Zapatero está encantado con los sindicatos con los que mantiene las reglas de juego de un matrimonio de conveniencia.
Hay razones para el divorcio, pero a ambas partes le conviene mantener las apariencias de pareja estable y cumplir con los compromisos prematrimoniales que firmaron.
En plena crisis económica, con más de 4 millones de parados, una recesión que avanza después de cinco trimestres consecutivos de contracción del PIB, y con el dato angustioso para 2 millones de españoles que malviven con una pensión de 421 € al mes, los únicos que no padecen penurias son los sindicatos, a los que no les importa hacer de mantenida mientras arrecia el temporal entre los parados.
El Presidente del gobierno, del que no se puede esperar una mala palabra, pero tampoco una buena acción, les ha agradecido a los “funcionarios” que lideran la UGY y CC OO, “el temple, la cordura y la responsabilidad de mantener un clima de paz social durante la crisis economica”, y le ha dicho que nunca olvidará esta actitud.
De hecho, para que no se le olvide les ha prometido iniciativas para dotar de mayor representatividad institucional a las fuerzas sindicales: es decir más dinero y más sillones para la mamandurria.
Zapatero lo tiene claro: a él no le montan una huelga general los sindicatos como hicieron con
Felipe González y con
José María Aznar, cueste lo que cueste, pero eso lo tiene fácil porque esos sindicatos no son aquellos ni él se asemeja a los anteriores Presidentes de Gobierno.
Aquellos sindicatos le plantaron cara al propio Felipe González y consiguieron que el 14 de diciembre de 1988 secundaran la huelga general que habían convocado UGT y Comisiones Obreras 11 millones de personas.
La única televisión que había se fue a negro y la gente supo que aquello iba en serio. Después de aquello hubo otras cuatro huelgas contra el gobierno socialista, y un par más contra el de José María Aznar.
Personalmente coincido en que en estos momentos no arreglaría nada una huelga general, pero un poco más de presión al gobierno – en vez de tanta connivencia – y de colaboración con los generadores de empleo que son los pequeños y medianos empresarios en la salida de la crisis, sería lo mínimo que habría que exigirle a los sindicatos.
El precio que pagan los gobernantes por gobernar es dejarse jirones en el empeño, por eso de Zapatero no hay nada que esperar.