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Un país feliz, alegre y confiado

Hay gentes a las que no les gustan las columnas optimistas, instaladas como están, esas gentes, en el ‘cuanto peor, mejor’. No reconozco a esta España en las diatribas apocalípticas con las que cada mañana nos obsequian algunos radiopredicadores. Recorriendo, el pasado sábado, las calles de Madrid, atiborradas de ‘hinchas’ del Sevilla, alegres y bullangueros, dí en pensar que estamos en un país razonablemente feliz, próspero y en el que, quienes hemos transitado ya algunas décadas por aquí, puede pedirse que, cuando peor estemos, que estemos como ahora. Al menos, si tomamos los meros índices numéricos que se utilizan –porque ¿quién es capaz de saber las claves de la verdadera felicidad?- -para mostrar el bienestar de una población.

Fíjese usted, si no, en que están agotados los pasajes de muchas compañías al Caribe para este verano; o en que, dentro de unos días, centenares de miles de nuestros adolescentes van a viajar, en plan de estudios o por meras vacaciones, a países extranjeros; que siguen disparadas las ventas de coches de lujo, y no van nada mal las de los otros. Claro que los riesgos están ahí: consumimos cuatro veces más cocaína que la media europea; nuestros hijos están entre los que mayor sobrepeso muestran en el mundo; seguimos a la cabeza de billetes de quinientos euros almacenados quién sabe dónde. O más cosas: aquí se emplea la mitad del cemento que consume toda la UE, puede que haya millón y medio de casas vacías, pero siguen las compras…

No estoy seguro de que la inconsciencia con la que a veces los españoles nos lanzamos al gasto no esté haciendo de nosotros un país egoísta e insolidario, poco previsor y menos ahorrador. Un país algo bronco, capaz de sacar las navajas dialécticas para debatir si un torero es mejor que otro o para pelearnos por el color de una condecoración a una soldado muerta en Afganistán.

Confiemos en que no haya utilizaciones partidistas ahora, cuando acabamos de celebrar los funerales de Estado por seis militares asesinados por el terrorismo ciego islamista en Líbano; confiemos en que no se reabra ahora la polémica sobre si nuestras Fuerzas Armadas deben o no estar en misión pacificadora –que en esto están- en zonas del mundo especialmente desgraciadas. El país casi opulento -en el que, sin embargo, tantas diferencias subsisten-, receptor de mano de obra extranjera, feliz (razonablemente, ya lo he dicho), confiado y tal vez desinformado, no puede ahora, pienso, aprovechar la coyuntura para desentenderse de esto. También de esto.
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