“Radicales y socialistas pensamos igual y debiéramos pertenecer al mismo partido” (Ricardo Alfonsín, 27 de febrero de 2010 en Rosario)
"Los radicales somos como los viejos liberales y los viejos socialistas” Raúl Alfonsín, Madrid, 3 de octubre de 1985)
¿Liberales? ¿Socialistas? ¿Qué son los radicales?
No hay dudas de las fuertes raíces liberales del radicalismo fundacional, el de las revoluciones de l890, 1893, 1905. “Gobernad lo menos posible”, decía Leandro Alem, reividicando su fuerte respeto a la libertad de las personas y su creencia en la fuerza de la voluntad en los seres humanos para cambiar su destino. El último libro de Exequiel Gallo sobre el fundador del radicalismo ilumina sus convicciones básicas, influidas por las lecturas de “El Federalista” de Hamilton y “La democracia en América”, de Tocqueville.
Curiosamente eran tiempos de coincidencias con los socialistas originarios. Justo y Repetto participaron en el proceso de formación de la Unión Cívica que desembocaría en la revolución de 1890, al igual que Lisandro de la Torre. La separación vino luego, frente a la decisión del yrigoyenismo de concentrar su agenda programática en “la Constitución”, y a las exigencias de mayor compromiso ideológico que reclamaban, desde diferentes posiciones, los socialistas y los demócratas progresistas.
Yrigoyen respondía con sus herméticas construcciones discursivas a estas demandas, que se trasladaron incluso al seno de su propio partido. Su debate con Pedro C. Molina, organizador de la revolución de 1891 en Córdoba y presidente del Comité Nacional de la UCR, quién también reclamaba mayores precisiones ideológicas, quedó para la historia como el cruce de dos conceptos sobre la identidad del radicalismo en el abanico ideológico del temprano siglo XX. Yrigoyen fue inflexible, aún a costa del abandono del prestigioso político cordobés de entonces de las filas radicales. El radicalismo, en la visión yrigoyenista, “no es un partido más. Es una conjunción de fuerzas emergentes de la opinión nacional, nacidas y solidarizadas al calor de las públicas reivindicaciones”. No podía atarse a programas, que lo convertirían en “un partido más”. Su programa era la Constitución Nacional.
La tormenta del mundo, en el siglo XX, inundó también al radicalismo. En su seno surgieron fuertes expresiones nacionalistas, bordeando la simpatía con el Eje y los movimientos nacionalistas europeos. FORJA anduvo por esos espacios, adelantando lo que sería el peronismo. Pero otra importante corriente radical confluyó, con los socialistas y los conservadores, en reforzar su impronta liberal, a la que sin embargo se le adicionaba un creciente posicionamiento social a la moda de los tiempos. El Partido Comunista adhirió a esa confluencia, que pasaría a la historia por haber perdido las elecciones de 1946 contra el naciente peronismo y cuyo programa fue redactado íntegramente por el Partido Socialista. Y aunque la renovación radical iniciada con el surgimiento del movimiento de Intransigencia y Renovación y la Convención de Avellaneda tomaba nota de la necesaria modernización –de nuevo, a tono con los tiempos- de las propuestas económico sociales, ello no influyó demasiado en los años que vinieron. Las nuevas conducciones, con expectativas renovadas, también renovaban su lucha “liberal”, esta vez por las libertades públicas, aunque no sólo por ellas. Alcanza con recordar la propia Carta de Avellaneda: a la vez que se sumaba a la fuerte presencia estatal que era el signo de la época –desde los fascismos hasta los socialismos europeos- reivindicaba con la misma firmeza la libertad económica:
“Nacionalización de todas las fuentes de energía natural de los servicios públicos y de los monopolios extranjeros y nacionales que obstaculicen el progreso económico del país, entregando su manejo a la Nación, a las provincias, a las municipalidades o a cooperativas según los casos. Pero a su vez, a todas las actividades económicas que no estén comprendidas en ese proceso de nacionalización debe asegurárseles una amplia libertad económica, sin trabas artificiales creadas por los poderes públicos, por la especulación o por las grandes concentraciones de capitales. En tal forma se concilian los intereses de la Nación, que es la que debe orientar nuestro desarrollo material, con el principio de la libertad económica, que dentro de un plan para el progreso social argentino, tiene una función creadora que desempeña, mediante la iniciativa privada.”
Y en lo político, mantuvo su coincidencia objetiva con los sectores alineados en la lucha contra las violaciones de libertades democráticas y el retroceso de la Argentina liberal que significó el peronismo. Sus dirigentes sufrieron exilios, represión y cárcel con poca diferencia de grados. Balbín, Palacios, Hardoy, Codovilla, fueron la “punta del iceberg” que representaban a miles de militantes radicales, socialistas, conservadores y comunistas víctimas del desborde del poder y la intolerancia utilizadas como herramientas de lucha, más que como ejes de visiones ideológicas diferentes.
En el peronismo, mientras, habían recalado también ex radicales, ex conservadores, ex socialistas y ex anarquistas. No es cierto que ese enfrentamiento ubicara frente a frente “el pasado contra el futuro”, sino en todo caso se trató de otro curioso alineamiento de los tantos que han movido la historia argentina al compás de intolerancias recíprocas y de la incapacidad de generación de diálogos estratégicos. Más que las visiones del país buscado, la diferencia estaba en el papel que unos y otros asignaban a las personas y a las corporaciones, los límites que debía tener el ejercicio del poder y la extensión de los derechos inalienables de los ciudadanos.
