Negar la verdad o simplemente negarse a verla
viernes 28 de septiembre de 2007, 11:46h
Actualizado: 19 de octubre de 2007, 12:54h
Las palabras a veces son más una expresión de deseo que un análisis cierto de la realidad.
El jefe de Gabinete, aseguraba que “en la Argentina no existe inflación”, tratando nuevamente de ocultar el sol con la mano.
Todos los días las amas de casa de este país, el mismo que habita el Señor Fernandez, sabemos que no es así.
Cada vez que hacemos las compras nos enfrentamos con una realidad que no puede disfrazarse: los costos aumentan pero como nuestro presupuesto es inamovible, gastamos lo mismo pero compramos menos.
Hablar de inflación o señalar errores pareciera una forma de atentar contra el país.
Extrañamente pareciera entenderse que ocultando la verdad la realidad puede cambiar. Sobradamente sabemos que no es así, que para reparar algo primero debemos contar con un diagnóstico cierto, sólo a partir de él podremos desarrollar las estrategias correctas que nos permitan arribar con éxito a una solución.
Es la visión certera y real del pasado la mejor forma de no repetir errores y poder enmendar los cometidos.
Es la visión real y cierta del presente la que nos permitirá construir un futuro venturoso, tarea esta en la que estamos todos comprometidos y en la que debemos todos ser tenidos en cuenta.
Pareciera contradictorio pensar, que con un estado que a diario se pronuncia a favor de la defensa de los derechos humanos y lo expresa en gestos y palabras en cada oportunidad que se le brinda, existan niños que padecen desnutrición, desamparo, analfabetismo.
Transitan la ciudad como sombras. Asechan como fieras hambrientas a sus presas. Tienen por familia a sus pares, por estímulo a la droga, por respuesta a sus necesidades insatisfechas, la indiferencia.
Nadie y todos a la vez hablan de ellos. Pareciera contradictoria la frase pero es real: al tiempo de tenerlos en cuenta para asistirlos, se hacen invisibles a los ojos de quienes deben articular las medidas pertinentes para lograrlo, pero cuando desbordados responden como han aprendido a hacerlo y se muestran como fieras embravecidas, son muchas las voces que se alzan para condenarlos.
Son lo que pueden ser y ocupan el lugar en el que se los han puesto sin darles otra opción.
Sólo un necio puede pensar que estos niños disfrutan de la vida que llevan.
Sólo un necio puede pensar que sin ellos hay futuro.
Se preguntarán qué relación tiene esto con la inflación, la respuesta es simple: mientras el jefe de gabinete dedicaba parte de su valioso tiempo para defender al INDEC y los más altos funcionarios se vanaglorian de ser parte de un gobierno que prioritariamente se ocupa de los derechos humanos, un niño de doce años moría víctima de otros niños, de aquellos que obran de manera salvaje porque no conocen otra forma de obrar, pero es este por lo visto un “tema menor” que no corresponde ser tratado por un funcionario de semejante envergadura.
Nadie dio una respuesta, nadie movió un dedo para cambiar esta historia que de seguir su marcha costará muchas vidas.
El país es de todos, sus miserias y sus riquezas también.
Tratemos de pensar cómo hacer para incluirlos en este proyecto de país donde según dicen, todos somos tenidos en cuenta.
Nadie puede hablar de derechos humanos si un niño tiene la calle por hogar y no es dueño siquiera de su propia vida.
Las palabras cobran vida en las obras, se jerarquizan en el hacer, pierden valor cuando su único contenido son sólo letras.
Negar la verdad o simplemente no querer verla es un juego peligroso.
La verdad es como el sol, podrán las “nubes” taparla pero bastará un brisa para que quede al descubierto.