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Urgente: necesitamos otro Alfonso Suárez

Urgente: necesitamos otro Alfonso Suárez

domingo 23 de marzo de 2014, 17:15h
Lo llamamos democracia y  así lo era y así lo sigue siendo. Aunque no teníamos ni idea de que iba. Si acaso los más mayores podían recordar algo de aquel sistema político destrozado en España tras los cuarenta años de dictadura que siguieron a los tres de guerra,  pero sin duda sus recuerdos estarían empañados por el inmenso trauma de casi medio siglo que vivió el país fuera del mundo civilizado. Suárez fue el líder audaz que se encargó de recuperar la democracia  inventando una transición que resultaba casi imposible de imaginar. Pero, al margen de la valoración objetiva de su legado, me quedo con su motivación para darle la vuelta a la historia de este país que había contenido la respiración tras la muerte del dictador. 

Estaba encerrada en aquella frase que les prestó Fernando Onega ( ¡que envidia profesional, maestro!): " elevemos a categoría política de normal lo que a nivel de calle es normal". Esa fue la clave, conectar con la gente, con un pueblo mayoritariamente joven que no entendía como podía seguir el fascista  Arias Navarro manteniendo el franquismo en el poder sin Franco. Que demandaba  y exigía un cambio drástico para  convivir y crecer en democracia como lo hacían  desde hacía muchos años todos los vecinos europeos. Suárez desmontó la tramoya de la dictadura pero, sobre todo, conectó por la calle. Ese fue su legado y esa es hoy nuestra carencia. No hace falta unirse a las marchas por la dignidad que acaban de llegar a Madrid para militar en la legión de ciudadanos que sienten distantes, lejanos y abandonados por la política y los políticos.

La peste de la corrupción generalizada en centenares de políticos y en casi todos los partidos, la degradación del estado de bienestar que ha traído la crisis económica , el desigual reparto de sus tremendas consecuencias y la incapacidad de gobiernos y políticos para evitar primero la crisis y  salir de cuanto antes de este pozo sin fondo ha vuelto a los ciudadanos de espaldas a la clase política.

También el hecho de que seguimos colgados de la brocha de una bendita Constitución que tiene ya 36 años, a la que sólo hemos votado los que hoy superamos con mucho la cincuentena. En este momento son más los españoles que no votaron esa Constitución y que no vivieron los muchos días de pánico que hicieron falta para superar la larguísima noche del enfrentamiento ente los españoles o del sometimiento de unos a otros que trajo la dictadura. No tienen hacia ella el sentido casi reverencial que mantenemos casi contra viento y marea a la Carta Magna. Y no parece que hoy en día se cumpla aquel mantra de Suárez que le escribió Ónega: las sensaciones de cabreo, de orfandad democrática, de vómito ante la corrupción,  de abandono institucional ante las miserias y las dificultades de los ciudadanos, el distanciamiento absoluto de los políticos que viven los ciudadanos, lo que a nivel de calle es normal, no es reconocido ni asumido en el discurso y las decisiones de los gobernantes, de las instituciones y  de los políticos. El divorcio de la gente con el sistema es cada vez más profundo. Alguien tendrá que arremangarse y dedicarse a la tarea inmensa de reconciliar la política con la calle antes de que todos nos convirtamos en antisistemas y rechacemos una democracia que tanto costó traer y que tan buenos resultados ha dado durante décadas. Sólo otro  líder genial, audaz, profundamente democrático y vehementemente dialogante puede repetir el milagro de conectar la calle con la política. Si existe ni le conocemos ni le vemos venir. Necesitamos urgentemente otro Adolfo Suárez.
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