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Crispación, diálogo y consenso

No sería un “cambio de cromos”, sino una sensata concurrencia de intereses. Me refiero a la propuesta de Mariano Rajoy de que, en lugares de especial conflictividad, tensión o dificultad política, los dos grandes partidos transversales del Estado, PP y PSOE, acepten facilitar el gobierno del mayoritario, renunciando a la compleja arquitectura de alternativas multipartidarias. Es claro que esto se refiere a dos Comunidades que, en los momentos actuales, son muy especiales por muchas y acumuladas razones, Navarra y Canarias, no así en Baleares donde nace sucede porque hable el lenguaje de los pactos.

Con las elecciones generales a la vuelta de la esquina –al fin y al cabo, diez meses, que es la hipótesis máxima de agotamiento de Legislatura, no son nada, y lo probable es que sean varios menos– no le conviene al PSOE ese pacto con el emergente nacionalismo vasquista, que es una patada en el trigémino de la hasta ahora nunca discutida españolidad de Navarra y que puede movilizar, en el resto del país, un voto “contra”, similar al que –clara y personalizadamente contra Rodríguez Zapatero– ha engrosado las ya cargadas alforjas de votos del PP en Madrid. Si la cuestión no se hubiera planteado en público, probablemente no habría recibido el airado rechazo de José Blanco.

La cuestión canaria es menos dramática, porque el nacionalismo canario es moderado y conservador, pero más enrevesada, porque se cruzan demasiadas variables para un análisis rápido. Pero así, de primeras, no puede el PP dejar de recordar que ya por dos veces pactaron con CC y las dos veces CC rompió el pacto y se desembarazó del PP cuando pensó que le convenía más entenderse con el PSOE. No hay dos sin tres, y a la tercera va la vencida. Incluso si bien se mira, para el PP sería cómodo “dejar hacer” en Canarias, esto es, que gobierne el partido más votado, en este caso el PSC-PSOE de López Aguilar, con la obvia e inmediata compensación de hacerse, vía el acuerdo de Ángel Llanos con socialistas y alguna otra pequeña fuerza política, con la emblemática Alcaldía de Santa Cruz de Tenerife.

Lo que tenga que suceder, sucederá, pero el objeto de este comentario no es hacer pronósticos, siempre muy aleatorios cuando se trata de intereses políticos complejos, sino la sencilla reflexión de que todo esto sería fácil de discutir, tratar, enhebrar y en su caso, llevar a buen término, si viviéramos aquellos buenos tiempos de la transición, cuando Adolfo Suárez llamaba por teléfono a Felipe González y era fácil el diálogo directo entre los dos líderes, ambos comprometidos con la convivencia civil y el interés general de los españoles.

Estas oportunidades son las que se pierden por la crispación, y pienso que sobre ello debiera reflexionar Rodríguez Zapatero. Salta a la vista que no será por Rajoy la falta de diálogo directo, pero es notorio que el líder del PP lo afrontaría más cómodamente si, al menos por una vez, pudiera creer a su interlocutor, es decir, si Rodríguez Zapatero aflojase esa extraña obsesión por crispar la vida pública y arrojar al PP –un partido que, no se olvide, tiene al menos tantos votos, arriba en unas elecciones, abajo en otras, como el PSOE– a los abismos exteriores, con la pienso que equivocada idea de que ello le consolida en el poder, gane o pierda las elecciones. El “consenso”, tan denostado por el actual presidente del Gobierno, no era renuncia de nada, sino diálogo y encuentro en busca de la convergencia plural de los partidos en el interés común de los españoles.  

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