última reforma –por llamarla de alguna manera- sólo sobreviven a duras penas seis.

No deja de sorprenderme y preocuparme que cuando, en un lugar tan reducido, se infringen todos los días, a todas horas, un buen número de ordenanzas municipales (contra la contaminación acústica, contra la venta ambulante, contra el medio ambiente, contra la limpieza, contra el consumo de alcohol en la calle) nadie adopte medidas.

Son bastantes los  clientes hasta ahora habituales de Chueca que ya la han abandonado. Los extranjeros se muestran fascinados por esta súbita inmersión en el Tercer Mundo. Pero quienes buscan un poco de tranquilidad, de buen ambiente, de buen servicio y de un sitio para conversar amistosamente, no lo encuentran ya en Chueca. Y, me temo, la situación no hará sino empeorar.
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