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Lamela gana el premio Houdini

El consejero de Sanidad tiene que hacer números y encajar datos para demostrar que en Madrid la sanidad pública funciona mejor que en la serie “Médico de familia”, pero a Lamela le falta el punto de bonhomía de Emilio Aragón. Lamela cae más antipático que media hora en la sala de espera del dentista, cuestión que a él le trae al pairo y que procura cultivar con una imagen de señorito de tablao que resulta extraña a la par que distante. En el oeste americano el consejero tendría el revolver cargado de muescas.

La sanidad está en pleno cabreo y Beteta dice que se trata de una huelga política, (como si algo quedara fuera del alcance de ella). Habitualmente nuestros comportamientos son políticos aunque no militemos ni tengamos cargos públicos. Y, en todo caso, uno está en su derecho de hacer huelga y que no le reprochen que estamos en periodo preelectoral porque también se les podría decir a los consejeros que actúan motivados por el mismo resorte.

Lo que se le pide a Lamela es que pacifique, escuche y atienda a los responsables de la sanidad madrileña, no que haga un quite taurino, el llamado “quite del desprecio”. Pero él se ve más interesado en cuadrar a martillazos la contabilidad de las listas de espera, para agraviar antes a la ministra que solventar los problemas cotidianos.

Houdini dejó a un buen alumno capaz de realizar los numeritos contables más inverosímiles. Lo que no sé es si al madrileño le hace falta un mago de las listas de espera o un consejero permeable a las reivindicaciones y necesidades de la sociedad. Y menos hostil en su puesta en escena.

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