La solidaridad en la lucha por la Argentina democrática sostenida durante el decenio peronista se proyectó hasta la Revolución Libertadora. Alconada Aramburú fue Ministro –treinta años después lo sería de Raúl Alfonsín-, como Alfredo Palacios fue Embajador, aunque fueron los conservadores sus principales conducciones con la presencia del renacido nacionalismo.
La segunda mitad del siglo XX encontró a radicales y socialistas confluyendo y disintiendo. Sería agotador marcar unas u otras circunstancias y deberán ser historiadores y politólogos quienes narren y traten de interpretarlas. Baste con recordar que en los últimos tiempos, mientras radicales y socialistas –con otras fuerzas- han confluido en el Acuerdo Cívico y Social, aún inestable, mantuvieron posiciones enfrentadas en hechos tan decisivos como la confiscación de los ahorros previsionales privados por el kirchnerismo –que los radicales cuestionaron con firmeza y los socialistas apoyaron- y la sanción de la ley de medios audiovisuales para amordazar la prensa –contra la que los radicales batallaron incansablemente, y los socialistas respaldaron-.
¿Son lo mismo radicales y socialistas? De cara al pasado, la respuesta no la darán los dirigentes, sino la historia, que es la que es. Y de cara al futuro, lo que en todo caso definirá la identidad es la visión del país deseado y las acciones que se tomen por unos y otros. A fines del siglo XIX se encontraron unidos en la lucha por el sufragio y durante el Yrigoyenismo se separaron fuertemente –al punto que los socialistas apoyaron la asonada de 1930 y participaron de la fórmula con Agustín Justo, en 1937 mientras era proscripto el radicalismo y la candidatura de Alvear- y nuevamente la historia volvió a juntarlos en el rescate de las libertades, la revalorización del Estado y de la “cuestión nacional” al acercarse la mitad del siglo XX. En cuanto al futuro, está por escribirse.
Los tiempos que vienen no tendrán como protagonistas a las naciones ni a las “clases sociales” en términos marxistas –caros a la formación ideológica del socialismo-. La sociedad que se está conformando tiene un fuerte componente global, se apoya en el protagonismo cada vez más fuerte de las personas, favorecidas por las poderosas herramientas comunicacionales que les permiten referenciarse con la sociedad global en sus luchas, en su actividad económica, en su proyección cultural, en su militancia por las causas más diversas y en sus solidaridades que atraviesan fronteras. La agenda que las mueve tiene pocos contactos con la que movió los conflictos del siglo XX y está más cercana a las preocupaciones de la posmodernidad: riesgo climático, inseguridad cotidiana, polarización social extrema, preservación del hábitat planetario, terrorismo global, carteles internacionales, en síntesis, los problemas de la sociedad de riesgo global definida por Ulrich Beck. El reverdecer del individualismo, aunque trasladado a los seres humanos de carne y hueso –y no sólo a su abstracción política, el “ciudadano”- pareciera favorecer un nuevo renacimiento del radicalismo, en el que buceando muy dentro de sus impulsos vitales seguramente se encontrarían herramientas socialistas para lograr la justicia y herramientas liberales para garantizar la ampliación de la libertad política y el crecimiento económico.
En todo caso, es más facil detectar lo que no cabe en el radicalismo. Ser indiferente ante las injusticias, alzarse de hombros frente a las violaciones de los derechos –económicos, políticos, sociales- de las personas, considerar a la Constitución sólo una herramienta utilizable o no según la conveniencia circunstancial, utilizar el poder para beneficio personal, son conductas que están en las antípodas de los valores que han atravesado la historia del viejo partido. Tanto como desmerecer el trabajo creador, mentir a sabiendas, despreciar el esfuerzo de los pioneros, o suponer que se pueden arrebatar libremente los frutos del esfuerzo de productores, emprendedores, industriales, trabajadores, artistas y creadores.
Entonces, radicales ... ¿socialistas? ¿liberales?...
Hace medio siglo lo primero miraba al futuro y lo segundo al pasado; hoy los términos se han invertido, aunque tomando herramientas de ambos cuerpos doctrinarios. Diría en forma de síntesis: el mundo se está decantando por un poco de cada cosa. Sentido social en el marco de la ley. Derechos de las personas, inviolables frente al Estado y al poder corporativo. Apertura intelectual, alejada de los dogmatismos. Afirmación nacional en una visión cosmopolita. Responsabilidad de todos –a través del Estado, de la militancia social, del compromiso solidario- en la igualdad de los bienes públicos que edifiquen el mismo punto de partida, especialmente en el acceso universal a la educación de excelencia.
En esa idea, seguramente habrá batallas que encontrarán a radicales y socialistas en la misma trinchera, así como otras –o las mismas- que verán confluir a radicales con liberales, y hasta con peronistas. Los últimos tiempos del Congreso han sido en esto la mejor demostración. Las fuerzas políticas son categorías históricas y como tal, cambiantes. Pueden dar fe de ello los radicales, revisando las ideas de su fundador, de sus presidentes –Yrigoyen, Alvear, Frondizi, Illia, Alfonsín, de la Rúa- y de sus sucesivas plataformas.
Lo más importante no es tratar de “ser iguales” en un mundo en el que cada vez brillan más los aportes creativos desde las diferencias, sino ser capaces de articular consensos que hagan mejor la vida en común, reduzcan las inseguridades, potencien la libertad creadora y consoliden una convivencia en paz.