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La visita a Madrid del ‘jefe de los inmigrantes’

La visita a Madrid del ‘jefe de los inmigrantes’

El mayor problema relacionado con la visita del nuevo presidente ecuatoriano, Rafael Correa, a Madrid es que ni siquiera hay acuerdo en cuántos inmigrantes ecuatorianos hay en España: setecientos mil, según Correa (y muchos de ellos ilegales), quinientos mil, de acuerdo con el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero (y la mayoría, legalizados y con contratos de trabajo). Así no se puede hacer una política seria y coherente de cara a la inmigración, como es evidente: oficialmente, hemos ‘perdido’ doscientas mil personas, que viven y trabajan en España, que generan riqueza y que son portadoras de derechos y deberes. Y que, dentro de no mucho, serán ciudadanos de pleno derecho en el país de acogida (vamos a decirlo así, por decirlo de una manera educada, aunque tal vez ‘acogida’ no sea la palabra más adecuada).

La visita de Correa podría haber sido más fructífera, si el presidente ecuatoriano hubiese estado más receptivo con la prensa (aunque ya sabemos que los medios de comunicación y los periodistas no somos sus favoritos) y si las autoridades españolas hubiesen preparado mejor este viaje a un país que es el primer receptor europeo de mano de obra ecuatoriana. De momento, el Gobierno de Zapatero ni siquiera reconoce el número de inmigrantes reales, porque no quiere admitir que la inmigración clandestina sigue siendo equiparable a la legal, y que en determinados sectores laborales esta inmigración sigue siendo imprescindible para que no cierre un número considerable de empresas que emplean trabajadores ‘a bajo costo’.

Nada de esto se ha planteado en toda su crudeza con motivo del viaje de Correa, a quien alguno de sus asesores ha llegado a decir que ‘dentro de tres generaciones, puede que el presidente del Gobierno español sea un nieto de inmigrante ecuatoriano’. Lo cual, dicho sea de paso, bien puede resultar cierto, de la misma manera que descendientes de inmigrantes y exiliados españoles ocuparon puestos relevantes en países de América Latina.

Pero, de momento, para buena parte de la sociedad española, especialmente la centrada en el principal partido de la oposición, el Partido Popular, Correa no es sino un gobernante atípico más en América Latina, casi como Hugo Chávez y, en menor medida, Evo Morales. Lo menos que se puede decir es que Correa ha sido tratado con cierta distancia –aunque su entrevista con el Rey fue cordial, y la de Zapatero, “sincera”, según fuentes del palacio presidencial de La Moncloa—y que los resultados de su visita, técnicamente ‘privada’,  a España han sido escasos. Y eso que, como digo, setecientos mil ecuatorianos aseguran que la hostelería, la construcción, la agricultura y muchos servicios funcionan en España. El camino de la plena cooperación entre los dos países no es, pienso, el que se ha marcado con esta primera visita de Cortrea a Madrid, una visita a la que ni siquiera se le ha querido dar el título de ‘oficial’, sin que nadie entienda muy bien por qué.

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