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Sesión de desvestidura

lunes 29 de febrero de 2016, 10:33h
Vivimos vísperas de unas sesiones de investidura en un ambiente más propicio a una desvestidura. El presunto investido pretende serlo con sus votos y los de un grupo bisagra de ocasión, a conciencia de que la suma de ambos no puede alcanzar la mayoría necesaria. Desde el punto de vista de una política de Estado habrá que agradecerle, sin embargo, si las cosas transcurren de acuerdo con la lógica, haber frenado en seco una amenaza destructiva que hace unas semanas parecía real: un frente popular disfrazado de gobierno “de progreso” en que se confabulaban tendencias leninistas, chavistas, anarquistas y separatistas incompatibles con la continuidad histórica de España y peligrosas para la estabilidad estratégica de Europa. El señor Sánchez se despojará de su vestido presidencial evitando, a la vez, la tendencia hacia el caos del sistema constitucional. Su “strep-tease”, quizá involuntario, no será estéril.

El gran desvestido ha sido ese amasijo de odio y demagogia que pretendía capitanear Pablo Iglesias. Desvestido del puesto de vicepresidente primero todopoderoso que se había autoconcedido. Desvestido su corrillo de incondicionales que se repartían ministerios y organismos con poder ejecutivo. Desvestidas sus franquicias regionales y locales, tras haber enseñado al público sus malos modales revanchistas y sus ansias de nepotismo. Ahí se han quedado, compuestos y sin novio, a la espera de otra coyuntura propicia que les permita volver a levantar sus engañosos tinglados sobre el dolor de los desfavorecidos por una crisis.

El tercer desvestido habrá sido el bien vestido Ciudadanos que habrá perdido su virginidad sin el orgasmo de una victoria. La intención componedora de Albert Rivera perdió su imagen centrada al no ser capaz de condicionar sus votos a PSOE y PP para rubricar gloriosamente el acuerdo de ambos si se entendían, pero no para escorarse sin rebozo hacia una izquierda con la que no comulga sinceramente y compartir una falsa programación con metas imposibles de alcanzar con la pobre suma de votos de solo dos partidos en el conjunto de las Cortes Generales.

El Partido Popular ni se viste ni se desviste en estas jornadas parlamentarias. Seguirá con su ropa sucia y su inmóvil resistencia a pasar por la lavandería. Ya se verá lo que hace después de las sesiones de hemiciclo. Esto no le resta mérito, como dijimos de Sánchez, desde el punto de vista de una política de Estado. Si el partido ha sido torpe y obtuso como tal, el gobierno en funciones ha sabido resistir sin inmutarse, ganando meses frente a un horizonte peligroso.

Cada día de prórroga de una situación que se ha calificado de incierta se ha convertido por el contrario en un alivio para los ciudadanos temerosos de ver los asuntos públicos de su país en manos de aspirantes incompatibles e incompetentes. Mientras transcurren los largos plazos de la parsimonia constitucional puede ocurrir todo lo bueno y todo lo malo. Pero difícilmente vamos a caer en lo peor. Lo peor se va quedando en anécdotas más teatrales que operativas. Después de la sesión de desvestidura, lo peor queda estancado. Lo menos malo será que volvamos a las urnas, todos tan desvestidos como los ahora protagonistas. Hay quienes temen que, si se produce la repetición electoral, esta no sirva para nada y que los resultados repitan las mismas proporciones. Esto es posible, pero no probable. Esta vez los electores hay que suponer que votarán más avisados y más reflexivos y que los partidos reaparecerán reciclados o corregidos. Nunca es la misma una segunda vuelta al mismo circuito. Si ahora nos quedamos en desvestidura luego nos vestiremos con más cuidado. Se supone.

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