Saben, una de los acontecimientos políticos que más me han impresionado últimamente fue la intervención de Ségolène Royal la noche de las elecciones en que, ante sus cientos de miles de seguidores, terminó su alocución diciendo :"Viva la República, Viva Francia". Les confieso que me dio envidia ver a esta dirigente socialista que puede convertirse en Presidenta de la Republica Francesa diciendo "viva Francia". Y es que aquí ningún socialista, ningún dirigente de la izquierda sería capaz de hacerle temiendo que le tacharan de "facha". Esa es todavía una herencia del franquismo, el que la izquierda no termina de sentirse a gusto con España, precisamente porque durante cuarenta años el dictador y los suyos se apropiaron de ella y sus símbolos, hasta convertirlos en algo rechazable por una parte de la ciudadanía.
Han pasado ya treinta años de la muerte del dictador, tiempo suficiente para ahuyentar los fantasmas del pasado y, sin embargo, en el subconsciente de una parte de la izquierda aún perduran los prejuicios respecto a España. Hay políticos a los que les cuesta decir España, y que se sonrojarían si tuvieran que decir "viva España". Hablan del "Estado español", ese invento del franquismo, pero lo prefieren a decir España, como si la sola palabra fuera ofensiva. Es decir, actúan con complejo, un complejo que parece difícil de superar. Si uno se siente español es tachado de "facha" frente a quien solo se siente y es nacionalista vasco o catalán, lo cual resulta insólito teniendo en cuenta que éste es un viejo país con una historia antes y después de la dictadura.
Volviendo a Ségolène Royal, la cuestión es que ella es primero francesa y después todo lo demás, al igual que Sarkozy o el resto de los políticos franceses. Lo mismo sucede con los británicos, los alemanes, los norteamericanos, o cualesquiera otros ciudadanos de cualquier país. El problema es que aquí no nos hemos librado de esos fantasmas del pasado y hace falta que algún día algún político de izquierdas, con toda naturalidad y sin complejos sea capaz de decir España sin atragantarse. En plena transición Santiago Carrillo colocó la bandera española en el PCE, y ese fue un gesto valiente digno de un político de su altura y desde luego sin complejos.
A mí personalmente no me gustan mucho ni los himnos ni las banderas ni las fronteras, nada que pueda dividir a los hombres, pero aún así me maravilla que otros ciudadanos en otros lugares vivan en su país sin complejos, y digan lo que son sin complejos, de ahí que me sorprendiera ese "viva Francia" de una mujer como Ségolène Royal, que ojalá se convierta en presidenta de Francia.