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Jano en Palestina

Palestina se rompe bajo la mirada de Jano, el bifronte dios romano de las puertas, los principios y los finales. El verde de las banderas de Hamas se extiende por toda Gaza. En Cisjordania, no obstante, es Fatah, el grupo de Mahmud Abbas el que, no sin riesgo de que el fuego se extienda también a Ramala, mantiene las riendas del gobierno.

Desde que echó a andar, en 1987 y coincidiendo con la Primera Intifada, Hamas, una  organización islamista sunita, ha tenido como fin último la destrucción del Estado de Israel, a quien aún a día de hoy continúa sin reconocer, y la constitución de un Estado palestino islámico a través de la Jihad, manifestada en frecuentes y abominables ataques suicidas contra soldados y civiles israelíes. Tanto la Unión Europea como Estados Unidos y Japón consideran a Hamas una organización terrorista a la que niegan cualquier tipo de legitimidad.

Aislada y carente de reconocimiento en la esfera internacional, en enero de 2006 Hamas ganó las elecciones legislativas por una aplastante mayoría, no tanto en sentido numérico, sino por el contenido simbólico de la victoria y el cambio. Con el 42’9 % de los sufragios y 74 de los 132 escaños en el Parlamento palestino, Ismail Haniya, cabeza de lista del grupo islamista, se convirtió en Primer Ministro, cargo del que ahora ha sido cesado de modo fulminante por Abbas en uso de sus poderes como Presidente de la Autoridad Nacional Palestina.

Ante la actual situación de violencia entre facciones palestinas surge una pregunta capital: ¿cómo es posible que ganara las elecciones de enero de 2006 un grupo terrorista como Hamas, enfrentado desde el inicio con Fatah y cuyas posibilidades de obtener apoyo internacional del Cuarteto de Madrid para la creación de un Estado palestino son mínimas? Para encontrar una respuesta es preciso trasladarse al día a día de los palestinos, donde el paro y la pobreza afectan, en cifras de 2006, aproximadamente al 40 % de la población activa y 66 % de las familias respectivamente y donde el bloqueo israelí impuesto desde 1967 no sólo supone un deterioro de los términos económicos y una dependencia extremadamente alta de la ayuda exterior, sino que además representa una situación de angustia, frustración y desesperanza permanente. La fuerza de Hamas está en que no se trata únicamente de una organización terrorista, sino que en este escenario de privación, se ha convertido en un proveedor esencial de servicios básicos a la comunidad tales como guarderías, hospitales y clínicas, bibliotecas o comedores sociales, hasta el punto que Reuven Paz, antiguo responsable del Departamento de Investigación para el Servicio de Seguridad General de Israel, estima que aproximadamente el 90 % del trabajo de la organización se dirige a estos asuntos, especialmente en la ahora turbulenta franja de Gaza.

Cansados del inmovilismo de la situación en Oriente Medio, de la corrupción de Fatah en la etapa de Arafat y de un sucesor, Abbas, en el que no ven a un líder fuerte y capaz de defender los intereses de un futuro Estado palestino ante la comunidad internacional y el propio Estado de Israel –en concreto el retorno de los más de cuatro millones de refugiados palestinos es uno de los asuntos más espinosos sobre la mesa de negociaciones– , cansados, como digo, los palestinos han entregado su confianza a la otra cara de Jano, Hamas, porque cuando el elegido Primer Ministro en enero de 2006 Ismail Haniya afirma que la legalidad está de su parte, nos guste o no, tiene razón. La clave está en preguntarse cómo hemos dejado, todos, que la desesperación y la pobreza se aliaran en Gaza y Cisjordania para dar génesis al gobierno de un grupo terrorista que recibió su legitimación en las urnas.

Según la mitología romana, el dios Jano es siempre un augurio de buenos finales. En este caso, el final no podrá ser satisfactorio a menos que todas la partes, tanto los palestinos como los israelíes y la comunidad internacional se reconozcan como interlocutores válidos y se comprometan en la recuperación pacífica del espíritu de los Yitzhak Rabin y Yassir Arafat de 1993. Hasta entonces la violencia, de cualquier bando, sólo puede engendrar más violencia.
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